3 de febrero 2002 - 00:00

López, mucho más que un testimonio de guerra

Después de la batalla de Curupaytí
"Después de la batalla de Curupaytí"
C on un título marketinero, «Patrimonios del Mercosur, los itinerarios de Cándido López», el Museo Histórico Nacional presentará en mayo una exposición cuyo guión, si bien pretende destacar el mérito artístico de López, se interesa más bien por brindar un testimonio de época y recordar una guerra que deparó escasa gloria a nuestro país, como la del Paraguay.
 
Se dice que
Cándido López (1840-1902) fue un pintor preocupado por documentar la guerra, que subordinó su talento artístico ante el testimonio veraz de la historia. Pero sus cuadros, un minucioso registro de las formaciones y batallas de la guerra de la Triple Alianza donde combatió con el grado de teniente, revelan algo más.

Durante los últimos años de su vida, recluido, López pintó obsesivamente distintas escenas de la batalla de Curupaytí, donde perdió su mano derecha con el estallido de una granada. A su manera estricta, en esta etapa, el artista se permite desnudar solapadamente el horror de esa guerra y mostrar su efecto devastador.

«El manco de Curupaytí»
, luego de educar su mano izquierda, plantó en sus primeros paisajes los distintos escuadrones con precisión militar y la gracia de quien juega con un ejercito de soldaditos de plomo. Pero en sus pinturas tardías, que recién se conocieron luego de su muerte, aparecen los ejércitos en retirada, desnudando los muertos, rematando los heridos, revelando el fin tan poco heroico de esa gesta patriótica donde Argentina, Uruguay y Brasil diezmaron la población masculina del Paraguay.

Aunque se insiste todavía en el valor documental de la obra, López es uno de los artistas más interesantes del siglo XIX y sin duda el más especial. Precursor en varios aspectos, se sintió tan libre como cualquier artista de la actualidad para utilizar tanto los pinceles como la fotografía -el daguerrotipo en su tiempo.

Con el oficio de retratista recorría los campos de la provincia de Buenos Aires. Así se ganaba la vida cuando en el año 1865 estalló la guerra y decidió alistarse. Su último maestro, el lombardo Ignacio Manzoni, retratista y amigo personal del general Bartolomé Mitre que lo instruyó en el estilo académico, bien podría haber estimulado, además, sus afanes patrióticos.

Historia

En sus escritos, López relata que decide defender su patria y, a la vez, «servirla como historiador»; también que cuando Mitre lo descubrió realizando bocetos y tomando apuntes, lo mandó a buscar y le dijo que cuidara esos dibujos, «que algún día servirán para la historia».

Lo cierto es que ya mutilado y pasados dos bélicos años,
López decidió plasmar un testimonio lo más fiel posible de la realidad que había estudiado en todos sus detalles, hasta su flora y su fauna. Así adoptó un formato panorámico, como el de las vistas que pintaban los maestros venecianos; utilizó una luz artificial que brinda a sus paisajes un clima escenográfico, y abandonó la perspectiva tradicional ubicándose en un punto de vista elevado e imaginario.

La figura humana aparece entonces en una escala reducida, el hombre-soldado no ofrece más identidad que la del uniforme (y
López era muy riguroso, jamás confundió ningún color). Se trata de pequeños esquemas mancomunados en bloques, enclavados con sus armas en el paisaje, que el editor Franco María Ricci, quien en el año 1984 le dedicó un cuidado texto al artista, describió «como el mundo de las hormigas, donde los dolores, los sentimientos, la muerte se vuelven invisibles».

«Cándido
-agrega Ricci- ambicionaba cantar las memorias patrias, pero su visión fanática y dilatada aleja aún más de nosotros la Guerra del Paraguay». Es que despojado de toda retórica, con su presunta objetividad y la reducción de la escala humana, López describió la verdadera dimensión que adquiere el hombre en la guerra.

Empobrecido, el artista trabajó en una zapatería. Su obra parecía destinada al olvido hasta que un día se la mostró a
Norberto Quirno Costa, quien lo estimuló a exponerla. En 1885 López exhibió una serie de 29 óleos de la serie de la guerra en la sede del Club Gimnasia y Esgrima, pero la reacción de crítica fue adversa: se estimó el valor histórico y documental
en desmedro de las virtudes estéticas.

Dos años más tarde
López le escribió una carta a Mitre donde le recordó que son las mismas imágenes que le había mostrado en el campamento de Batel. Como en el pasado, Mitre lo felicitó por su tarea. Acuciado por problemas económicos, el artista que era padre de 12 hijos, volvió a escribir, esta vez al Congreso, para ofrecer sus cuadros por 20.000 pesos. La legislatura sancionó una ley para comprárselos, pero por 11.000.

Con obstinación siguió pintando hasta su muerte, el 31 de diciembre de 1902, cuando fue sepultado en el Panteón de los Guerreros del Paraguay. Recién en 1936 su nombre apareció en la
«Exposición de un siglo de arte en la Argentina», pero en verdad, surgió del anonimato en 1949, cuando José León Pagano le dedicó una monografía donde elogiaba su obra.

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