Nada de metáforas. En su versión de «La guerra de los mundos», Steven Spielberg se anticipa a sus comentaristas y pone en boca de varios de sus personajes lo que fatalmente, ante este tipo de films, se viene interpretando desde hace casi cuatro años: que ahora los marcianos (cuyo planeta no se identifica) representan, en esta nueva adaptación del texto de H. G. Wells, la amenaza terrorista de Al Qaeda. La escena del primer ataque recrea, gráficamente, el mismo paisaje del 11 de setiembre con sus corridas, su sangre, el polvo sobre las cabezas y las miradas hacia lo alto.
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Los hermanos Dakota Fanningy Justin Chatwin emplean más de una vez el término «terroristas», y en un caso hasta le preguntan a su padre, Tom Cruise, si esta vez el ataque no provendrá de Europa. Hay otras varias líneas de diálogo igual de explícitas, algunas referidas a la invasión a la « primera potencia del mundo», e inclusive una de resonancia autocrítica: «No podrán ocuparnos durante mucho tiempo, ya que históricamente está demostrado que toda ocupación fracasa».
Los personajes de Spielberg, de este modo, no han sido creados para vivir una catástrofe destinada a la interpretación política sólo del público, sino que también ellos forman parte de esa opinión: habitan las mismas ciudades, leen los mismos diarios, vivieron el 11 de setiembre muy de cerca (están en New Jersey) y dicen lo que dirían si les tocara ver, en un cine, «La guerra de los mundos».
Con este proceder, Spielberg da un paso más allá en el campo de lo verosímil, ya que uno de los huecos más notorios de las adaptaciones de viejos clásicos es el de tener personajes actuales, inteligentes e informados, que leen a TomWolfe y «The NewYork Times» pero ignoran la existencia de ese viejo clásico que están actualizando y el simbolismo de sus actos. Spielberg habría optimizado este gesto haciendo que alguno de sus personajes dijera haber visto la versión de esta película en los años '50 o escuchado la transmisión radial de Orson Welles.
Sin embargo, justamente por este mismo proceder (fijarle un sentido único), el director de «E.T.» empobrece a la película de su múltiple carga alegórica (no puede haber alegoría en un relato que viene con interpretación incluida) y corre el riesgo de confinarla a la simple exposición de la fábula marciana. Que, como tal, está bastante obsoleta, más allá del state of the art de los abrumadores efectos especiales. De esta forma, en lugar de modernizar a Wells, Spielberg lo avejenta. Welles no habló de alemanes, George Pal no habló de rusos. Spielberg, si bien no menciona a Bin Laden, es el más explícito de todos.
Los marcianos son una entidad neutra, obstinada: un frente exterior bestial pero, finalmente, bastante tonto como para no advertir, pese a toda su estrategia, cuál será su talón de Aquiles. Ataque tras ataque, la historia avanza de modo reiterativo. A diferencia de los terráqueos, los marcianos ignoran que hubo antecesores suyos más hábiles y arteros, más maliciosos y simpáticos, aunque también terminaran derrotados. Ni «Marte ataca» ni, mucho menos, «Encuentros cercanos del tercer tipo» del mismo Spielberg, director que ha perdido el optimismo interplanetario para suscribir, también él, a la trascendencia dark de los más recientes productos de entretenimiento. «La guerra de los mundos» no tiene ni un sólo momento de comic relief (la habitual y bienvenida distensión humorística, como aquella memorable escena en la que Richard Dreyfuss, en «Encuentros...», le indicaba pasar al vehículo que tenía detrás haciéndole «luces», para descubrir que era un plato volador). La película es densa y opresiva. En esa dirección, la escena mejor resuelta es la de la fuga del héroe y sus hijos con el único automóvil capaz de funcionar, que origina en los otros sobrevivientes la agresión del «sálvese quien pueda». De este modo, el film carece, a su favor, de la batería de mensajes humanitarios de «Día de la independencia», aunque no evita ciertos reflejos conservadores familieros en un happy ending «fuera de programa».
Finalmente, si hay una escena realmente sobrenatural en este film, es la de Tom Cruise haciendo de obrero en el puerto.
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