28 de junio 2007 - 00:00

Mintz prestigió más ciclo de violinistas

Shlomo Mintzofreció dosconciertos enel Templo de laComunidadAmijai, uno deellos para elciclo «Grandesvirtuosos delviolín», enestupendo dúocon el pianistaPeter Jirikovskyy una SinfónicaNacional cadavez másdeslucida.
Shlomo Mintz ofreció dos conciertos en el Templo de la Comunidad Amijai, uno de ellos para el ciclo «Grandes virtuosos del violín», en estupendo dúo con el pianista Peter Jirikovsky y una Sinfónica Nacional cada vez más deslucida.
Shlomo Mintz (violín) y Peter Jirikovsky (piano). Obras de Beethoven, Schubert, Ravel y Sarasate. Sinfónica Nacional. Dir. P. I. Calderón. Obras de Beethoven y Bruch. (Templo de la Comunidad Amijai.)

El templo de la comunidad Amijai se ha transformado en una reconocida sala de conciertos. Por estos días presentó a Shlomo Mintz, uno de los más trascendentes violinistas de la actualidad. El músico nacido en Moscú en 1957 y educado en Israel, ofreció dos conciertos. El primero de ellos integrando el abono extraordinario «Grandes virtuosos del violín» en el que ya tocó Gidón Kremer al comienzo de la temporada, y que cerrará en agosto otro gran instrumentista: Pinchas Zukerman; todos artistas exclusivos de Amijai. El primer recital de Shlomo Mintz fue junto al pianista checo Peter Jirikovsky y ambos brindaron una lección de cómo debe estructurarse e interpretarse un concierto de cámara. Impetuosos se los oyó a estos artistas en la Sonata N° 8, en Sol Mayor, Op. 30 N° 3, de Beethoven y sutiles en la Sonatina N° 2 (La menor), de Schubert. La plenitud técnica y virtuosa de Mintz, su musicalidad y su potencia expresiva se alían a la clara digitación de Jirikovsky, también siempre buceando como Mintz en la hondura de las obras.

En la segunda parte hubo una energética versión de la rapsodia de concierto «Tzigane», de Ravel, de impresionante brillo de ejecución, algo que más tarde se prolongó en esos fuegos de artificio que significan las piezas de Pablo de Sarasate. La «Fantasía sobre Carmen de Bizet» así como las danzas españolas «Habanera» y «Zapateado», fueron un testimonio muy claro y contundente de la solvencia de ambos músicos.

La «Introducción y rondó caprichoso» de Camille Saint-Saens fue el bis con que Mintz y Jirikovsky premiaron los insistentes los aplausos del público que colmó la sala.

Por su parte, la Orquesta Sinfónica Nacional no está pasando un buen momento. No actúa como tal sino como «Integrantes de la O.S.N.» y al no desarrollar una temporada regular de concierto y siendo víctimas de una situación conflictiva que no termina de resolverse, su rendimiento se ve resentido en calidad. Así fue en «Coriolano», la Sinfonía N° 2 y la Romanza N° 2, de Beethoven). Pero, aún así, el organismo dirigido por Pedro Ignacio Calderón tuvo un muy buen desempeño en el Concierto N° 1 (Sol menor, Op. 26), de Max Bruch, para el cual Shlomo Mintz aportó su excepcional arte como solista, integrado felizmente con la densidad instrumental de la orquesta.

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