15 de marzo 2004 - 00:00

Leonardo inspira a Prior bella guerra

El pequeño formato de Prior
El pequeño formato de Prior
La semana pasada, el Museo Nacional de Bellas Artes inauguró «La guerra de los estilos», dibujos y pinturas de Alfredo Prior. La muestra, inspirada en el mural inconcluso de Leonardo, «La batalla de Anghiari», del que sólo se conservan algunos bocetos, se abre con una frase del maestro florentino: «Ante todas cosas se representará el aire mezclado con el humo de la artillería, y el polvo que levanta la agitación de los caballos de los combatientes».

Si bien la atmósfera y la grandiosidad de la composición que sugiere Leonardo están presentes en algunas obras de la muestra, el pequeño formato de Prior se aleja del espíritu épico de la batalla, se percibe más que nada como un detallado registro de expresiones subjetivas. En ese teatro que es la guerra, los personajes están retratados en secuencia obsesiva, expresan horror, malignidad, furia, estupor, tristeza, dolor, crueldad, resistencia o entrega y hasta torpeza, pero nada que se parezca al heroísmo. En la batalla de Prior todos parecen ser perdedores.

La violencia de la guerra se aquieta en una serie de minuciosos paisajes realizados al lápiz, y el territorio de combate termina diluyéndose en la serie de tintas y acuarelas hasta llegar a una onírica abstracción. Es que la «batalla de estilos» es también estética, y en este campo se cruzan la figuración y la abstracción y las influencias que sobre el artista ejercen desde Leonardo, pasando por las pinturas negras de Goya, el romanticismo de Delacroix y Géricault, hasta el simbolismo de Ensor, y el art brut de Dubuffet. Estilos que sin duda dejaron su huella en un artista que ha logrado el propio.

Para comenzar, con la forma del osito de peluche que desde 1981 hasta hoy fue mutando, humanizándose, y que es posible reconocer en los gnomos y personajes de leyenda que habitan sus obras, y que en esta muestra contribuyen a aplacar el drama. Luego, con lo que bien puede llamarse el «verde Prior», un verde Talo que sabiamente mezclado con blanco y azul es su marca registrada. Pero acaso lo más importante es su técnica del «accidente controlado», el modo en que deja cholarrear la pintura y juega con los charcos de color hasta formar imágenes fantasmales que parecen provenir del inconsciente.

• Cualidad

Así, los temas históricos, religiosos y mitológicos, surgen en las pinturas con una cualidad mágica, casi musical, de fantasía, y con marcadas características de ficción. De este modo, hasta la atroz realidad de la guerra se convierte en fábula.

Este incomparable dominio del oficio se refleja en la serie
«Reconstrucción de la batalla», pasteles y carbonillas que vistos desde lejos semejan grabados antiguos, pero que al acercarse se tornan paisajes abstractos. Y también se advierte el virtuosismo en la alusión a la muerte, en las oscuras pinturas dispuestas con el rigor de un damero que dominan el ingreso a sala, donde los rostros deformados se funden con el color de la tierra, o en la «Sinfonía Napoleónica», pintada sobre antiguos discos de pasta, donde, aunque estáticos, los personajes parecen girar alucinados; o, sencillamente, en la gracia con que el artista desliza su firma.

El texto del catálogo, escrito por
Rafael Cipollini, acentúa el hermetismo de una muestra compleja, repleta de citas y referencias a la historia del arte y la literatura, que sin embargo es visualmente accesible y le brinda al tema de la guerra significación universal.

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