27 de junio 2001 - 00:00

"Los maoístas me encarcelaron por contaminación espiritual"

Gao Xingjian.
Gao Xingjian.
Cuando se otorgó el reciente Premio Nobel de Literatura al novelista, pintor y dramaturgo chino Gao Xingjian, de 61 años, algunos críticos sospecharon que en la decisión había pesado más la política que la literatura. Gao Xingjian fue perseguido por el comunismo chino, por escribir «teatro del absurdo», en la línea de Ionesco y Beckett, y enviado a un «campo de reeducación».

Luego de la represión y censura, Gao Xingjian en 1987 se exilió en París. No es el único escritor chino que eligió el exilio, se podrían contar por decenas y muchos de alta calidad (como Bei Dao, Duo Duo, Ah Cheng, entre otros), pero Gao Xingjan, que para los burócratas comunistas es «un inculto», es el mejor y ha logrado un merecido reconocimiento.

Las 652 páginas de su novela «La montaña del alma», en la que trabajó durante siete años, le permiten construir una catedral de gran literatura. En su largo poema en prosa cuenta una de esas historias de camino en busca del conocimiento que permiten hablar de todo un poco, como lo ha hecho en Occidente la narrativa norteamericana, de Melville a Kerouac, y hoy hacen W.G. Sebald o Claudio Magris.

Pero Xingjian, si bien confiesa su admiración por «autores sospechosos» en su país como Joyce, Kafka, Pessoa y Borges, recupera la forma tradicional del relato chino. Ofrecemos la entrevista que le realizó el periodista Víctor Amela, del diario «La Vanguardia» de España.

Periodista: Su nombre, Gao Xingjian, ¿es traducible, significa algo?

Gao Xingjian: Sí, Gao significa «alto», y Xingjian es una posición del «I Ching» que significa «la cosa va bien».

P.:Y va bien: ¡Premio Nobel de Literatura!

G.X.: Bueno, pero yo espero sortear todo este alboroto y poder volver a escribir.

P.: «La montaña del alma», su último libro, está siendo aclamado en todo el mundo.

G.X.: Es mi visión de China, con todo el amor que siento por mi país y su cultura, y con todo el dolor por el drama de tantas personas. Y sin ideología: quise mostrar la vida, tal cual.

P.: ¿No tiene ideología?

G.X.:
Detesto la política. Las ideologías políticas han hecho mucho daño. He vivido en China bajo políticos diciéndome cómo tenía que pensar. Yo quiero pensar con mi cabeza.

P.: China ha tenido mala suerte, pasó de la dictadura imperial a la dictadura maoísta.

G.X.: Lo que he sufrido es el maoísmo. En 1966 se desató la Revolución Cultural y tuve que quemar todos mis escritos. Fue la locura, el terror sobre todo un pueblo. Tuve que pasar cinco años en un campo de trabajo. Me pusieron a arar la tierra. Eso hacían allí. Así me «reeducaban», según decían ellos.

Pecar de vanguardista

P.: ¿Por qué tenía que «reeducarse»?

G.X.: Porque había introducido en China las técnicas teatrales occidentales y escrito varias obras. Fui criticado por «contaminación espiritual», increpado: «¡Es teatro del absurdo!», me insultaban. De hecho, era teatro realista: lo que es absurdo es la vida.

P.: ¿Tuvo que dejar de escribir?

G.X.: Lo que no podía era confiarme a nadie, porque nunca se sabe quién es un delator. Pero escribía: a escondidas, como podía, en papeles sueltos... Así sobreviví como persona: escribir era la única manera que tenía de mantener mi conciencia humana individual.

P.: ¿Y qué pasó luego?

G.X.:
Sobreviví, pero siguieron años de ostracismo, y ni autocensurándome me dejaban publicar ni ser libre intelectualmente, ser persona..., y ya no pude más y huí de China.

P.: ¿Su familia quedó en China?

G.X.: Un hijo, amigos... Es duro tener que renunciar al mundo de uno por tener libertad...

P.: ¿Qué podría hacer Occidente para que China vaya cambiando?

G.X.: No sé qué decirle, no sé...

P.: Dígame qué puedo hacer yo...


G.X.: ¿Usted? Usted es un pobre periodista, como yo soy un pobre escritor. ¿Qué podemos hacer? Estamos ante un poder enorme, totalitario... ¿Qué puede hacer? ¡Nada, hombre! No puede hacer nada. No sea vanidoso.

P.: Lo decía por ayudar.

G.X.:
Lo único que puede hacer es tener una actitud. Eso es, una actitud. Nada más. Yo tuve una actitud. ¿Cuál? Huir. ¿Qué podía hacer? Pues huir. Y huí.

P.: Pero eso es triste...

G.X.:
La otra actitud era suicidarse. Es más triste eso. Muchos amigos míos, artistas, escritores, eligieron suicidarse. Tantos, tantos...

P.:Y, mientras, muchos intelectuales europeos jugaban a ser maoístas. ¿Lo sabía?

G.X.: Sí, engañados por la propaganda, lo sé.

P.: ¿Qué lección histórica extrae de todo eso?

G.X.: Que se repetirá.

P.: Qué pesimista.

G.X.:
¿Pesimista? Pero si esas cosas están repitiéndose todo el tiempo en todas partes... ¿Que es triste? Bueno, así son las cosas.

P.: Al llegar a Occidente criticó el sistema...

G.X.: Porque para mí lo importante es la persona. El individuo creando, arrojando luz. La literatura sólo puede ser la voz del individuo: si sirve a una patria, a una nación, a un partido o clase, ha perdido su sentido.

P.: ¿Cómo se hizo escritor?

G.X.:
Mi padre era funcionario estatal y mi madre era actriz (educada por misioneros norteamericanos), y me criaron en un ambiente insólitamente liberal allí. Pude leer mucho e iba con mi madre al teatro cada día. La pasión por el teatro me llevó a escribir y dibujar ya a los 8 años. Y no he parado.

P.: ¿Qué libro lo impresionó más?

G.X.: El «Quijote». Lo leí a los once años, traducido al chino. La escena del caballero arremetiendo contra los gigantes... Recuerdo que me puse a dibujarla, tanto me impresionó.

P.: ¿Ha influido el «Quijote» en su escritura?

G.X.: Mucho. Yo me he sentido como ese caballero. Don Quijote parece un personaje ridículo, pero es hondo. Y hay un fondo triste... Y tiene grandeza, mucha grandeza. Comparto la visión del mundo que tiene ese libro... A mí el «Quijote», Lorca y «Carmen» de Merimée me acercaron a España. La imagen de la mujer española me atrae. Su dignidad... De España me atrae su elegancia.

P.: ¿No tiene Francia elegancia, acaso?

G.X.: La de Francia es una elegancia estética. ¡A mí me atrae la de España, porque es una elegancia sanguínea, pasional!

P.: ¿Y los chinos? ¿Cuál es su elegancia?

G.X.: No existe eso en China. China no tiene elegancia. La tuvo, en tiempos pasados. Ya no, hoy todo eso ha sido destruido, devastado. El chino tuvo esa elegancia de la dignidad, pero hoy es servil. Es el fruto de tanta humillación, tanta opresión...

P.: Los emperadores chinos, en el pasado, tampoco fueron mancos...

G.X.: Ninguna dinastía acosó tanto a los chinos como los gobernantes de este siglo. ¡Y antes había dignidad! Una vez, un emperador Tang le dijo a su poeta: «Ayuda a mi amante a quitarse los zapatos». El poeta, desdeñando su vida, se dio la vuelta y se fue. ¡Esa vieja dignidad de los chinos ha muerto!

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