Isabella Rossellini en «La canción más triste del mundo», inofensiva bizarrería del excéntrico canadiense Guy Madden.
«La canción más triste del mundo» («The Saddest Music In The World», Canadá, 2003; habl. en inglés). Dir.: G. Maddin. Int.: I. Rossellini, M. McKinney, M.de Medeiros, R. McMillan y otros.
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Como a Maradona alguna vez, a Isabella Rossellini le cortaron las piernas en esta película que también transcurre en un Mundial, pero de canciones tristes. Si alguna vez usted soñó con ver a tan bella mujer desplazándose en un carrito de inválido; o mejor aun, si la imaginó bebiendo cerveza del interior de dos piernas ortopédicas huecas y transparentes, mientras alrededor cantaban canciones tristes, no lo dude: esta es su película.
El canadiense Guy Madden, creador de esta inofensiva bizarrería, es un director excéntrico, concepto que suele ir unido caprichosamente a la idea de genio. Muy amigo de la bella Isabella, Madden también hizo con ella el cortometraje «Mi padre cumple 100 años», en cuyas escenas iniciales aparece un panzón Roberto Rossellini, quien sería, según esa óptica, su auténtica madre, en lugar de Ingrid Bergman. Son ideas, y las ideas no se matan, dijo Sarmiento.
«La canción más triste del mundo», cuyo diseño es tan artificioso y extenuante como su argumento, cuenta la historia de un concurso canoro en 1933, hacia fines de la gran depresión económica. Transcurre en Winnipeg, Canadá, donde no existía la ley seca como en los EE.UU., y es así como Lady Helen Port-Huntley- (la mutilada Isabella), emperatriz de la industria cervecera, calcula promover una competencia internacional de canciones tristes como recurso publicitario: tiene el dato de que la prohibición terminará pronto en el país vecino, y planea multiplicar su fortuna vendiéndole cerveza.
Expuesto de este modo, parece hasta coherente. Pero en las ensonañaciones de Madden nada lo es: su gran pasión, el cine y la estética decadentistas de entreguerras, se proyecta en un trabajo de elaboradísimo diseño técnico (blanco y negro y color, virados, granulado de celuloide viejo, casi como cuando se vendían jeans nuevos, pero rotos y desteñidos) y una cámara inquieta y clipera, manipulada muchas veces por él mismo.
Mientras Serbia, México, Estados Unidos, Canadá y otras naciones disputan tristezas melódicas mano a mano y se van eliminando, como en un mundial deportivo, transcurren también estrafalarias peripecias pasionales que hablan del amor de un padre y dos hijos por la misma mujer (por supuesto Isabella), y gracias a las cuales nos enteramos por qué le serrucharon las piernas. También hay por allí un corazón dando vueltas y latiendo, no el de Isabella, que está muy ocupado con los hombres que tiene alrededor y la música triste. Una duda: ¿por qué no se tocaron un tanguito?
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