25 de abril 2001 - 00:00

"Las ferias del libro son como conventos y yo soy un hereje"

Las ferias del libro son como conventos y yo soy un hereje
La Feria del Libro tuvo entre sus invitados extranjeros a su hereje. El sociólogo canadiense Derrick de Kerckhove, tan provocador como su maestro Marshall McLuhan, sostiene que «el libro es algo de convento» (y, si bien en sus conferencias usa elementos multimedia, publica libros «porque que permiten fijar las palabras»). Autor del best seller «La piel de la cultura» y de «Inteligencias en conexión», De Kerckhove se ha dedicado a investigar el rápido desarrollo de Internet y su repercusión en los negocios, el comercio, la política, la educación, los medios de comunicación y la vida cotidiana. Dialogamos con él.

Periodista: ¿Qué es para usted la Feria del Libro?

Derrick de Kerckhove: Una versión moderna del convento. Esos lugares que reunían órdenes monásticas fueron inventados en un momento en que cambió la imagen del hombre, que pasó de la comunidad medieval cristiana, de la relación con los santos, de la transmisión oral, a una nueva donde surge el individuo que se apropia de la lengua a través de la escritura, que tiene un relación con un texto sagrado fijado. En ese momento, aparece la Inquisición, que usa la tortura para arrancar del cuerpo la individualidad del pensamiento hereje, y a la vez, se construyen conventos para proteger tras muros la individualidad en el mundo religioso.

Esas arquitecturas protegían el pasado y lo resguardaban para el futuro. Por eso, pienso que las ferias del libro son como conventos para los libros de toda especie. Mis ideas son, quizás aquí, una herejía, pero con futuro. Muestro que se ha pasado de la página a la pantalla, de lo estático a lo dinámico, de lo analógico a lo digital, de la frontalidad a la inmersión, de lo actualizado a lo virtualizado, de lo explosivo a lo implosivo, de lo abstracto a lo concreto, de lo internalizado a lo interactivo, frutos del matrimonio más grande de la humanidad, desde los tiempos de la aparición de la imprenta, el del alfabeto con la electricidad.

Vivir rápido

P.: ¿Los libros, para usted, ya se han eclipsados como lugares del almacenamiento de ideas?

D. de K.: En el libro descansan las palabras escritas, están detenidas, mientras que, en el resto de los lugares, están en movimiento. Al hablar, al oír hablar en televisión o en la radio, al leer los rápidos cambios de los films subtitulados como los que ocurren en cualquier pantalla, como ejemplo emblemático: en Internet, las palabras están en movimiento. Los clásicos afirmaban con criterio que «las palabras dichas vuelan, pero lo escrito se mantiene». Eso se transformó, porque ahora la escritura vuela en todas direcciones.

P.: Para usted, que se viva más rápido tiene que ver con una comunicación más intensa y veloz...

D. de K.: La aceleración de las palabras hace que vivamos más rápido que antes. Hacemos más cosas. Accedemos a lugares más lejanos, sin movernos de nuestro sitio, sin partir en aventuras legendarias o en prácticas turísticas. Tenemos más información a nuestra mano. Ocurre todo eso porque la segmentación de la información textual ha cambiado y ha modificado el ritmo de consumo. La información viaja a velocidades diferentes según el vehículo que la transporta. La lectura de una novela puede llevar una semana, pero esa misma historia transformada por el cine o la TV dura dos horas. Tenemos mayor velocidad al procesar la información porque las unidades de información se han abreviado.

P.: ¿No tiene en cuenta que es diferente la experiencia, o el placer, que provoca la lectura de una novela que la visión de una película?

D. de K.: La literatura necesita de lentitud, es meditativa, se mueve en un tiempo detenido que no tolera ser manipulado. Aún en este nuevo tiempo hay palabras que se benefician al estar fijadas, no sólo de la literatura, sino también textos médicos o legales, criterios de valor, y aun los manuales de enseñanza que, al precisar de una linealidad evolutiva, no se van a transformar demasiado en los próximos tiempos.

P.: ¿Quien primero se dio cuenta de los cambios fue el mercado?

D. de K.: El mercado es el medio que usa la tecnología para desarrollarse. Es una forma de inteligencia autoorganizada. Todo el que participa en el mercado hace su contribución al desarrollo general, aunque sin una idea global. Aun en las condiciones actuales de globalización del comercio, la producción y el consumo, y la organización global de la comunicación, nadie puede conocer o tener el control absoluto de las operaciones del mercado. La gran crisis asiática de los años '80 es la prueba de que cuando tratamos de controlar al mercado esto no se logra.

P.: ¿No ve una crisis actual en el mercado electrónico y en Internet?

D. de K.: McLuhan decía que la inflación se da en el dinero que tiene crisis de identidad. Cada vez que el soporte del dinero cambia hay inflación. Y en Internet ha habido una inflación completamente loca del valor, por hipervaloración. Pero esto no quiere decir que vaya a desaparecer, sino que está en constante cambio. Los inversores, así, toman consciencia de qué es y para qué sirve en realidad ese producto. Se dijo que Internet era el mundo del anarquismo, y es todo lo opuesto un mundo extremadamente organizado que continúa avanzando en esa dirección. Cuando participé del Consejo de Ontario, que se inició en 1994, éramos dos, entre 125 personas, los que usábamos Internet; dos años después, cuando terminó esa labor, sólo dos personas no estaban conectadas a la Red. Esa conectividad que se da en Canadá es un buen ejemplo de lo que está ocurriendo en todo el mundo.


Una quimera

P.: Usted confirma esto con un planisferio, realizado por un satélite, donde se pueden observar los lugares donde hoy hay mayor conectividad a la Red (el norte de América, Europa, Japón, Brasil, la Argentina, etcétera); sin embargo, hay grandes zonas a oscuras, como el Africa.

D. de K.: Bueno, hay desiertos, cadenas montañosas, lagos y mares. El año pasado estuve en un congreso internacional sobre el desarrollo de Internet, donde había un millar de personas que no venían de Europa o Estados Unidos, sino que eran africanos de habla francesa. Pero lo más interesante fue que, cuando salí de compras, en busca de algunos regalos, entré en un pequeño negocio de elementos folklóricos. Elegí algunas cosas que me gustaron, discutí el precio como es habitual, pagué, saludé y me fui. El dueño me corrió y entregándome una tarjeta me dijo: «Si necesita algo más, acá tiene mi dirección en Internet y mi e-mail». Esto me hizo pensar de otro modo sobre la problemática de Internet a escala mundial. La India es un país de enorme conectividad, donde sorprende la cantidad de cibercafés.

P.: ¿Se ha alcanzado la aldea global que imaginó McLuhan?

D. de K.: Esa es una quimera, una aldea virtual. No es que exista una aldea global, sino que las personas son globales. Hoy no se necesita una computadora; es suficiente con tener un teléfono celular conectado a Internet; y hay nuevos aparatos, cada vez de menor precio, que permiten estar conectado. Todos los obstáculos a la globalización van siendo superados por la tecnología.

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