18 de septiembre 2002 - 00:00
Martin Amis reabre heridas del genocidio estalinista
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Martin Amis
Amis no se anda con miramientos, y no duda en reprochar a varios de sus colegas, amigos e incluso a su padre, el escritor Kingsley Amis, el silencio cómplice que mantuvieron ante los crímenes cometidos por Stalin. Porque aunque se recuerda a Kingsley Amis como un cascarrabias conservador, durante 12 años de su juventud fue fiel miembro del Partido Comunista. Y, como la práctica totalidad del planeta, prefirió mirar para otro lado cuando afloraron informaciones sobre la hambruna y las purgas orquestadas por el régimen estalinista. «Al mundo se le ofreció posibilidad de elegir entre dos realidades, y el joven Kingsley, como la mayoría de los intelectuales de todos lados, prefirió elegir la realidad equivocada», escribe el hijo.
Martin Amis se queja de que, aún hoy, la dictadura estalinista goza de mejor reputación que el régimen nazi y pone por caso cómo nadie se atreve a hacer chistes sobre las monstruosidades cometidas por Hitler, mientras las bromas sobre despropósitos en la URSS están a la orden del día. El subtítulo «La risa y los 20 millones», alude a las carcajadas que todavía lanzan muchos a costa de los muertos de la dictadura estalinista.
Martin Amis necesita entender por qué tantos intelectuales hicieron la vista gorda ante los deleznables crímenes estalinistas y para ello, en un intento de comprender la Historia reciente, invoca a su padre el influyente hombre de letras Kingsley Amis, que apoyó la causa durante 12 años y que no le dio las suficientes respuestas en vida.
«Tenías una ideología y yo no. Creíste durante 15 años en el comunismo soviético. No había ninguna justificación racional para ello. Pero puedo brindar algunas buenas excusas: culpabilidad de la clase media; 'insatisfacción general con las cosas tal como son' o un odio inusual al statu quo; un deseo de escandalizar el conservadorismo parental o paternal; y una sensación, no enteramente ilusoria, de estar participando directamente en los asuntos mundiales», reflexiona Amis.
El escritor asegura no reprochar a Kingsley su credulidad. «No eras el único en creer», reconoce. Y recurre a uno de los trabajos de su padre, «Por qué el afortunado Jim se hizo de derecha», escrito a los 45 años, a la búsqueda de las razones de éste para «creer»: «Nos enfrentamos con un conflicto entre sentimiento e inteligencia, una forma de obstinado autoengaño en el que una parte de la mente sabe perfectamente que su creencia general es falsa o perversa, pero la necesidad emocional de creer es tan poderosa que el conocimiento se queda, por decirlo así, enquistado, aislado, impotente para influir en lo que se hace», recobra el párrafo y da vueltas a las ideas en él contenidas. «Pero ¿en qué se basa la necesidad emocional?», se pregunta el hijo, recurriendo a otro párrafo del mismo ensayo, aquel en el que Kingsley afirma: «El ideal de la fraternidad del hombre, la construcción de la Ciudad justa, es un ideal que no se puede desechar sin tener toda la vida un sentimiento de decepción y pérdida». Martin pone entonces el dedo en la llaga, refiriéndose a lo que denomina «una broma sobre la naturaleza humana: la absurda diligencia, la estrafalaria rapidez con que la utopía se torna distopía, con que el cielo se torna infierno... El 'conflicto' que se describe no es, al final, un conflicto entre 'sentimiento e inteligencia'. Es -cosa muy divertida-un conflicto entre esperanza y desesperación», le dice su padre.




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