Un enorme autor ruso que fue silenciado

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Stalin, que consideraba a los novelistas “ingenieros del alma soviética”, no dejó de advertir la calidad de las obras de Andréi Platónov pero prohibió que se publicaran “por errores creativos graves”. Gorki, que lo salvó de ir al gulag de Siberia, le explicó que si bien sus historias emanan amor por funcionarios, profesionales, obreros y campesinos, los lectores los leían como seres ridículos, crédulos, tontos, delirantes, y que retratar la dictadura del proletariado de modo satírico era inaceptable. A Platónov –narrador, poeta, dramaturgo y corresponsal de guerra- sólo le quedó guardar sus escritos y sobrevivir como empleado de la limpieza de la Unión de Escritores. Recién con Gorbachov se comenzó a difundir sus textos, y a decirse que era el mejor prosista ruso del siglo XX, un poeta que une a Gogol con Dostoievski.

“Moscú feliz” es un imperdible ejemplo del carácter de la obra de Platónov. Es la historia de una huérfana que, al no saberse nada de sus padres, le dan el nombre de la ciudad, el patronímico de un héroe minero y un adjetivo emblemático: Moscú Ivanóvna Chestnova (honesta). Las desopilantes aventuras de Moscú Chestnova, intrépida y lujuriosa, de la que se enamoran todos quienes la conocen; sus deseos de unir a la humanidad en una sociedad de la felicidad infinita, la vuelven un ejemplar descendiente del Cándido de Voltaire. La URSS se convierte en una distopía que retrata los padecimientos de una sociedad sometida a cambios drásticos. Platónov usa un bellísimo lirismo poético de forma sarcástica para impedir que la ideología manipule su imaginación. Como varios libros de Kafka, “Moscú feliz” es una obra inacabada que se convierte, además, en modelo de iluminadora obra abierta.

M.S.

=Andréi Platónov, “Moscú feliz” (Bs.As., Tusquets, 2021, 173 págs.).

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