23 de enero 2003 - 00:00

Madonna arrepentida por antiguos desnudos

Una de las fotografías que Schreiber le tomó a Madonna
Una de las fotografías que Schreiber le tomó a Madonna
Antes de la fama mundial, Madonna era una chica de provincia que aterrizó en Nueva York para convertirse en bailarina. Tenía 20 años y necesitaba dinero. Por eso conoció al hoy célebre fotógrafo Martin Schreiber, que buscaba modelos para hacer retratos de desnudo artístico. En estos días, cuando acaban de cumplirse dos décadas del lanzamiento de su primera canción, «Everybody», el fotógrafo publicó en un lujoso libro esas fotografías y recuerda aquella sesión.

Quizá su protagonista se arrepienta ahora de haberla hecho y de ceder la totalidad de sus derechos sobre las imágenes, por apenas 30 dólares. Schreiber relata ahora su conocimiento de la diva y aquella sesión.

«Yo era un joven fotógrafo que luchaba por abrirme camino durante el segundo año en el que impartía un curso, titulado Fotografiar el desnudo, en la New School/Parsons de la ciudad de Nueva York. La escuela facilitaba los modelos».

«El 12 de febrero de 1979 entró por primera vez en mi estudio una joven tímida y callada, la modelo que iba a posar desnuda en mi clase de fotografía de aquella tarde. Dijo que era bailarina. Se llamaba Verónica Ciccone, luego conocida como Madonna».

«Madonna
no representaba sólo un agradable consuelo con respecto a la típica modelo de clase de arte, vulgar pero mona; fue además una de las más encantadoras que yo haya fotografiado en mi vida. Aparte de nuestro trabajo en clase, ella fue también una de las modelos anónimas que apareció en las páginas de mi primer libro, «Bodyscapes» («Paisajes corporales»).

Pasamos un tiempo juntos, no mucho, y luego cada uno siguió su camino. Ella andaba abriéndose paso en la vida y no podía quedarse quieta ni un momento. En aquellos tiempos, no recuerdo que comentara nada acerca de cantar; eso llegó más tarde. Pasaron unos cuantos años y la vi un día andando en bicicleta por Houston Street, en Nueva York, y la saludé con la mano. Paró e intercambiamos unas frases. Aquella fue la última vez que hablé con ella».

Schreiber
tiene en su poder este recibo, firmado por Madonna: «Pagados 30 dólares, el 12 de febrero de 1979 por 3 horas. En consideración a la suma recibida, en virtud de este documento cedo a Martin A. Schreiber la autorización de registrar a su nombre y/o publicar, o utilizar retratos fotográficos o imágenes de mi persona, u otros en los que yo aparezca incluida en todo o en parte, conjuntamente con mi propio nombre o con nombre ficticio. En virtud de este documento renuncio a cualquier derecho que me pueda corresponder a inspeccionar y/o aprobar el producto terminado o el texto publicitario que pueda emplearse conjuntamente con dichos retratos, o el uso al que puedan destinarse».

«En 1985, mientras trabajaba en mi tercer libro, vi la cara de Madonna en la tapa de la revista «Interview». No tenía ni idea de que fuera una estrella, me dejó muy sorprendido y me alegré mucho por ella. También recuerdo con toda claridad que pregunté a la que por entonces era mi novia si creía que podría haber alguien que se interesara por mis fotos de Madonna. Me respondió que no».

«En su número de septiembre de 1985, «Playboy» publicó cuatro de las fotografías que le hice. Eran estudios de desnudo, desprovistos de todo interés lascivo, que no tenían nada que ver con el sexo o con la explotación, y así es como deberían contemplarse, junto con las demás imágenes que aparecen en este libro,
«Madonna Nude 1979», volumen que constituye una celebración de las formas del cuerpo, una especie de tributo a una mujer joven, inocente y resuelta, y a todas las modelos. Es un homenaje a Madonna y a todas aquellas que, al igual que ella, aspiran a lo más alto y que, gracias a su ambición, a su esfuerzo y a su perseverancia, consiguen sus objetivos».

•La gran mutante

La «lógica» de las modas es que éstas aparecen tan rápido como desaparecen. Acostumbrada a vivir al margen de todas las reglas, Madonna lleva 20 años de moda, marcando tendencias con la seguridad del empecinado luchador y la arrogancia del ídolo hecho a sí mismo. Si lo más difícil no es llegar, sino mantenerse, ella ha hecho el triple salto mortal a fuerza de reinventarse con la facilidad con que la serpiente muda de piel, perpetuando su reinado hasta hacer de sí misma, como dijo una vez su hermano Christopher, su gran obra maestra.

Parece mentira que todas las Madonna de la historia, incluida esa última mamá «cool» que se codea día y noche con el Londres más moderno, sean la misma señora de 44 años nacida en el seno de una familia católica de origen italiano de Michigan. Su único encasillamiento es el de Ambición Rubia, ese ícono de sexo fuerte, decisión de hierro, finísimo olfato para elegir colaboradores y sartén tomada siempre por el mango (sin duda, se trata de la mujer que más altas cotas de independencia y poder ha logrado en la historia del pop).

Es un tiburón que necesita avanzar constantemente para no morir, ha sobrevivido a todos los tropiezos posibles, la mayoría de los cuales pasan por su empeño en ser estrella de cine. Es mejor que hablen mal de uno a que no hablen, parece decirse en esos casos. Y así ha llegado a protagonizar más de una docena de películas de todo pelaje, casi todas recibidas con críticas despiadadas y/o fracasos de taquilla. Aunque
«Evita» le valió un Globo de Oro, su empeño por hacerse respetar como intérprete era un trance casi infranqueable.

Eso por no hablar de los mil escándalos que parecen haberla hecho, paradójicamente, más fuerte: del divorcio de
Sean Penn a los «affaires» homo y heterosexuales, de los polémicos despliegues en «Playboy» con fotos de su juventud a las confesiones incandescentes de su etapa cochina (el libro «Sex», de 1992, generoso despliegue de fotos y confesiones de alto voltaje), del beso a un Cristo negro a los lujuriosos sujetadores de Gaultier, del embarazo de su primera hija, Lourdes, a la boda secreta en Escocia con su actual marido, Guy Ritchie.

•Vigencia


Dice el tango que 20 años no es nada. No para Madonna, que lleva sacando petróleo de su infalible instinto desde el lejano otoño de 1982, cuando su primer single, «Everybody», impactó como un tremendo meteorito en las listas de «dance». Mil éxitos y casi 100 millones de ejemplares vendidos después, más imitada que nunca, Madonna sigue un paso por delante de las demás con su fórmula de hacer del pop comercial algo divertido e intrascendente, no idiota y rutinario, como se empeña el ejército de clones transgénicos que hoy nos agobia.

En 2002 representó una obra de teatro en la capital británica, comenzó a grabar un nuevo álbum en la estela del disco «fashion» de
«Music», colocó su enésimo número uno en las listas con el tema principal del último artefacto James Bond (impagable vídeo-clip, además) y ha protagonizado una enésima catástrofe cinematográfica: «Swept Away», dirigida su marido sobre la gran película de Lina Wertmüller «Insólito destino», fiasco del año con una recaudación paupérrima en EE.UU. y el paso directamente a vídeo en Gran Bretaña. Pasadas dos décadas, tenemos Madonna en estado puro y para rato.

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