10 de agosto 2021 - 00:00

Edgardo Scott: sobre la soberanía de la memoria

Nacido en Lanús y residente desde hace años en París, el autor de "El exceso" vuelve sobre una de las fuentes más pródigas de la literatura.

Scott. ”La memoria es un mar que arrojó a la playa unos guijarros, sin que sepamos bien la razón”.

Scott. ”La memoria es un mar que arrojó a la playa unos guijarros, sin que sepamos bien la razón”.

El casete lleva a ese pasado en que se lo usaba para registrar voces, imágenes, música. En “Cassette virgen” (Emecé), Edgardo Scott usa simbólicamente esa herramienta para recobrar recuerdos en relatos autobiográficos que salen en busca de la literatura. Scott, que nació en Lanús y hace años vive en París, publicó ensayos, cuentos y las novelas “No basta que mires, no basta que creas”, “El exceso” y “Luto”. Dialogamos con él.

Periodista: ¿El recuerdo es la base de su libro?

Edgardo Scott: Los relatos de “Cassette virgen” surgieron de pensamientos casuales, de ciertas imágenes o nombres, de esos datos laterales de la realidad que dejamos al margen, porque son otras cosas las centrales. Es como cuando a veces se nos cruza una canción a la mañana y por la tarde uno se encuentra canturreándola y se pregunta por qué me pasa esto. Magia. Me la trajo la memoria. Pero ¿por qué me la trajo? Partí de ahí. Por eso en muchos relatos está la indagación sobre los motivos que tendría la memoria para traer a la costa esos recuerdos. La memoria es ese mar que arrojó a la playa esos guijarros, y uno se detiene a verlos, a pensar de dónde los trae. Hay algo de esa poética en este libro.

P.: ¿Eso lo llevó al un tono lírico que enlaza amistades, amores, artistas, paisajes?

E. S.: La construcción de una voz para el relato autobiográfico fue clave. Ahí es donde aparecen esas imágenes que surgen como desde una voz que me las dicta, que tiene el tono de lo que va evocando. Hay una tradición en esta forma de narrar que va de Thomas Browne a Sebald, pasando por Felisberto Hernández, podemos rastrear numerosos autores por ese lado.

P.: ¿Es lo que Jacques Ranciere llama “los bordes de la ficción”, lo que permite escapar a la “literatura del yo”?

E. S.: Es escapar a la mala literatura. Hoy a la “literatura del yo” se la identifica con la mala literatura, y posiblemente en la mayoría de los casos sea así. Se la considera la forma de la autofiguración voluntaria, del recuerdo voluntario para contar determinadas cuestiones que me vendrían bien en este momento. En esa clase de libros el escritor hace una especie de recorrido de cómo llegó a ser escritor. Le sirve para decir, por ejemplo, lo primero que leí fue tal cosa y eso me llevó a, etcétera, y así empecé a escribir. En “Cassette virgen” no hay nada de eso. No hay ningún interés en contar cómo me hice escritor ni en mostrar fragmentos de mi vida de manera ordenada. Hay ciertas músicas, paisajes, personajes en la arbitrariedad de la memoria, donde a ella no le importa lo que uno quiera recordar. Ha una atención flotante que va asociando a veces en forma precisa, y otras más errática.

P.: Dónde otros hablan de la violencia, usted habla de la belleza del conurbano.

E.S.: No es que no haya escrito sobre esa violencia, está en mis novelas “El exceso” y “Luto”. Pero no tengo la voluntad programática de retratarla permanentemente. Es un paisaje donde viví muchos años, y en el que no vivo hace otros muchos. Traté de enfocarme en cosas que siempre me dieron una curiosidad casi infantil. Un chico en Quilmes, en Belgrano R o en París es el mismo, se fija en árboles, veredas, casas, con una asociación que no es la jerárquica de quien ya está absolutamente metido en la cultura y puede hacer distinciones. Recuperé ese tipo de monumentos raros que tiene la realidad. La literatura se hace con ese tipo de detalles.

P.: Como Ricardo Piglia diciendo “estoy contento porque hoy la pongo”.

E.S.: Eso está en un cuento donde sueño que Piglia viene a mi casa. Los personajes aparecen en este libro como en los sueños. Son un poco mitológicos, dobles o triples, con una identidad cambiante. Piglia ahí va mutando de carácter. Como los dioses griegos que son cambiantes, buenos y malos, locos y sensatos, una forma ligada al sueño. Por eso a veces aparecen con atributos de los héroes de la infancia. Los personajes del pasado están instalados en unos pocos momentos intensos.

P.: Freud y el “Borges” de Bioy Casares son dos referencias importantes en su libro.

E.S.: Freud es en mi una marca de fábrica, está la memoria, el lenguaje, más aun leído por Lacan. Freud me hizo leer y vivir de otra manera. Hace 21 años que salió el “Borges” de Bioy y no ha habido en este siglo otro libro más importante. Me cuesta pensar que lo vaya a haber, tanto por el autor como por el objeto que trata, ofrece cuarenta años de amistad de dos de los más grandes autores de una literatura. Siendo la Argentina un país de hipócritas, Bioy pone sobre la mesa, denuncia, la hipocresía.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

E. S.: Me voy a poner con una novela larga que vengo demorando. En octubre va a salir un ensayo que es un elogio del contacto a partir de todo lo que nos pasó con la pandemia.

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