En la Argentina, su figura fue creciendo hasta ocupar teatros grandes y provocar un fervor que solo ella podía encender. En los 90 nos visitó con frecuencia, en 2005 hizo un único recital en Buenos Aires con localidades agotadas; en 2010 volvió al Gran Rex, colmado de fans, con Caetano Veloso en la platea y una sala entregada a la liturgia de su canto.
Para entonces, el contraste con aquella recepción inicial en La Fusa era completo. La cantante recibida con aplausos tenues se había vuelto una figura de culto. El público argentino no la seguía sólo por la belleza de la voz, sino por su autoridad escénica, la ceremonia, la manera de decir una palabra antes de cantarla, el modo de convertir una canción amorosa en drama y una canción religiosa en cuerpo. Bethânia no entró en la sensibilidad argentina por el camino de la simpatía inmediata, como Creuza, sino por una vía más lenta, la de la fascinación.
Jorge Amado la definió en una fórmula breve: “Maria Bethânia, a grande intérprete da Bahia”. En Bethânia, la voz es también una geografía precisa, Bahía. Es Santo Amaro, el Recôncavo, la religiosidad popular, la oralidad, el teatro, la poesía, la memoria familiar y la lengua portuguesa llevada a un punto de incandescencia.
El narrador cubano Leonardo Padura, al hablar de la imagen de Brasil en Cuba, resumió ese imaginario: “Brasil es música, fútbol, Cinema Novo, Maria Bethânia, Chico Buarque, Elis Regina y Milton Nascimento”. No la menciona como una figura lateral, sino como una de las claves con las que América Latina reconoce a Brasil.
Los inicios
Maria Bethânia Vianna Telles Veloso nació, hace exactamente 80 años, el 18 de junio de 1946 en Santo Amaro da Purificação, Bahía. Hija de José Telles Veloso y de Claudionor Vianna Telles Veloso, creció en una familia que sería central para la cultura brasileña. Su hermano, Caetano Veloso, sugirió su nombre por un vals del compositor pernambucano Capiba. A los 13 años se mudó con su familia a Salvador.
MB
Maria Bethânia en su juventud, una estrella que marcó a varias generaciones.
Antes de ser cantante, Bethânia quiso ser actriz, vocación que nunca desapareció sino que quedó incorporada a su modo de cantar. Su primera aparición artística importante fue en 1963, en “Boca de ouro”, de Nelson Rodrigues. Al año siguiente participó en los espectáculos “Nós, por exemplo” y “Nova Bossa Velha, Velha Bossa Nova”, ligados a la inauguración del Teatro Vila Velha de Salvador, junto a Caetano Veloso, Gilberto Gil, Gal Costa y Tom Zé. Pero el salto ocurrió en Río de Janeiro, en 1965, cuando Nara Leão la convocó para reemplazarla en “Opinião”. Bethânia debutó el 13 de febrero de ese año junto a Zé Kéti y João do Vale, y su interpretación de “Carcará” la lanzó de inmediato al centro de la escena.
“Carcará” fue su consagración y también su primer riesgo. La canción la volvió célebre, pero también la encasilló como cantante de protesta, una etiqueta que le quedaba chica. Había aparecido en el momento justo —Brasil bajo tensión política, el teatro musical como forma de manifestación pública—, pero su ambición artística era más amplia, y comprendía el bolero, la samba-canção, la poesía, la religión y el drama amoroso. Después de ese éxito inicial, volvió a Bahía y sólo regresó a Río cuando pudo elegir un repertorio con mayor libertad.
Ese origen explica buena parte de su singularidad. Bethânia nació artísticamente en el cruce entre canción y teatro. Por eso nunca fue una cantante “pura” en el sentido convencional. Su voz no busca sólo afinación, fraseo o belleza tímbrica, sino acontecimiento. Puede cantar a Vinicius, Caetano, Chico Buarque y Noel Rosa, como a Roberto Carlos, Roque Ferreira o Paulo César Pinheiro, pero lo decisivo es que los incorpora a una dramaturgia propia.
Alibi
"Álibi", el disco que marcó un antes y un después, y el primero de los suyos que superó el millón de copias vendidas
Más allá de un género
Tampoco fue, en sentido estricto, una cantante de bossa nova. Ella misma marcó esa distancia al hablar de Vinicius, Tom Jobim y João Gilberto: reconocía que habían creado una escuela de voces íntimas y pequeñas, pero decía pertenecer a otra zona, la del drama y la tragedia griega. Bethânia pertenece a la constelación bahiana que hizo estallar la música brasileña en los años sesenta, pero no fue una tropicalista pura.
