Libro sobre Brest recupera el espíritu de la era Di Tella

Espectáculos

Con la gracia y los colores del Pop, el libro «Jorge Romero Brest. La cultura como provocación» refleja, a través de sus 510 páginas, la alegría exultante del grupo de artistas que adhieren a esa tendencia durante la innovadora e inspirada década del '60. El denso volumen editado y coordinado por el artista Edgardo Giménez y financiado por Nelly Di Tella se abre con las palabras de Romero Brest, con una incitadora cita del mentor intelectual de los cambios y rupturas culturales de esos años, que dice: «No es cierto que más vale pájaro en mano... Hay que preferir los cien volando».

Así, dispuestos a contradecir criterios conservadores y con una libertad desconocida hasta entonces, los artistas Pop viven ese momento de excepcional optimismo que genera la presencia del Instituto Di Tella. Bellos, jóvenes y atrevidos, Giménez, Dalila Puzzovio, Charlie Squirru, Delia Cancela, Pablo Mesejean, Marta Minujín, Alfredo Arias, Susana Salgado y Juan Stoppani, artistas-estrellas que conformaron el grupo Pop, lucen glamorosos en los retratos a toda página, y asumen en sus poses la misma estética y el mismo aire desprejuiciado que le imprimen a sus obras.

Las imágenes -porque es un libro para leer pero también para mirar y disfrutar-, descubren un Romero Brest diferente, que se ríe y goza de los espacios y jardines Pop de su Casa Azul de City Bell, con bellos arco iris pintados en los techos y nubecitas en las paredes. «Se trata de mostrar el teórico de arte de entrecasa y en su intimidad», cuenta Giménez, autor del diseño arquitectónico y de un texto que aspira a « descubrir un personaje que vivía de acuerdo a sus ideas, sin contradicciones».

La autobiografía de Romero Brest, más dos CD que contienen algunas conferencias, sumados a varios ensayos, conforman un documento donde queda en evidencia su contagioso deseo de llevar el arte a la calle y de estetizar la vida. Es decir, el deseo de convertir en cuestiones gratas y extraordinarias las cosas comunes de todos los días.

Una obra emblemática y representativa de este criterio ampliado del arte, es el inmenso cartel publicitario que apareció una mañana de 1965 en la esquina de Florida y Viamonte con un gran titular que decía: «¿Por qué son tan geniales?». Abajo, en la superlativa evidencia del cartel, tres personajes desafiantes muestran sus desconcertantes obras mientras se ríen. Puzzovio juega con la muerte y su rostro aparece enmarcado por una corona funeraria; Squirru, como anunciando la violencia que depararía el porvenir, tiene una bolsa de sangre en sus manos enguantadas; Giménez sujeta uno de sus inconfundibles bichos de colores, que tiene un simbólico halo de santidad y un pájaro a punto de posarse sobre él. A pesar de los matices macabros de las obras, el arte pierde su solemnidad, propone una diversión que había estado ausente hasta entonces.

En EE.UU., la sobreabundancia económica había brindado impulso a un arte Pop que incorporó los mensajes de los medios de comunicación y los productos que se vendían por toneladas, como las latas de las sopas Campbell o los autos con carrocerías cromadas y relucientes. Simultáneamente, esos mismos elementos llevados a la estrechez económica de Londres, se convertían en objetos de deseo, en fetiches de un mundo envidiablemente, venturoso e idealizado. En España el movimiento adquiere un sentido político, mientras en Buenos Aires surge un Pop a la argentina. Un Pop tan mestizo que al analizarlo desde la perspectiva europea, el crítico francés Pierre Restany percibe las singularidades de la cultura autóctona y lo denomina «lunfardo».

La encarnación del «Pop lunfardo» es Minujín, su «vedette emblemática», según Restany, miembro del jurado (junto a Romero Brest y Clement Greenberg) que en 1964 le otorga el premio nacional del Di Tella por «Eróticos en technicolor» y «Revuélquese y viva». Desde entonces, Minujín mantiene firme esa corona.

En la vertiente «lunfarda», y antes de abocarseal teatro, Alfredo Arias diseña íconos de la cultura popular argentina, como doña Petrona C. de Gandulfo. Sin embargo, es preciso destacar que el Pop argentino se caracteriza por su alto grado de sofisticación. De hecho, Cancela y su marido Mesejean, pioneros del diseño de moda, presentan desfiles en el Di Tella y la Galería del Este y realizan vestuarios para Marilú Marini (que aparece en el libro retratada por Lidia Milani). La pareja crea la marca de ropa y accesorios «Pablo y Delia», realiza tapas para «Vogue» y «Harpers Bazar» y trabaja en París para Kenzo e Yves Saint Laurent.

La vocación experimental lleva a los artistas a transitar otras disciplinas. Arias se vuelca al teatro, Cancela y Mesejean a la moda, y Stoppani, con una estética kitsch y en ocasiones delirante (como el turbante azul de 200 metros que hace unos años se vio en una muestra de la Fundación Proa), al vestuario y la escenografía. Con sus radiantes girasoles, Salgado se convierte en la ingenua del grupo, Puzzovio gana fama con sus vestuarios, sus happenings y zapatos con plataformas, y Giménez con sus escenografías para el cine, sus diseños de muebles, arquitecturas y sobre todo, de los carteles publicitarios destinados al público masivo que continúa realizando hasta hoy. «Para que la gente que pasa por la calle, incorpore el buen gusto ' inesperadamente', como decía Romero Brest, a través de los afiches», señala.

Si en algún momento se consideró que entre la vida real y el arte había un abismo, el Pop comienza a cerrarlo. Al romper con el exclusivismo y «humanizar» su mensaje, suscita un creciente interés en amplios sectores de la población. Por placer o curiosidad, el gran público concurre a las exhibiciones de arte. Romero Brest coincide con Arnold Hauser, quien dijo que «las obras de arte son una provocación», y Giménez aclara con humor ese concepto, al agregar: «Algo tiene que pasar con el arte. Si todo queda como antes, si no pasa nada, es que no sirve».

No todos la pasaron bien en esos años, pero el extenso libro que demandó cuatro años de ardua labor y pesa exactamente cuatro kilos, viene a restañar vejas heridas, incorpora artistas como Rubén Santantonín, Pablo Suárez, León Ferrari, Leopoldo Maler, Margarita Paksa, Nicolás García Uriburu, Oscar Bony, Eduardo Costa y entre otros, David Lamelas, que contribuyeron con sus obras a configurar el estilo vital de esa época.

El recorrido de la producción de los artistas Pop comienza en 1962 y llega hasta el año 2004. Se trata de un largo paseo que invita a revisar los criterios sobre el sentido de un arte que a través del humor y la seducción aspira a la comunicación directa con el público, y que, además, brinda la posibilidad de establecer filiaciones con el arte juguetón que en la década del '90 surgió en Argentina. Finalmente, las últimas dos páginas del libro realizado con el estilo directo de los carteles, muestran una foto y unas palabras de Romero Brest en grandes caracteres. «Terminado el Di Tella, como bien se sabe, no pasó nada», parece decir el teórico mientras esboza una leve pero irónica sonrisa.

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