1 de abril 2004 - 00:00

"Mi vida sin mí": un contenido melodrama

Sarah Polley
Sarah Polley
«Mi vida sin mí» (My life without me, España-Canadá, 2003, habl. en inglés). Guión y dir.: I. Coixet. Int.: S. Polley, A. Plummer, S. Peedman, M. de Medeiros.

El origen de esta historia es un cuento de la escritora sureña Nancy Kincaid, «Pretendiendo que la cama es una balsa», sobre una mujer que, enterada de los pocos meses que le quedan de vida, en vez de ponerse a llorar y ver cómo lloran los parientes, se dedica a dejarles bien ordenada la vida, y, ya que está, darse también unos gustos en vida, antes de que sea demasiado tarde. Todo, con el amable humorismo y las buenas maneras de las mujeres de su tierra.

Esto lo leyó la directora catalana Isabel Coixet («Cosas que nunca te dije»), pero lo leyó a su manera, más seria. Hizo una adaptación, y fue a pedirle unos dineros a Pedro Almodóvar, que enseguida quiso dirigirla. ¿Por qué no? Con ese material, y a esta altura de su vida, seguro que hubiera hecho un melodrama de los de antes, tipo «Amarga victoria», como corresponde. Pero se contuvo, y asumió otro rol, el de coproductor ejecutivo. Nada más, y en este caso no se puede agregar nada menos, porque no ha metido su mano para nada, ni siquiera para ponerle un poco más de sal a la peluquera que compone María de Medeiros y a la manicura segoviana que la acompaña.

Coixet
hace las cosas de otro modo. Melodrama, es cierto, pero contenido, siempre en medios tonos, de otoño canadiense, donde todo fluye de modo armónico, suave, hasta la desgracia, la incomunicación, y las melancólicas confesiones en horario de visita. Como en el cuento original, solo que acentuando una latente melancolía, la mujer no va a andar molestando a nadie con sus males. Más bien se busca un amante para ella, una buena vecina para que el marido no se quede tan solo con las hijas, visita al padre que está preso hace como diez años, y, cuanto mucho, deja grabados unos mensajes post-mortem. Nada más vemos.

Discreción emocional, entonces, pero también una intensidad que a esta desdichada le sale por los ojos, por la boca que se vuelca en besos sin decir una palabra de su propio dolor, y que el público, por eso mismo, va sintiendo de a poco, con una lágrima inasible de tan discreta y dulce.

Dejá tu comentario

Te puede interesar