Su camino fue menos manifiesto pop, menos collage eléctrico, más teatro, más palabra, más cuerpo. Caetano ha recordado el papel de su hermana en la apertura hacia la guitarra eléctrica y la Jovem Guarda; también fue ella quien le pidió que escribiera una canción con la frase “I love you”, germen de “Baby”, que terminó grabando Gal Costa en el disco tropicalista de 1968.
Una de las claves de su carrera fue la alianza con el director Fauzi Arap. Desde fines de los sesenta y, sobre todo, con “Rosa dos Ventos”, en 1971, Bethânia fue consolidando recitales donde las canciones no aparecen como números sucesivos sino como estaciones de un viaje emocional. Esa arquitectura escénica explica por qué sus conciertos no se parecen a los de otros intérpretes de la MPB. Si João Gilberto redujo la canción brasileña al mínimo indispensable, Bethânia la expandió hacia lo ceremonial.
En 1974, apenas once años después de su primera aparición escénica y menos de una década después de su consagración en “Opinião”, decidió prescindir de empresarios y tomar el control de su propia carrera. En una industria que suele convertir a las intérpretes en producto, defendió el futuro de su trayectoria como obra personal. Esa autonomía se nota en la elección de repertorios, directores, poetas y puestas en escena.
En 1976 se reunió con Caetano, Gil y Gal Costa en Doces Bárbaros, el grupo bahiano que cristalizó una amistad artística y generacional. El proyecto tuvo giras, disco y película, pero su valor radica en la demostración de que la música brasileña posterior a la bossa ya tenía sus propios mitos. En ese cuarteto, Bethânia ocupaba un lugar singular. Caetano era la inteligencia verbal; Gil, la invención rítmica; Gal, la expansión vocal. Bethânia era la fuerza ritual, la que parecía traer a la escena una memoria más antigua que el pop.
El pasaje de figura de culto a fenómeno masivo tuvo un punto decisivo con la aparición de “Álibi”. Lanzado en 1978, el disco marcó un antes y un después en su carrera: vendió un millón de copias y la consolidó como una artista capaz de llegar al gran público sin renunciar a sus zonas más personales. Después siguieron discos como “Mel” y “Talismã”, pero también obras más introspectivas, menos complacientes con el mercado.
En 1984 estrenó el espectáculo “A hora da estrela”, inspirado en la novela de Clarice Lispector. La gran narradora había creado en Macabéa una criatura frágil, opaca, casi invisible; Bethânia llevó esa materia al escenario desde el canto, la palabra y la actuación. El episodio confirma su relación persistente con la literatura: no como adorno prestigioso, sino como parte constitutiva de su manera de interpretar.
En 1993 grabó “As canções que você fez pra mim”, dedicado a Roberto Carlos y Erasmo Carlos. El disco fue uno de los mayores éxitos de su carrera y alcanzó 1,5 millones de copias vendidas. Ese gesto también dice mucho de Bethânia, que nunca aceptó la frontera rígida entre canción culta y canción popular. Podía ir de Clarice Lispector a Roberto Carlos porque su criterio no era la jerarquía académica sino la veracidad interpretativa. Una canción sentimental, en su voz, podía volverse tragedia íntima.
La religiosidad en Bethânia es parte de su visión del mundo. En su obra aparecen la devoción católica, las matrices afrobrasileñas, el Recôncavo, los santos, los orixás, las procesiones. En 2016, Mangueira le dedicó su tema de desfile —lo que en el carnaval carioca se llama “enredo”— “Maria Bethânia: a menina dos olhos de Oyá”, reconocimiento de que su figura ya pertenecía a una zona más amplia que la música.
Bethânia envejeció sin convertirse en administradora de su propio pasado. Siguió armando discos y espectáculos con riesgo conceptual, creó el sello Quitanda junto a Biscoito Fino, lanzó “Brasileirinho”, volvió sobre Vinicius en “Que falta você me faz”, trabajó con poesía portuguesa y brasileña, y sostuvo una obra donde la memoria no aparece como mera nostalgia, sino como una forma viva de creación.