"Me atrae la belleza física, pero no la de las revistas"

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Zadie Smith (Londres, 1975) se apodera de las entrevistas con la misma mezcla de magia, energía y belleza que ha conquistado la escena literaria mundial. Y no sólo literaria: según la revista «Time» es una de las cien personalidades «cuyo poder, talento o ejemplo moral está transformando la sociedad»; para «Granta» se trata de una de las mejores narradoras jóvenes inglesas. Su primera y consagratoria novela «Dientes blancos» fue publicada por una editorial argentina, la siguiente «El cazador de autógrafos» y la nueva, «Sobre la belleza», que acaba de aparecer en castellano, se editaron en España.

«Sobre la belleza» ganó el premio Orange, fue seleccionada una de las mejores novelas del 2005 por el «New York Times» y ha arrasado en las listas de los más vendidos en todo el mundo. 

Periodista: En sus novelas, «Dientes blancos» y «El cazador de autógrafos», las mujeres apenas existen, en cambio « Sobre la belleza» es un libro sobre las mujeres y las ventajas de ser mujer. Parce hablar de mujeres que buscan su propia identidad.

Zadie Smith: La gente siempre me dice que mis novelas son sobre la búsqueda de identidad. Pero eso no es lo que me interesa. El que algunos personajes busquen su identidad sólo les causa tristeza, no felicidad. Sería mucho mejor si cada uno viviera su vida a su manera. La gran transformación del siglo XX ha sido la liberación de la mujer. A comienzos de siglo, estas mujeres estaban a merced de algo que no podían controlar. Es una revolución que se ha llevado a cabo estos últimos sesenta años. Y otra cosa muy importante, todos estos chicos que han sido educados por estas mujeres, de los años 60 y 70, también son diferentes. Si me preguntan si animaría a una mujer de 1910 a casarse, le contestaría que no. ¡Escápate!, le diría. Pero las cosas han cambiado. Y esa transformación de la mujer aparece claramente reflejada en la novela.

P.: Los hombres en «Sobre la belleza» resultan patéticos y pretenciosos.

Z.S.: Algunos lo son, supongo. Hay hombres en la vida real que admiro, pero los de esta obra no son muy agradables.

P.: Si «Dientes blancos» se desarrollaba en un ambiente urbano, «Sobre la belleza» lo hace en un campus universitario americano. ¿Es resultado de su año lectivo en Harvard?

Z.S.: La universidad siempre ha estado presente en mi vida. O porque intentaba entrar en ella, o porque intentaba salir de ella. Mi única experiencia fuera de la escritura es la universidad. La universidad cambió el curso de mi vida. Siempre supe que escribiria una novela sobre un campus universitario. Y estoy contenta de haber realizado ese deseo a una edad temprana. Y ya no voy a escribir más sobre ello, aunque fue muy entretenido y las novelas sobre la vida universitaria brindan una gran oportunidad para la comedia.

P.:
¿Por eso ridiculiza la obsesión de las universidades por la teoría?

Z.S.: Me encanta la teoría, pero la buena. ¡No estoy, para nada, en contra de la teoría, sino de la mala teoría! De hecho, me deprimen los argumentos antiteóricos, me parecen pueriles, pero hay una gran diferencia entre leer a Derrida y leer a Howard en «Sobre la belleza». Howard no es un buen teórico, es un teórico de segunda mano. Crecí con la teoría y cuando estudiaba en la universidad formó muchas de mis ideas y aparece reflejado en mi propio trabajo como escritora. Por eso nunca he pretendido mantener una postura antiteórica. Solo quería sugerir que, a veces, las cosas que más nos gustan llegan a decaer, a gastarse al ser repetidas hasta la saciedad. Mucha de la teoría que me enseñaron durante mis años como estudiante no me sirvió para nada. Era una especie de metalenguaje que los profesores utilizaban para mantener su puesto, dar clase o escribir folios. Leer a Barthes o algún trabajo de Derrida, sobre todo de lo último que hizo, Julia Kristeva, esos son -para mí- los grandes escritores. Pero detrás de ellos surgen unos cincuenta imitadores que ni siquiera imitan bien.

P.:
Otro de los ejes de la novela es la belleza... En un mundo obsesionado por la perfección física, usted reivindica a las mujeres de Rembrandt, especialmente la de la mujer a la orilla del río, sin adornos, marcada por los hijos, la edad, y la experiencia: ¿qué es para usted la belleza?

Z.S.: Mi marido siempre dice que no puede andar por la calle y cruzarse con alguien que no tenga algo que le resulte de una gran belleza. Yo pienso lo mismo. Existen muchas maneras de ser bello. Me encanta la belleza física. Me considero muy fetichista en cuanto a la belleza física del hombre o la mujer. Sin embargo, me produce horror lo que ofrecen las revistas y los medios como concepto de la belleza. Pueden quedarse con sus rubias de bote plastificadas.La verdadera belleza nos pertenece. De hecho, a medida que envejezco, me considero más bella y estoy más contenta conmigo misma. Se es más natural.

P.: Da la impresión de que sus relatos son autobiográficos...

Z.S.: Pero no. Mi familia no puede ser más diferente de la de la novela. Una familia de clase media no puede diferenciarse más de la mía, de clase obrera, ineducada. Mi propósito en la novela es más el del voyeur. ¿Cómo sería la vida siendo estas personas? Es así como escribo y no extrayendo de mi experiencia personal. Siempre me ha interesado imaginar cómo viven los demás. Sobre todo las familias.

P.: En sus novelas explora con profundidad las relaciones entre padres e hijos. Sorprende que una chica joven como usted base sus novelas en las relaciones entre padres e hijos.

Z.S.: Para mí, y esto es una idea muy personal, los novelistas se dividen en dos categorías. La mitad están obsesionados con la relación romántica, con el enamoramiento. Nunca me ha interesado escribir sobre este tipo de relación, ya que todo depende de una elección. En la familia uno no elige. Un buen día uno se levanta bebé y se encuentra rodeado de personas que ni conoces y de las que no puedes escapar ( risas). Es divertido y a la vez sobrecogedor. Uno se levanta un día y tiene que vivir tu vida sin escapatoria. Me encantan las familias. Siempre me han interesado. Soy capaz de cruzar la calle por el simple gusto de seguir de cerca a una familia. Nunca me han interesado en absoluto los Romeos y Julietas.

P.: ¿Le preocupa que los críticos intelectualicen sus obras, que las desmonten para explicar lo que no tiene explicación?

Z.S.: Me divierte leer críticas ridículas que ni siquiera comprendo. Eso es justamente lo que yo solía hacer con los libros de otros. Pienso que estimula. Pero la verdad, lo que más me interesa son los lectores como individuos que tienen una experiencia con la novela. De ellos son las críticas que quiero escuchar. Acabo de hacer una gira por universidades en Estados Unidos y los estudiantes me explican a veces cosas sobre el libro que acaban convirtiéndose en revelaciones para mí.

P.: ¿Cuanto tiempo le llevó la escritura de «Sobre la belleza»?

Z.S.: Resulta muy divertido lo que tardo en escribir una novela... Al principio del libro me quedo bloqueada en las primeras 80 páginas una media de dos años. El resto, lo escribo a toda velocidad en unos cuatro meses. Lo más difícil es el principio, me puedo pasar dos años escribiendo una y otra vez las primeras 50 páginas, pero luego el proceso fluye y sé perfectamente lo que viene después. En total tardo tres años. Siempre son tres años.

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