1 de febrero 2002 - 00:00

Marina Picasso busca saldar viejas deudas

Marina Picasso, nieta de Pablo Picasso y de su primera mujer la bailarina rusa Olga Kokhlova, evoca en un libro sincero y despiadado que acaba de aparecer en España, el poder devastador que su abuelo ejerció sobre ella y su entorno. En este libro y también en el anterior titulado "Les enfants du bout du monde" (inédito en español), Marina Picasso relata cómo luchó para librarse de los traumas de su infancia y adolescencia, evidentemente más pesados que la inmensa fortuna que heredó del artista: 400 cuadros y 7.000 grabados.

Marina Picasso (centro)
Marina Picasso (centro)
Barcelona -Un día, Marina Picasso se desplomó, víctima de una crisis nerviosa, sobre el volante del coche en el que conducía a sus hijos al colegio. A ese día le siguieron catorce años de psicoanálisis, y a esa terapia le ha seguido ahora un libro («Picasso, mi abuelo», Plaza & Janés), en el que descubre la monstruosa figura de su abuelo, el pintor Pablo Picasso, artista genial pero también una persona capaz de humillar a sus seres -digamos- queridos hasta límites inimaginables.

«Nuestro biberón tenía veneno, el de un superhombre que podía permitírselo todo y nos aplastaba.»
, dice por ejemplo la nieta del genio.

¿Exagera Marina? No parece: «Mi hermano Pablito, juguete de su sadismo y su indiferencia, se suicidó a los 24 años ingiriendo lejía. Yo fui quien lo encontró bañado en su propia sangre, con el esófago y la laringe quemados, el estómago destrozado y el corazón a la deriva»

Más damnificados: «Mi abuela, la bailarina Olga Kokhlova. Muchos biógrafos han repetido las mentiras que difundió Picasso sobre ella, como que bailaba mal o que era una histérica. ¿Cómo no tener crisis cuando su marido decía constantemente, delante de la gente, cosas como: 'Olga me irrita, la encuentro tonta, molesta, fútil' o cuando se presentó en su casa Marie-Thérèse Walter con un bebé y le dijo de sopetón: 'Este niño es una obra de Picasso'».

El padre de Marina también sufría. «Me llevaba de la mano a casa del abuelo, un día y otro, en patética peregrinación. El portero le preguntaba: '¿Está citado?'. 'Sí'. 'Iré a ver si el maestro puede recibirles' (a veces, era 'el sol' o 'su alteza'). Y la mayoría de días no podía.»
El libro hace reflexionar sobre
«las cosas que realmente importan. He pensado miles de veces que ojalá mi abuelo no hubiera sido un genio. ¡Yo soñaba con una familia normal!».

El padre de Marina vivía en la pobreza, mientras que Picasso nadaba en la abundancia. «Cuando tras arduos esfuerzos lograba verle, le pedía dinero. Yo estaba delante. Mi abuelo sacaba un fajo de billetes que mi padre agarraba furtivamente. De inmediato, Pablo (no podíamos llamarlo 'abuelo') le gritaba: 'No eres capaz de hacerte cargo de tus hijos. ¡No eres capaz de ganarte la vida! ¡No eres capaz de hacer nada! Siempre serás un mediocre'».

«No quiero escandalizar -afirma Marina-, simplemente digo: ésta es nuestra vida. La paradoja es que, años después, uso la fama y el dinero de Picasso para dar lo que yo no recibí: amor. Gasto parte de la enorme fortuna heredada en proyectos humanitarios, como la Aldea de la Juventud en Ho Chi Minh. Las autoridades vietnamitas me facilitaron mucho las cosas por ser nieta del 'camarada Picasso'».

«Un día -recuerda-, cuando yo tenía nueve años, estaba tan esquelética y desnutrida que me llevaron al médico. El doctor se sorprendió de que la nieta de
Picasso se hallara en un estado semejante, y le escribió una carta para que me llevaran a un centro. Mi abuelo tardó muchísimo en responder... tenía otros asuntos. ¡Y luego el calvario para que pagara las facturas!».

Marina Picasso
-que también retrata con dureza a su madre, obsesionada por el vano sueño de seducir a Picasso-opina que «todo era destructivo. Mi abuelo pagaba grandes banquetes con una firma en la servilleta y se jactaba de comprar casas con 'tres mierdas garabateadas ayer', eso no es muy educativo».

«No nos pintó nunca ni a mí ni a mi hermano
Pablo -continúa-y sí a los hijos de otras relaciones. Regaló dibujos a mil amigos, hasta dedicó un plato a su perro... pero a sus nietos, nada.»

«Es verdad que no dudo en emplear algunas palabras fuertes, pero yo sólo cuento las cosas tales como las vivimos. No he pensado nunca sacar ventaja en destruir la imagen de mi abuelo, simplemente he querido dar un testimonio de nuestra realidad familiar y para ello, me he atrevido a tocar al mito.
Pero si no hubiese sido un pintor genial lo habrían tratado de asesino y perverso», explicó.

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