17 de mayo 2002 - 00:00
"Las producciones costosas son para el primer mundo"
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Villanueva Cosse
Periodista: ¿Qué fue lo que más lo atrajo de esta obra?
Villanueva Cossa: Lo que más me enamoró del asunto fue poder pasar al elenco algo que yo sé y que supuse que ellos no sabían tanto, que es el enfrentarse al verso como un elemento formativo del actor. Me gustó esa zona levemente docente que puede incorporar sin transformarme por eso en un maestro ciruela. Y tuve la satisfacción de que el elenco respondiera mucho mejor de lo que yo esperaba.
P.: ¿Tenía miedo de que se resistieran?
V.C.: Los actores, en general, le tienen mucho miedo a la técnica. Y esto se entiende si pensamos que en arte todo es oscilatorio. Cuando el teatro se pone pomposo, hueco y retórico la tendencia es destruir eso e irte al otro extremo: a lo confuso, a lo cotidiano, a desvalorizar la palabra. Para mí las cosas están en el punto medio. Por otra parte, yo les pedí que nunca pensaran que están haciendo una obra cómica, que sufrieran todo el tiempo. Ellos tienen que sufrir porque el que se tiene que reír es el espectador. Pero no es tan fácil. Al actor le cuesta mucho vencer la seducción o las ganas de guiñarle el ojo al público y sentir su complicidad. Prefiero dejar la complicidad en manos de otra gente que, por supuesto, no voy nombrar.
P.: La obra es realmente muy divertida empezando por su manejo del lenguaje.
V.C.: Muñoz Seca no es un genio, es puro ingenio. Sabe manejar el idioma muy bien y se burla de cosas un poco sagradas para los españoles como lo es el manejo de la versificación. Hace malabarismos con el idioma y de repente los actores empezaron a sentir que el lenguaje no es solamente un contenido sino un continente, descubrieron que tiene armonías, acentos... elementos que les van a servir de mucho cuando vuelvan al teatro de prosa.
P.: ¿De qué otras cosas se burla la obra?
V.C.: De dos cosas, primero de una forma de escribir teatro melodramática, pomposa e interminable. Un teatro tan lleno de problemas y conflictos que parece un culebrón de época. Por el otro lado se burla a piaccere del sistema de valores español: el honor, el nombre, la prosapia, el abolengo y todas esas cosas. No sé hasta qué punto, porque Muñoz Seca era en cierto modo un aristócrata, como lo son todos los españoles si los dejás. Digamos que acá se burla de la aristocracia como en cierto sentido nuestro Manucho Mujica Láinez se burlaba de la suya, con afecto. Pero, no hay duda de que ésta es una historia muy bien contada ¡hasta tiene suspenso! Sus enredos me recuerdan a las películas de los Monty Python.
V.C.: Más que adaptarla la expurgué, le saqué todas esas palabras que ya no están en el diccionario, ni en la comprensión de nadie. Hice cortes y eso supone algunas suturas quirúrgicas por que estás cortando el verso. Pero eso no es problema para mí porque estoy muy familiarizado con esa clase de teatro. Las letras de las canciones son mías: octosílabos, endecasílabos, sonetos, quintillas... es que antes estudiábamos de otra manera (se ríe).
P.: O sea que usted es la persona indicada para dirigir esta obra.
V.C.: Es training, no es mérito. A mí me ofrecieron la obra cuando dieron de baja al «Edipo» que iba a hacer Lluís Pasqual con Alfredo Alcón. Como ese proyecto cayó, el teatro me pidió que en la medida de lo posible algunos de los actores de ese elenco fueran reabsorbidos en éste. Y eso es lo que hice, ahora son 20 actores a cargo de 57 personajes.
P.: Se dijo que la producción de «Edipo» era demasiado cara, sobre todo el cachet de Pasqual.
V.C.: Esas son producciones del primer mundo y la nuestra es del tercer mundo, con tendencia al cuarto.
P.: Por lo menos ahora se le está dando trabajo a una veintena de actores.
V.C.: Es lo que siempre he hecho. Cada vez que me llaman del San Martín es para darme obras de 30 ó 40 personajes como «Luces de bohemia» de Valle Inclán y «El inspector» de Gogol. Yo siempre trabajé bien con el San Martín, nunca tuve problemas ni recibí presiones, al menos presiones que me duelan.



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