Ensler pone su acento en el sexo, rebelándose contra la connotación ofensiva que adquiere la palabra, y su significado en forma peyorativa. Aunque éste es el gancho de la pieza, destinado a despertar la curiosidad de un público que puede sentirse atraído por la grosería (que la hay), lo que la autora intenta es una defensa de la condición femenina.
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Algunos monólogos, como «Mi vagina es una aldea», describen las brutalidades de la violación, lo mismo que «Le pregunté a una nena de seis años». Otros como «La menstruación» describen la ignorancia en la que se mantiene a la mujer en lo referido al sexo. Y otros, de franco tono disparatado, como «La inundación», recuerdan a textos semejantes de Franca Rame. Lía Jelin ha dirigido a las tres actrices imprimiendo un ritmo ágil y calibrando con exactitud los tonos, a veces francamente intimistas, otros desaforados, y logra que la grosería pase a segundo plano. Las tres actrices responden a la propuesta jugán-dose enteramente.
Bettiana Blum se luce en «Mi vagina está enojada», en la que luego de rebelarse violentamente contra las publicidades que venden productos dedicados a embellecer esa parte de la anatomía femenina, la emprende contra la brutalidad de los métodos empleados por los especialistas que realizan distintos análisis que adquieren las características de una tortura. Su actuación recuerda a la formidable Denise Stoklos interpretando los monólogos de France Rame. También logra convencer en el monólogo «Yo estaba ahí», donde la autora describe un parto con toda crudeza.
Alicia Bruzzo conmueve cuando narra la violación de una mujer de Kosovo, o el descubrimiento del placer a través de una relación sáfica, en la que una mujer es tratada por primera vez con una delicadeza que le devuelve el respeto a sí misma. Andrea Pietra despierta la carcajada cuando interpreta a «La mujer que amaba gemir».
En fin, un espectáculo que, más allá de su irreverencia, denuncia algo innegable: que en un mundo que está enloquecido por el deseo de predominio y de poder, la vida deja de ser un valor supremo. Por eso la humanidad otorga superioridad al sexo que mata, no al que engendra.
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