23 de enero 2003 - 00:00
Madonna arrepentida por antiguos desnudos
-
Pirovano sobre la subasta de CineAr: "El '¿Quién da más?' no es solo en términos de plata"
-
Ángel Ruiz: "Todo en el arte está inventado y se hace refrito del refrito"
Una de las fotografías que Schreiber le tomó a Madonna
«Madonna no representaba sólo un agradable consuelo con respecto a la típica modelo de clase de arte, vulgar pero mona; fue además una de las más encantadoras que yo haya fotografiado en mi vida. Aparte de nuestro trabajo en clase, ella fue también una de las modelos anónimas que apareció en las páginas de mi primer libro, «Bodyscapes» («Paisajes corporales»).
Schreiber tiene en su poder este recibo, firmado por Madonna: «Pagados 30 dólares, el 12 de febrero de 1979 por 3 horas. En consideración a la suma recibida, en virtud de este documento cedo a Martin A. Schreiber la autorización de registrar a su nombre y/o publicar, o utilizar retratos fotográficos o imágenes de mi persona, u otros en los que yo aparezca incluida en todo o en parte, conjuntamente con mi propio nombre o con nombre ficticio. En virtud de este documento renuncio a cualquier derecho que me pueda corresponder a inspeccionar y/o aprobar el producto terminado o el texto publicitario que pueda emplearse conjuntamente con dichos retratos, o el uso al que puedan destinarse».
«En su número de septiembre de 1985, «Playboy» publicó cuatro de las fotografías que le hice. Eran estudios de desnudo, desprovistos de todo interés lascivo, que no tenían nada que ver con el sexo o con la explotación, y así es como deberían contemplarse, junto con las demás imágenes que aparecen en este libro, «Madonna Nude 1979», volumen que constituye una celebración de las formas del cuerpo, una especie de tributo a una mujer joven, inocente y resuelta, y a todas las modelos. Es un homenaje a Madonna y a todas aquellas que, al igual que ella, aspiran a lo más alto y que, gracias a su ambición, a su esfuerzo y a su perseverancia, consiguen sus objetivos».
•La gran mutante
La «lógica» de las modas es que éstas aparecen tan rápido como desaparecen. Acostumbrada a vivir al margen de todas las reglas, Madonna lleva 20 años de moda, marcando tendencias con la seguridad del empecinado luchador y la arrogancia del ídolo hecho a sí mismo. Si lo más difícil no es llegar, sino mantenerse, ella ha hecho el triple salto mortal a fuerza de reinventarse con la facilidad con que la serpiente muda de piel, perpetuando su reinado hasta hacer de sí misma, como dijo una vez su hermano Christopher, su gran obra maestra.
Parece mentira que todas las Madonna de la historia, incluida esa última mamá «cool» que se codea día y noche con el Londres más moderno, sean la misma señora de 44 años nacida en el seno de una familia católica de origen italiano de Michigan. Su único encasillamiento es el de Ambición Rubia, ese ícono de sexo fuerte, decisión de hierro, finísimo olfato para elegir colaboradores y sartén tomada siempre por el mango (sin duda, se trata de la mujer que más altas cotas de independencia y poder ha logrado en la historia del pop).
Es un tiburón que necesita avanzar constantemente para no morir, ha sobrevivido a todos los tropiezos posibles, la mayoría de los cuales pasan por su empeño en ser estrella de cine. Es mejor que hablen mal de uno a que no hablen, parece decirse en esos casos. Y así ha llegado a protagonizar más de una docena de películas de todo pelaje, casi todas recibidas con críticas despiadadas y/o fracasos de taquilla. Aunque «Evita» le valió un Globo de Oro, su empeño por hacerse respetar como intérprete era un trance casi infranqueable.
Eso por no hablar de los mil escándalos que parecen haberla hecho, paradójicamente, más fuerte: del divorcio de Sean Penn a los «affaires» homo y heterosexuales, de los polémicos despliegues en «Playboy» con fotos de su juventud a las confesiones incandescentes de su etapa cochina (el libro «Sex», de 1992, generoso despliegue de fotos y confesiones de alto voltaje), del beso a un Cristo negro a los lujuriosos sujetadores de Gaultier, del embarazo de su primera hija, Lourdes, a la boda secreta en Escocia con su actual marido, Guy Ritchie.
•Vigencia
Dice el tango que 20 años no es nada. No para Madonna, que lleva sacando petróleo de su infalible instinto desde el lejano otoño de 1982, cuando su primer single, «Everybody», impactó como un tremendo meteorito en las listas de «dance». Mil éxitos y casi 100 millones de ejemplares vendidos después, más imitada que nunca, Madonna sigue un paso por delante de las demás con su fórmula de hacer del pop comercial algo divertido e intrascendente, no idiota y rutinario, como se empeña el ejército de clones transgénicos que hoy nos agobia.
En 2002 representó una obra de teatro en la capital británica, comenzó a grabar un nuevo álbum en la estela del disco «fashion» de «Music», colocó su enésimo número uno en las listas con el tema principal del último artefacto James Bond (impagable vídeo-clip, además) y ha protagonizado una enésima catástrofe cinematográfica: «Swept Away», dirigida su marido sobre la gran película de Lina Wertmüller «Insólito destino», fiasco del año con una recaudación paupérrima en EE.UU. y el paso directamente a vídeo en Gran Bretaña. Pasadas dos décadas, tenemos Madonna en estado puro y para rato.


Dejá tu comentario