9 de marzo 2004 - 00:00

Los paisajes alegóricos de Mario Pérez en una muestra

El arte argentino se institucionaliza a finales del siglo XIX con los cuatro Salones del Ateneo (1893 a 1896) y la fundación y apertura del Museo Nacional de Bellas Artes (1895-96). Uno de los hechos referenciales de este proceso es la asunción definitiva, por la pintura local, del paisaje del país y de sus gentes, ya entrevistos en las obras de los artistas europeos viajeros (de Brambila a Pallière) y las de nuestros creadores inaugurales (Morel, Pueyrredón, López).

Esta asunción definitiva adquirió doble sentido: uno de ellos es social, porque implicaba una de las vías de reconocimiento del medio que nos moviliza y, a la vez, en el que nos movemos; el otro sentido es artístico, y deriva del anterior, no sólo porque tal reconocimiento entregó a la pintura uno de sus grandes temas -tan particular que desembocó, en la Francia del último tercio del XIX, en el estallido del arte moderno-sino también porque ayudó a comprometer su destino, que es la sociedad misma.

En los artistas del ayer y el hoy el paisaje no tiene limitaciones, está en los campos y en los ríos, pero también en los cielos, los atardeceres y los seres humanos. Y están con su efusión y su serenidad, su poesía y su nostalgia, desde una devoción por la pintura que emana del arte como expresión insuperable de la vida del hombre. En esta tradición se ubican los paisajes alegóricos de Mario Pérez (San Juan, 1960), quien inauguró una muestra la semana pasada, en el Palais de Glace, dirigido hoy por el editor de la revista «Cultura», Patricio Lóizaga.

«El viaje»
es una muestra que incluye más de 50 obras, desde sus comienzos -la serie de los «Sismos»- y otras más recientes; no sólo pinturas, sino también esculturas y ensamblajes. Pérez entiende a la realidad como una alegoría. El mundo que nos rodea, los seres que lo pueblan y las cosas que lo habitan son elementos alegóricos, partes constituyentes de una vasta metáfora.

• Testimonio

Pérez, artista intuitivo prefiere un testimonio débil -en términos del filósofo italiano Gianni Vattimo-, esto es, transparente, leve, ajeno a las distorsiones. Su pintura aborda la realidad común y su interés se centra en las pequeñas cosas, donde yacen a menudo las grandes verdades ( Schiller). Las casa de sus óleos son cubos sencillos, las personas son diminutas, la lejanía es una presencia indefinible, la tierra es un hecho casual, y a la vez patente, el horizonte es una señal como olvidada, sólo el cielo aparece con una entidad propia. Si recordamos que Pérez es un experto en restauraciones, podemos decir, sin exagerar, que sus óleos -trabajadoscon minuciosidad de artífice,en tonos casi siempre apagados, con texturas casi labradas sobre la tela-, restauran esos fragmentos alegóricos en que se materializa la vida cotidiana.

Restaurar es recuperar: en sus obras Pérez recobra los datos dispersos, las certidumbres desligadas. Escenarios costumbristas, bailes pueblerinos («Se casó la nena») mitos populares («Altar»), juegos infantiles («Mambrú se fue a la guerra»), una carrera de bicicletas («Con certificado de garantía»), una fogata celebratoria («Noche de fogata»), y siempre el paisaje («Cielo bravo»; «Nochecita estrellada»), son recuperados por el pintor, con una cuidada atención a los contrastes y una detallista investigación pictórica.

En sus óleos de gran formato, todo signo es un símbolo: los perros que dan vuelta bajo la luz de un foco eléctrico, el niño que está detenido frente a la entrada de un baile y aferra su bicicleta, la mesa que se deja ver desde la puerta de una casa, el vericueto de geometrías por donde circulan los ciclistas, la inmensidad del espacio de su provincia transfigurada en objeto cotidiano.

El modo en que aborda los paisajes lo acercan a la pintura metafísica del primer
De Chirico. Aunque Pérez no busca secretos del alma, misterios de la razón, honduras de la subjetividad, su arte conlleva secretos, misterios y subjetividades.

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