Madrid - Lo primero que se advierte al ingresar a la feria de arte madrileña ARCO es que este año decidieron apostar todas las fichas a la excelencia, su principal capital, sobre todo cuando es preciso sostener el liderazgo y la competencia se esmera. Se presiente en España que la fiesta que ha permitido que mucha gente -más de la que se cree-, viva muy bien del arte, podría tener un final abrupto. El presupuesto del Ministerio de Cultura es de 400 millones de euros - hasta la fecha-y cuentan además con una partida de 120 millones para adquisiciones de obras de arte y mejoras edilicias. Nadie lo dice, porque más que nunca los operadores están concentrados en lo suyo, pero se percibe el temor de que la inminente guerra en Irak provoque la declinación del período de expansión del arte que ha durado más de dos décadas.
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Se trata sin duda de un año especial, y en muchos sentidos. Una escena muy fuerte recibía a los invitados top al ingresar a la feria la tarde del vernissage: los cuerpos de un grupo de artistas amontonados y tirados en el suelo, pálidos como si estuvieran muertos y en sus pechos escrita con «símil sangre» la leyenda «No a la guerra».
Las referencias bélicas no son muchas, pero en uno de los stands, sobre una enorme fotografía del presidente de EE.UU., un artista escribió: «Stop Bush. Stop War!». La directora de ARCO, Rosina Gómez Baeza, dijo durante el discurso inaugural: «Tengo la esperanza de que la guerra, si se produce, no coincida con la feria».
Y esto fue todo. La magia de las pinturas de Picasso -sobre todo un deslumbrante retrato de Olga Koklova-, Matisse, De Chirico y otros grandes artistas universales acapara toda la atención de los visitantes. El clima, como en otros años, es de verdadera euforia, y recién cuando termine la feria se verá si la incertidumbre mundial incidió en las ventas.
Las galerías de arte contemporáneo llaman la atención con los alardes tecnológicos, pero entre las obras más interesante figura una conmovedora serie de videos del estadounidense Bill Viola que habla de la pasión, el miedo, la tristeza y la alegría. Hay mucho para recorrer y uno de los mejores stands es el de Bruno Bichofberger, donde la técnica predominante es la vieja pintura. «La gran ola», un lienzo de grandes dimensiones y una de las obras más logradas de Miquel Barceló, muestra un derroche de sensualidad y virtuosismo que provoca sensaciones intensas.
La Argentina está representada por las galerías Arte x Arte, La Rouche, Ruth Benzacar y Delinfinito. Como anticipó este diario, debido a un error de la línea aérea que trasladó las obras a Austria en vez de Madrid, las dos últimas tuvieron que ingeniárselas para montar sus stands con piezas fuera de catálogo.
Arte x Arte exhibe fotografías de Luis González Palma, Alfonso Castillo, Carlos Trilnik y otros. La Rouche, acaso porque el Museo Reina Sofía tiene interés de incrementar su colección con arte argentino de los movimientos concreto y Madí, trajo obras de Iommi, Hlito, Maldonado,Arden Quin, Loza Mele, y entre otras, una de Cesar Paternosto que el Museo Thyssen compró el día de la inauguración.
También el Museo Reina Sofía le brinda un estratégico so-porte al mercado, no sólo porque realiza sus compras durante la feria, sino además porque teniendo en cuenta que este año Suiza es el país invitado, expone simultáneamente «Suiza Constructiva», muestra que de modo didáctico ubica al espectador en el marco histórico en que se desarrolló su arte, diseño y arquitectura. Juan Manuel Bonet, director del Reina Sofía, contó a este diario que prepara «Buenos Aires metrópolis moderna», muestra multidisciplinaria que se inaugurará en el año 2005.
Entretanto, el lugar de encuentro de los argentinos, además de los stands, es el Palacio Velázquez, donde el Reina Sofía exhibe hasta marzo una extensa retrospectiva de Guillermo Kuitca que da sobrada cuenta de su talento. Los jóvenes también tienen su espacio, ocupan un lugar interesante en la galería del colombiano Fernando Pradilla, donde exponen los becarios del taller de Guillermo Kuitca. También en su stand de ARCO, Pradilla tiene una pintura de Kuitca y fotografías de Marcos López y Mónica Van Asperen.
En el stand que Delinfinito debió improvisar a último momento, las fotografías de Matilde Marín muestran la versatilidad de una artista que ha alcanzado un nivel de calidad excepcional.
Luego, las cajas de embalajes de Nicola Costantino, las fotografías «Paraíso» de Miguel Rothschild y «Yo como cactus» de Res, los asientos de Pablo Reinoso y las coloridas pinturas de Andrés Compagnucci, revelan que pese a los inconvenientes, Ruth Benzacar mantiene una línea y defiende una tendencia estética muy definida a favor del arte contemporáneo.
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