10 de febrero 2005 - 00:00

"Million dollar baby"

Clint Eastwood y Hilary Swank en «Million Dollar Baby»: un vínculo de amor filial que va más allá de la relación entre preparador y discípula.
Clint Eastwood y Hilary Swank en «Million Dollar Baby»: un vínculo de amor filial que va más allá de la relación entre preparador y discípula.
«Million Dollar Baby» (id., EE.UU., 2004; habl. en inglés). Dir.: C. Eastwood. Int.: C. Eastwood, H. Swank, M. Freeman, J. Baruchel, M. Colter.

Desde «Carne y espíritu» a «El luchador», el boxeo, mucho más que cualquier otro deporte, inspiró a Hollywood películas inolvidables. «Million dollar baby», nueva realización de Clint Eastwood tras la formidable «Río místico», puede aspirar sin esfuerzos a esa condición. Si es arriesgado sostener, en el momento mismo de su estreno, que una película está hecha con la madera de los clásicos, al menos eso se siente al terminar de verla.

«Million dollar baby»,
título proveniente de una famosa canción de los años '30 que popularizó Bing Crosby (hablaba de una gran dama a la que un hombre conoce en un negocio de baratijas) no es, sin embargo, la arquetípica película de boxeo. Su espíritu, su delicado intimismo e, inclusive, su pudor, están mucho más cerca de «Los puentes de Madison» que, por ejemplo, de «La caída de un ídolo», y no sólo por el hecho de que quien se enfunda los guantes sea una mujer y no algún famoso y malogrado toro salvaje.

En realidad, el boxeo es sólo el medio, el pretexto del que se vale la historia para narrar una sólida y emotiva relación entre padre e hija, relación tan fugaz como accidentada, que se transmuta en las figuras del viejo entrenador (un luminoso Eastwood) y la luchadora inexperta pero de golpe certero (Hilary Swank). Esa relación está triangulada en el personaje del mejor amigo del entrenador, un ex boxeador (Morgan Freeman) que representa mucho más que el llamado a la realidad cuando advierte, en ellos, obstinaciones y conductas que amenazan con extraviarlos de las puras metas profesionales.

• Carencias

En «Million Dollar Baby» a todos les falta obtener algo y todos han perdido algo. Sin embargo, no es una película de perdedores. Entre ellos, advirtiéndolo o no, suplen como pueden sus carencias: Eastwood a su propia hija, Swank a su padre y su frustrado pasado, que retorna periódicamente de diferentes maneras, y está presente en la forma de una familia despreciable y egoísta.

Freeman
no sólo ha perdido un ojo en un combate, sino que le falta alcanzar el fin que siempre se propuso, llegar a la pelea número 110. Comparte la propiedad del derruido gimnasio con Eastwood, de donde sabe que muy difícilmente, sobre todo por las características de su casi anciano socio (entregado ahora al aprendizaje del irlandés y a cuestionar cotidianamente al párroco zonal) pueda surgir alguna vez un campeón del mundo.

Para todos, también, el tiempo parece haberse agotado, empezando por la muchacha, que trabaja como moza y que se proponeiniciar su carrera en el ring con 31 años cumplidos y llena de entusiasmo. «¿Acaso podrías empezar a estudiar ballet a tu edad?», la decepciona Eastwood de entrada, que no quiere saber nada con entrenarla y que ha sustituido todo entusiasmo por la pacífica lectura de los poemas de Yeats y el lemon pie. «Pues con mucha menos razón podrías hacerlo en este deporte de hombres. Ya estás terminada».

Narrada en off por el propio Freeman, un relato que concluirá de manera magistral cuando se conozca el destinatario de esa relación de los hechos que, como se sabe desde un primer momento, son pasado, « Million dollar baby» no responde tampoco a la elemental filosofía del voluntarismo norteamericano,al «tú lo puedes» que cimenta tantas fantasías. Es un film muy inteligente como para permitirse algo así.

Si bien sus personajes logran cumplir con muchos de los fines que se habían propuesto, y en algunos casos más allá de lo esperable, no sólo el desenlace fatalista desmiente aquella remanida fe (hay que advertirlo: el film es negro y triste, aunque no pesimista) sino que las ambiciones de los protagonistas están comprometidas con su propia paz interior antes que con los triunfos terrenales. La arraigada religiosidad de
Eastwood, más manifiesta aquí que nunca antes en su admirable carrera como realizador, es el sostén de una de sus mejores películas, si no la mejor.

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