Recital de Horacio Lavandera. Obras de Mozart y Salieri. ( Auditorio de Belgrano, 3/5.)
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El segundo concierto de «Festival Mozart y Salieri» programado por Festivales Musicales de Buenos Aires tuvo como protagonista excluyente a Horacio Lavandera. El joven pianista argentino ofreció otra muestra acabada de sus cualidades musicales exquisitas, de su extremado cuidado formal y de su concepto profundo de lo que debe ser la interpretación del piano.
A diferencia del primer concierto, que consagraba partes bien diferenciadas a Mozart y Salieri, y pese a lo programado, la intuición y quizá el ánimo transgresor de Lavandera lo llevaron a juntarlos en el inicio del que nos ocupa con las Seis Variaciones sobre un tema de Salieri, K. 180, de Mozart mediado con impresionante sentido rítmico por el pianista, quien posee la «souplesse» ideal para dar soltura y espíritu flotante a las juguetonas variaciones mozartianas.
En el mismo segmento se oyó la obertura de «Eraclito e Democrito», de Salieri en primera audición como lo fue a continuación la Sonata en Mi bemol mayor (en realidad parece que la obra fue creación de Marianna d'Auenbrugg) de Antonio Salieri. ¿Habrá que decir una vez más que las diferencias creativas entre los compositores convocados son harto significativas? Están a la vista de cualquier oyente atento.
La interpretación de Lavandera tuvo tanta claridad expositiva e intencionalidad que lo superficial se volvió una audición interesante, arrobadora aún en su puerilidad aunque parezca paradójico. Es curioso comprobar cómo tanto en el Largo (segundo movimiento) de la Sonata de Salieri como luego en el adagio y el molto allegro de la Sonata en Do menor, K. 457 de Mozart oída en la segunda parte (ahora sí dedicada en su integridad al genio de Salzburgo), ya están expuestos ciertos rasgos estilísticos y técnicos que serían patrimonio del Romanticismo musical. En ese sentido, ambos autores pueden ser considerados precursores.
La Fantasía en Do menor y la Sonata en Do menor además de la misma tonalidad poseen líneas confluyentes e imbricadas íntimamente, por lo que pareció atinado ofrecerlas sin solución de continuidad. Aquí Lavandera dio una interpretación tan mozartiana como era de esperar en uno de los más grandes pianistas de su generación aquí y en el mundo. Su fraseo y transparencia no evitaron la profundidad de conceptos que Mozart implica y todo se oyó puro, impecable técnicamente, seductor en su sonoridad y refinado en su articulación.
Todavía, luego del acorde final de la sonata, Lavandera sorprendería con sus enormes pruebas de talento en los bises. Tocó dos piezas del compositor francés Guillaume Connesson, magníficas, y un bello nocturno de Chopin, tres instancias que sirvieron para confirmar a Lavandera entre los mayores artistas del piano de la actualidad.
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