17 de noviembre 2008 - 00:00

Minogue: robótico show de una tecno-estrella

Todas lascanciones deKylie Minogue,aun cuando setrate de unclásico como«Copacabana»,están en unfurioso compásde cuatrotiempos yparecen lamisma.
Todas las canciones de Kylie Minogue, aun cuando se trate de un clásico como «Copacabana», están en un furioso compás de cuatro tiempos y parecen la misma.
Presentación de «X». Actuación de Kylie Minogue. (Estadio GEBA; 15 de noviembre).

Aunque tiene algunos puntos de contacto (y diez años menos), Kylie Minogue no es Madonna. Sin embargo, algunos quisieron ver a la cantante australiana como la continuadora de la reina del pop. La comparación termina perjudicando a esta bella intérprete, habitué de tapas de revistas de moda y «del corazón».

Minogue había estado en Buenos Aires el año pasado para aprender a bailar el tango. Esta vez vino para presentar las canciones de su último disco «X», además de hacer escuchar al público argentino varios de los hits de su carrera.

Idolatrada por la comunidad gay internacional a la que convoca en cantidades -también en Buenos Aires-, Kylie Minogue es, sin dudas, una artista de este tiempo. No se la podría imaginar sin la tecnología más avanzada, sin la sabiduría que ha adquirido el marketing en el terreno del espectáculo, sin una estética que apunta a lo visual más que a las profundidades.

No interesa tanto lo que canta porque todas las canciones -aun cuando se trate de un clásico como «Copacabana»- están en un furioso compás de cuatro tiempos, lanzado y sostenido desde las máquinas, que no se altera en todo el transcurso del show, como si, en definitiva, se tratara de un único tema.

Así, las canciones se suceden. Minogue cambia muchas veces su vestuario, desde el más psicodélico al más sexy o el más aniñado. Recorre el escenario rodeada de bailarines que pueden parecer robots, seres de otro planeta o marineros seductores. La acompaña una banda profesional en la que conviven sonidos electrónicos y acústicos, aunque nunca hay manera de descubrir de qué se trata. Las imágenes -figurativas o no- se constituyen en una escenografía gigante y omnipresente. Todo está en su lugar y ocurre con precisión de relojería. De tan organizado y mecanizado, el show se hace algo frío, impersonal; aunque parece una estética buscada (y aceptada por una multitud que siempre la respalda). Y la cantante sostiene su presencia con el mismo profesionalismo, sin salirse del libreto salvo para algunas pequeñas referencias a Buenos Aires e intentar unas pocas palabras en castellano.

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