«Fabricando Sueños II». Actuación de El Choque Urbano. Con C. Kseiri, L. Rosso, M.C. Gambetta, L. Rivarola, S. Abliin, A. González y elenco. (Paseo La Plaza, de viernes a domingos.)
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Con los escasos recursos económicos del subdesarrollo pero con un profesionalismo que no tiene nada que envidiar al primer mundo, El Choque Urbano es de las mejores cosas que ha sucedido en el espectáculo argentino de los últimos tiempos. El planteo no es original y tiene, por supuesto, sus antecedentes internacionales prestigiosos, por caso, Stomp o Mayumaná; ambos conocidos por aquí. Pero El Choque ha sabido darle a su propuesta un color local, y a la enorme eficiencia técnica, le ha sumado frescura y mucho humor. Puede asociarse lo que hacen -en este caso, se trata de una versión remozada de un espectáculo que hicieron el año pasado en otro teatro-con el teatro y con la danza. Pero el eje está en lo que se oye y lo que se ve, puesto que prácticamente no hay palabras y, en ningún caso, textos con sentido. El Choque suena muy bien. Con elementos insólitos -bolsitas de nylon de supermercado, pelotas de básquet, latas de gaseosas, cacerolas y sartenes de todo tipo, tachos de pintura o de aceite, timbres, tubos de PVC, etc.- sus integrantes nunca dejan de hacer música: malambos, tangos, chacareras, géneros brasileños y centroamericanos. Siempre sorprenden por la justeza de sus toques y por la calidad sonora que logran desprender de objetos no pensados originalmente para esos fines; pero sin dudas, el punto máximo llega con el fragmento de «Libertango» de Piazzolla interpretado en un heterodoxo órgano de tubos. Pero, todo esto se disfruta debidamente, al ver con qué logran esos sonidos y el impresionante despliegue escenográfico que hasta incluye un simpático hombre-instrumento en triciclo del que, por supuesto, también sale música.
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