Magnífico policial con Superman vulnerable

Espectáculos

«Hollywoodland» (id., EE.UU., 2006; habl. en inglés). Dir.: A. Coulter.-Int.: A. Brody, B. Affleck, B. Hoskins, D. Lane y otros.

El actor George Reeves (1914-1959) no fue un ave ni un avión, pero muy a su pesar fue Superman en los famosos 104 capítulos que filmó para la televisión entre 1951 y 1958. Reeves nunca dejó de sentirse llamado para el gran arte pero la suerte, y su dudoso talento, siempre le jugaron en contra. El, que soñaba con recitar Hamlet, terminó luchando contra Lex Luthor en escenarios de mala utilería.

Reeves inició su carrera en el cine en 1939 en el western «Cabalga cowboy, cabalga», donde interpretó al bandolero mexicano Pancho Domínguez, y cuando ese mismo año logró un pequeño papel en «Lo que el viento se llevó» creyó que las puertas del gran Hollywood se habían abierto para él.

No fue así: Reeves, pese a su metro noventa de altura y su clásica estampa de galán, vegetó en innumerables películas clase B, y sólo en contados casos logró que un director importante (como Fritz Lang en «Rancho Notorious») se acordara de él, desde luego en papeles de reparto. En 1951, tras participar en un casting para la incipiente televisión, le fue otorgado el papel que le cambió la vida.

Envuelto en corsets que aumentaban sus pectorales, enfundado en una malla molesta, con una capa ridícula a sus espaldas y colgado de ganchos precarios mientras extendía los puños y simulaba volar, Reeves se sentía el artista más humillado del planeta. Jamás imaginó el destino que le esperaba: convertirse en el actor más famoso de las familias norteamericanas.

No obstante su enorme popularidad, nunca dejó de intentar algo «más artístico», pero ya era tarde. En 1953, cuando logró que Fred Zinnemann lo incluyera en el reparto de «De aquí a la eternidad», le ocurrió lo peor: al verlo, el público reía por lo bajo, y los más descomedidos llegaban a gritar en el cine: «¡Te olvidaste de Luisa Lane!».

Para Reeves, Superman fue más fatal que la kriptonita: cuando se discontinuó la serie tras ocho temporadas, se hundió en la depresión. El 16 de junio de 1959, durante una reunión con amigos en su propia casa, subió inadvertidamente a su habitación y se pegó un tiro. La conmoción nacional fue inmensa.

La impecable «Hollywoodland», dirigida por Allen Coulter (entre cuyos créditos figura la magnífica serie «Los soprano»), parte del irresuelto enigma de la historia oscura del cine: ¿la muerte de Reeves fue suicidio o asesinato? Las evidencias policiales, por negligencia o intereses, fueron insuficientes. 

La película, cuyo estilo seco, firme, apoyado en numerosos flashbacks, y sobre todo extremadamente «negro», recuerda el ambiente de «Los Angeles al desnudo», no sólo recrea la atormentada vida de Reeves, sino que establece un contrapunto con el detective privado Louis Simo, pariente literario de Philip Marlowe, que se propone desentrañar ese sospechoso suicidio por razones que exceden a la paga diaria.

Simo arrastra un mal divorcio, una complicada relación con su hijo y el lastre de un cliente paranoico que no deja de asediarlo. En su investigación del caso Reeves se juega, además del prestigio, su pellejo: si se tratara de un asesinato, la maraña de móviles posibles (la mafia hollywoodense, la policial y la de su propio gremio) no es justamente inocua.

Reeves fue el «juguete sexual» de Toni Mannix, la esposa de un encumbrado ejecutivo de la MGM cuya sola presencia hubiera atemorizado a Michael Corleone. No se trata de que el señor Mannix ignorara ese largo affaire de su mujer: sí, en cambio, que la lógica de la perversión suele tener caminos insospechados, sobre todo cuando roza ciertos intereses.

Pero el guión de «Hollywoodland» no concluye en ese esquema sino que va más allá, al punto de llegar a establecer que la muerte del vulnerable Hombre de acero pudo haber tenido otras razones, no sólo propias del escenario mental de un detective angustiado.

Adrian Brody («El pianista»), compone al irreprochable Limo; Bob Hoskins, el temible ejecutivo del cine, es un mafioso perfecto; Diane Lane la estupenda y angustiada Toni, y el siempre inexpresivo Ben Affleck encontró al fin el papel de su vida: el del tremendamente inexpresivo George Reeves.

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