"Mar abierto"

Espectáculos

«Mar abierto» («Open Water», EE.UU., 2003; habl. en inglés). Dir.: C. Kentis. Int.: B. Ryan, D. Travis, S. Stein, E. Lau y otros.

Las vacaciones están sujetas a todo tipo de contingencias. Que a uno le pierdan las valijas en un aeropuerto, que la ruta esté atascada y crezca el malhumor, que el sol produzca quemaduras de tercer grado. En fin, puede pasar de todo. Sin embargo, lo que le ocurrió a una pareja de turistas norteamericanos en Australia (la película traslada el escenario a las Bahamas) no tiene parangón. Fueron a hacer buceo de aventura en aguas profundas y se los olvidaron en zona de tiburones.

¿Cómo se explica semejante negligencia criminal? Aparentemente, según se ve en el film, el encargado de anotar a los turistas que iban regresando a la lancha contó por error dos veces a unas mismas dos personas, de modo tal que cuando el número llegó a 20 (el total de la expedición), el instructor dio la orden de regresar a tierra. Parece imaginación de un guionista que nadie se haya dado cuenta de su ausencia, ni los responsables de la excursión ni el resto de los que la contrataron (sus pertenencias, inclusive, quedaron en cubierta, a la vista de todos), pero eso fue lo que ocurrió.

Según en qué manos caiga, con esta historia el cine puede hacer de todo. Lo que hace
Chris Kentis, director independiente cuyo corazón está obviamente más cerca de Ingmar Bergman que de Steven Spielberg, es muy similar a lo que sería la versión acuática de «Escenas de la vida conyugal».

El visible y casi desesperado propósito de Kentis por liberar a su película de «fórmulas hollywoodenses» convierte a «Mar abierto» en un drama matrimonial flotante, en una película fuertemente teatral en la que las sucesivas revelaciones sobre los aspectos conflictivos de ese matrimonio, los reproches y ataques mutuos atemperados por algunos remansos de reconciliación, tienen mucho más peso que la pregunta básica que plantearía cualquier otra película en una situación así: ¿lograrán rescatarlos a tiempo o los devorarán los tiburones?

A
Kentis ese suspenso no le interesa (quizá, puede presumirse,hasta lo desprecie). El film, casi hasta su desenlace, ni siquiera se preocupa por contraponer planos de la situación inversa a ese infierno en el océano (por ejemplo, ver imágenes alegres en la costa, a los fines de exasperar, por contraste, la tensión del espectador); tampoco, hasta los últimos minutos, se nos informa si ya se han dado cuenta de su ausencia, o si han empezado a buscarlos, etc. Una película absolutamente «Hollywood free».

De esta manera, para la política del film, la acechanza de los tiburones asesinos y el extravío en el mar funcionan como un detonante, traumático desde luego, pero asimilable a cualquier otro disparador que saque a luz secretos y mentiras en un drama conyugal. Desde ese punto de vista, y sólo desde allí,
Kentis se revela como un diestro conductor de personajes antagónicos, personajes que recién a las muchas horas de haber sido olvidados por el mundo son capaces de gritar su desesperación. Hasta ese momento, enérgica pero civilizadamente, han venido recriminándose sus desavenencias con la misma preocupación que demuestran para mantenerse a flote.

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