18 de septiembre 2002 - 00:00

Martin Amis reabre heridas del genocidio estalinista

Martin Amis
Martin Amis
Londres - 6 millones de personas, de las cuales 3 millones eran niños, murieron a consecuencia de la hambruna orquestada por Stalin dentro de su campaña de terror. Unos 40 millones de personas fueron enviadas a los infames gulags soviéticos entre 1917 y 1953. Se calcula que el régimen estalinista acabó con la vida de entre 20 y 40 millones de personas. Y sin embargo, todavía hoy, Adolf Hitler es considerado un ser infinitamente más maligno y destructor que Josef Stalin.

Esa es la incongruencia que denuncia Martin Amis en su última obra, «Koba the Dread» («Koba el Temible»), libro que ya ha levantado ampollas en forma de apasionadas reacciones a favor y en contra entre la crítica británica, convirtiéndose en bestseller en los países de habla inglesa, fundamentalmente Gran Bretaña y Estados Unidos. Un libro que es, en realidad, dos. Porque, por un lado, se trata de un ensayo histórico acerca de Koba -sobrenombre por el que de niño se hacía llamar Stalin, y que tomó prestado del héroe de una novela popular-, de sus innumerables crímenes contra la humanidad y de la enorme dificultad de los intelectuales de izquierda a la hora de reconocer las atrocidades cometidas por el dictador soviético. Pero por otro lado, y frente a las más de 20 millones de muertes que se le atribuyen a Stalin, la última obra de Martin Amis es también el relato de una única muerte: la de Sally, hermana menor del escritor, fallecida en 2000 a los 46 años luego de librar una larga batalla contra el alcoholismo.

Tragedia y estadística

«Stalin dijo una vez que, aunque toda muerte es una tragedia, la muerte de un millón de personas es una mera estadística», recoge Amis en «Koba el Temible». «La segunda parte del aforismo es, por supuesto, completamente falsa: un millón de muertes son, como poco, un millón de tragedias», apostilla el escritor. Es en ese contexto que hay que interpretar el relato sobre la muerte de Sally con que se abre y se cierra el nuevo libro de Amis. Aunque, inevitablemente, la pregunta está ahí...

«¿Qué es más conmovedor, la muerte de 10 millones de personas a las que nunca has conocido o la muerte de tu hermana?», se pregunta Harry Mount, crítico literario del Daily Telegraph, en el suplemento cultural de ese diario, retomando las palabras de Stalin. «Formular la pregunta es responderla: la tragedia personal siempre se impone al holocausto impersonal», agregaba. Y eso que, en la parte dedicada a narrar los horrores del régimen estalinista, Amis se muestra igualmente apasionado. No sólo al repasar la lista de atrocidades atribuidas a Stalin, sino también al denunciar la enorme irresponsabilidad cometida por los intelectuales occidentales al negarse a aceptar y a difundir la verdad sobre Koba. A saber: que el dictador soviético fue un monstruo de la misma talla que Hitler.

Amis
no se anda con miramientos, y no duda en reprochar a varios de sus colegas, amigos e incluso a su padre, el escritor Kingsley Amis, el silencio cómplice que mantuvieron ante los crímenes cometidos por Stalin. Porque aunque se recuerda a Kingsley Amis como un cascarrabias conservador, durante 12 años de su juventud fue fiel miembro del Partido Comunista. Y, como la práctica totalidad del planeta, prefirió mirar para otro lado cuando afloraron informaciones sobre la hambruna y las purgas orquestadas por el régimen estalinista. «Al mundo se le ofreció posibilidad de elegir entre dos realidades, y el joven Kingsley, como la mayoría de los intelectuales de todos lados, prefirió elegir la realidad equivocada», escribe el hijo.

Martin Amis
se queja de que, aún hoy, la dictadura estalinista goza de mejor reputación que el régimen nazi y pone por caso cómo nadie se atreve a hacer chistes sobre las monstruosidades cometidas por Hitler, mientras las bromas sobre despropósitos en la URSS están a la orden del día. El subtítulo «La risa y los 20 millones», alude a las carcajadas que todavía lanzan muchos a costa de los muertos de la dictadura estalinista.

En una carta al final del libro, como un colofón que dota de sentido a toda la obra, Amis entremezcla la reflexión histórica con la biografía familiar. Se dirige a su padre para encontrar respuesta al apoyo que dió durante tanto tiempo al estalinismo, tema central del libro, pero al mismo tiempo le da cuenta del fallecimiento de Sally, quien murió alcoholizada hace 2 años. Los detalles que revela Amis, la existencia de una hija que ésta dio en adopción a los 24 años y que reapareció en el funeral de su madre, aportan nuevas luces sobre la complicada familia del autor británico.

Martin Amis necesita entender por qué tantos intelectuales hicieron la vista gorda ante los deleznables crímenes estalinistas y para ello, en un intento de comprender la Historia reciente, invoca a su padre el influyente hombre de letras Kingsley Amis, que apoyó la causa durante 12 años y que no le dio las suficientes respuestas en vida.

«Tenías una ideología y yo no. Creíste durante 15 años en el comunismo soviético. No había ninguna justificación racional para ello. Pero puedo brindar algunas buenas excusas: culpabilidad de la clase media; 'insatisfacción general con las cosas tal como son' o un odio inusual al statu quo; un deseo de escandalizar el conservadorismo parental o paternal; y una sensación, no enteramente ilusoria, de estar participando directamente en los asuntos mundiales»
, reflexiona Amis.

El escritor asegura no reprochar a
Kingsley su credulidad. «No eras el único en creer», reconoce. Y recurre a uno de los trabajos de su padre, «Por qué el afortunado Jim se hizo de derecha», escrito a los 45 años, a la búsqueda de las razones de éste para «creer»: «Nos enfrentamos con un conflicto entre sentimiento e inteligencia, una forma de obstinado autoengaño en el que una parte de la mente sabe perfectamente que su creencia general es falsa o perversa, pero la necesidad emocional de creer es tan poderosa que el conocimiento se queda, por decirlo así, enquistado, aislado, impotente para influir en lo que se hace», recobra el párrafo y da vueltas a las ideas en él contenidas. «Pero ¿en qué se basa la necesidad emocional?», se pregunta el hijo, recurriendo a otro párrafo del mismo ensayo, aquel en el que Kingsley afirma: «El ideal de la fraternidad del hombre, la construcción de la Ciudad justa, es un ideal que no se puede desechar sin tener toda la vida un sentimiento de decepción y pérdida». Martin pone entonces el dedo en la llaga, refiriéndose a lo que denomina «una broma sobre la naturaleza humana: la absurda diligencia, la estrafalaria rapidez con que la utopía se torna distopía, con que el cielo se torna infierno... El 'conflicto' que se describe no es, al final, un conflicto entre 'sentimiento e inteligencia'. Es -cosa muy divertida-un conflicto entre esperanza y desesperación», le dice su padre.

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