«Cosas de hombres» («Roger Dodger», Estados Unidos, 2002; hablada en inglés). Dir.: D. Kidd. Int.: C. Scott, I. Rossellini, J. Eisenberg, J. Beals, E. Berkley.
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El neoyorquino Roger Swanson (Campbell Scott) podría ser un personaje extraído de la arquetípica galería porteña. Cuarentón, soberbio, soltero empedernido, mordaz, vanidoso, seductor agresivo, desde muy joven se ganó el apelativo de «dodger», cuya traducción más aproximada sería, en su caso, la de «habilidoso para zafar de cualquier problema mediante la sanata».
Roger habla, y mucho. No hay tema que escape a su capacidad de improvisación, sobre todo si de conductas sexuales se trata. Publicitario de profesión, sostiene que su único fin en la vida es hacer sentir a la gente un poquito más infeliz, porque sólo de esa manera se le puede vender un producto que no necesita. También así se vende él. Sin embargo, hay un rasgo que diferencia a Roger de la tipología porteña clásica: no es melancólico, condición que le permite destruirse a sí mismo sin hacer escalas en la autocompasión.
El film del debutante Dylan Kidd es una biografía casi verbal de este sujeto. De tal manera, su puesta en imágenes no es más que un trámite práctico para que Roger, y el resto de los personajes, digan sus líneas de texto. Es una película que podría leerse, en lugar de verse, y lo sustancial no se perdería (algo que no suena demasiado halagüeño para el arte cinematográfico como tal). Por momentos es interesante, en otros hasta divertida, aunque también tiene sus momentos francamente abrumadores.
La anécdota, nimia, reúne a Roger con su sobrino Nick, que viene a la gran ciudad a pasar unos días a su lado. Tiene 16 años, es virgen, y quiere que su tío lo ayude a iniciarse con las mujeres. Como se adivina, la misma crueldad que Roger aplica consigo mismo la trasladará a Nick. Su ayuda en la iniciación no tarda en convertirse en un claustrofóbico ejercicio de humillación y crueldad.
Interesa bastante poco descubrir que, en el fondo, la actitud de Roger puede nacer de su propia desprotección, o de su incapacidad para establecer una relación más o menos duradera (su jefa en la agencia, Isabella Rossellini, acaba de cortar con él). Y si interesa poco es por dos cosas: primero, porque es obvio, y segundo porque personajes tan poco simpáticos como el suyo no suelen despertar mayor interés en la elucidación de sus conductas. Sobreviven, como modesta recompensa al espectador, algunas de sus líneas ingeniosas.
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