21 de abril 2026 - 17:50

Luis Puenzo, un nombre mayor del cine argentino

Ganador del Oscar por “La historia oficial”, referente de una etapa decisiva del audiovisual local y figura central en la defensa de la actividad, dejó una obra marcada por el prestigio internacional, la ambición artística y una trayectoria atravesada también por la intemperie del medio.

Luis Puenzo construyó una de las trayectorias más reconocidas del cine argentino, desde “La historia oficial” hasta su papel en la sanción de la Ley de Cine y la vida institucional del sector.

Luis Puenzo construyó una de las trayectorias más reconocidas del cine argentino, desde “La historia oficial” hasta su papel en la sanción de la Ley de Cine y la vida institucional del sector.

Por curiosa ironía, Brandoni se llamaba Adalberto Luis, y Puenzo era Luis Adalberto. Hoy la ironía se ha vuelto triste. Mientras estaban velando al actor, moría inesperadamente el director. Triste también queda nuestro cine, por la pérdida del artista y por la ingratitud del medio hacia Puenzo, que fue atacado años atrás por razones meramente políticas, y nunca públicamente reivindicado.

Su carrera fue notable. A los 16 años ya era reconocido como un geniecillo del cine publicitario. En 1973 hizo su primer largo: la comedia infantil “Luces de mis zapatos”, con Pipo Pescador, que entonces estaba en la cúspide. Una comedia disparatada, colorida, con Norman Briski, Fasulo, Juana Hildalgo, y el siempre serio Luis Politti en el doble papel de barman y rey. Sería bueno recuperar esa ópera prima.

Después vino “Las sorpresas”, reunión de tres cortos basados en cuentos de Mario Benedetti (Alberto Fischerman y Carlos Galletini hicieron los otros cuentos), No les fue bien, y Puenzo se limitó largos años al campo publicitario, hasta que en 1983 leyó un cuento breve de Aída Bortnik, “Cuatro fotos”. Se reunió de inmediato con Aída, y en base a ese cuento empezaron a escribir el guión de lo que sería “La historia oficial”. Parte de ese “Cuatro fotos” es lo que dice Chela Ruiz, en una de las escenas más tocantes de la película.

Todavía bajo el gobierno militar iniciaron las primeras tomas. Rodaron en su propia casa, mayormente con su propio dinero. Ya en democracia las cosas siguieron siendo difíciles, porque la famosa “mano de obra desocupada” se entretenía en amenazarlos. Cuando se estrenó en 1985 el público argentino estuvo reticente, pero en el resto del mundo fue un auténtico suceso, con premios enormes, desde la Palma de Oro en Cannes 1985 hasta el Oscar a Mejor Film Extranjero, entregado justo el 24 de marzo de 1986, a diez años del golpe militar. Fue entonces, ya con el Oscar, que el público argentino se lanzó a ver “La historia oficial”, y fue un suceso también en estas tierras. Así somos.

Después Jane Fonda lo llevó a dirigir “Gringo viejo”, con Gregory Peck y gran despliegue, y él después hizo aquí “La peste”, basada en Camus, con un elenco impresionante: William Hurt, Sandrine Bonnaire, Robert Duvall, el portorriqueño Raúl Juliá, Lautaro Murúa, Jean-Marc Barr, Jorge Luz, Duilio Marzio, la lista sigue, en coproducción con Francia y Gran Bretaña. Esa fue su última gran película.

Enseguida, su prestigio y su empeño lo llevaron a ser puntal de la lucha por la Ley de Cine de 1994 (la mejor, que ahora corre peligro), miembro fundador de la Academia Argentina de Cine, líder de la empresa familiar Historias Cinematográficas, productor de las obras iniciales de sus cuatro hijos, entre los que destaca Lucía con “Wakolda” (en otros países rebautizada “El médico alemán”) y otras películas de buena difusión internacional.

Entre todas esas tareas, Puenzo volvió a despuntar el vicio, y realizó primero “La puta y la ballena” y después, mejor todavía, un documental aquí poco difundido, “Algunos que vivieron”, hecho especialmente a pedido de Steven Spielberg, registrando a los sobrevivientes del Holocausto que rehicieron su vida en Argentina pero también sufrieron, ya viejos, la prepotencia de la última dictadura, solo por ser judíos.

Pensaba rodar otra película cuando en 2019 le pidieron que se hiciera cargo del Incaa. No comulgaba con el gobierno, pero decidió colaborar. Como nunca nadie había hecho hasta entonces, reunió en una serie de consultas a toda la gente de cine, desde viejos productores y distribuidores hasta jóvenes estudiantes.

Todos mostraron su alegría, al fin un director de cine se hacía cargo del Instituto de Cine. Pero entre todos esos que se mostraban contentos estaban también quienes ya empezaban a serrucharle el piso. Apenas había encauzado su gestión y superado el año del covid, le llegó el despido, firmado por el entonces presidente Alberto Fernández. Sin explicaciones razonables, sin agradecimiento. Así se fue Luis Puenzo a sus cuarteles de invierno. Así somos, también.

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