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22 de julio 2008 - 00:00

María Vaner fue musa de Favio y de los 60

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María Vaner, ex mujer y actriz de varios films de Leonardo Favio.
Serán sepultados hoy, en el Panteón de Actores de La Chacarita, los restos de la actriz María Vaner, fallecida en la madrugada de ayer en el sanatorio Mitre a causa de un paro cardíaco, desenlace de una enfermedad de larga data. Si bien se sabía de su frágil salud, su muerte resulta sorpresiva, a más de dolorosa, para los seguidores del cine argentino, que aún la tienen entre las mujeres más hermosas, y de voz más sensual, de nuestra pantalla.

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Nacida en España el 23 de marzo de 1935, hija de los artistas María Luisa Robledo y Pedro Aleandro y hermana de Norma Aleandro, María Vaner se destacó en las tablas, donde brilló especialmente como la doña Inés de una recordada versión de «Don Juan Tenorio», y fue la acompañante completa del comediante Raúl Rossi en el estreno de «El último de los amantes ardientes» en el Ateneo. Pero su mayor gloria estuvo en el cine, donde fue considerada como la musa de la «generación del 60». Por ella, precisamente, Leonardo Favio se convirtió en director de cine.

La historia fue así. Se conocieron hace exactamente 50 años, cuando ella debutó en «El secuestrador», de Leopoldo Torre Nilsson (luego haría «En la ardiente oscuridad», de Daniel Tinayre, quien la conoció cuando era escenógrafa en «Canal 7»). Poco después, para impresionarla, Favio le comentó que iba a convertirse en director, y, sin que ella lo supiera, le pidió lecciones a Torre Nilsson. Ya estaban enamorados, y él se vio llevado a concretar sus declaraciones. Ella lo acompañó en «Crónica de un niño solo», y se lució además como la tercera en discordia de «El romance del Aniceto y la Francisca», película de la que inclusive hasta hizo la escenografía.

«Fue una época hermosa», comentó a este diario, cuando el reciente estreno de la nueva versión, a cuya premiere, por razones de salud, no pudo concurrir..

El romance entre Vaner y Favio no fue, lo que se dice, demasiado estable. Tampoco lo fue la carrera de la actriz, cada vez más sumida en fuertes desniveles anímicos. Pero en aquellos años iniciales, todo era otra cosa. «Prisioneros de una noche», «Los jóvenes viejos», «Dar la cara», «Tres veces Ana» (su gran protagónico, donde encaraba tres personajes de otros tantos relatos), son sus grandes títulos de entonces.

Memorable también, su diálogo con Lautaro Murúa, en la narración del corto «Un largo silencio» que un muchachito entonces de 19 años, Eliseo Subiela, filmó con los internos del Borda, dos décadas antes del «Hombre mirando al sudeste».

Con el tiempo, censurada como cantantedurante algún gobierno militar (por un tema que incluía la palabra «despelote»), desplazada de los primeros papeles por algunos cambios en su silueta, y su carácter, recluida en ocasionales ostracismos, le tocó hacer papeles de complemento, o de reparto, en «El caradura y la millonaria» («Minguito Tinguitella, papá»), «La mala vida», «La Raulito», «Una mujer», y «No toquen a la nena». Tras esta última, de 1976, se llamó a silencio hasta 1984, cuando reapareció en toda su gloria con un personaje muy tocante, el de la mujer que sale de la depresión en «Darse cuenta», más tarde actuó en «El juguete rabioso» y tuvo luego otras apariciones, cada vez más espaciadas, y un premio que la reanimó y la hizo volver con nuevo entusiasmo, el de Cronistas de Cine a su trayectoria. Sus últimas apariciones fueron el año pasado en «Cara de queso (Mi primer ghetto)», y este año en «La mujer sin cabeza», donde hace de mater familiae con Alzheimer, diciendo disparates desde la cama. Lástima que sean sólo dos escenas. Ella siempre dio para más.

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