23 de noviembre 2001 - 00:00

Lo sobrenatural hace más duro un drama sobre la Guerra Civil

Federico Luppi y los chicos del internado
Federico Luppi y los chicos del internado
«El espinazo del diablo» (España, 2001, habl. en inglés). Dir.: G. Del Toro. Int.: F. Luppi, F. Tielve, E. Noriega, M. Paredes.


D esde el título de un legendario film de culto, Narciso Ibáñez Serrador preguntaba «¿Quién puede matar a un niño?». Durante décadas, esta pregunta nunca tuvo respuestas en el cine comercial, pero desde el fenómeno de taquilla «El sexto sentido», productores hollywoodenses y del resto del mundo comenzaron a aceptar guiones con todo tipo de situaciones horripilantes protagonizadas por niños fantasmales.
 
Aun en el contexto actual que permite que un film como
«Los otros» sea un éxito de taquilla, inspirada a su vez en «The Innocents» de Jack Clayton, una película tan oscura y terrible como «El espinazo del diablo» es una audacia que confirma a Guillermo del Toro como un director que siempre prefiere el camino más difícil.
 
Este cineasta se dio a conocer en México con un extraño film de terror, rara variación vampírica con
Federico Luppi. Luego se fue a Hollywood para enfrentar a Mira Sorvino con unas abominables cucarachas gigantes y, a pesar de que su película no era un chiste adolescente al estilo Robert Rodríguez, es obvio que no es éste el atajo que acerca a un cineasta hispano al Oscar.
 
De esos bichos «made in Hollywood» a
«El espinazo del diablo» hay un giro todavía más sorpresivo: la primera película de terror producida por Almodóvar es uno de los más duros films sobre la Guerra Civil jamás filmados, y curiosamente lo que lo hace más siniestro es su capacidad para alimentar los horrores de la realidad con el más despiadado terror sobrenatural.
 
Un orfanato en medio de una guerra nunca es el lugar más feliz del planeta. Pero cuando un chico recién llegado debe enfrentar la desolación de un patio de juegos con una bomba clavada en el suelo sin explotar, la crueldad de sus compañeros y la violencia de los adultos, agregarle el fantasma de un chico muerto que antes dormía en su cama es un detalle cruel que le da al film el aire de una pesadilla diseñada con minuciosidad impiadosa.
Cuando se lo mezcla tan astutamente con situaciones realistas, el cine fantástico alcanza su mayor contundencia, y por momentos
«El espinazo del diablo» es tan siniestra que paraliza al público.
 
Un par de chistes minimalistas ayudan a aliviar la tensión de secuencias tan brillantes como ominosas, con un aprovechamiento intenso de efectos de sonido y decorados en tinieblas para hacer que, en el momento adecuado, todos los espectadores sin excepción salten de su butaca. Sin embargo, un film tan duro quizá necesitaba menos poesía y más suspenso: lo más sádico de
Del Toro es su capacidad para detener una escena y hacer fluir sus significancias más fuertes e insoportables. Las actuaciones son muy sólidas, pero las que sostienen un producto tan atípico son las de los chicos, con expresiones que reflejan la violencia, la crueldad y el horror de un modo tan creíble que da miedo en serio.

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