18 de julio 2006 - 00:00
Muestra en Madrid del excelente Manolo Valdés
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La retrospectiva de Manolo Valdés, en el Museo Reina Sofía, abarca 25 años del artista
valenciano que, en 1988, trajo al Museo de Bellas Artes sus inconfundibles esculturas en
madera.
Sin embargo, sus personalísimas esculturas no ocupan el lugar capital de sus óleos. El mismo lo ha dicho: «Tengo ya tal deformación que lo veo todo a través de las imágenes de la pintura. A mí me gusta la gente si se parece a un cuadro que he visto, ya acabo viéndolo todo con esa deformación. Con la serie de la lluvia, que hice en Valencia, pasé veinte o veinticinco días. Había llovido pero nunca miré la lluvia».
Valdés ha declarado, por eso, que su trabajo es observar. En la calle: gentes, vidrieras, edificios. También en las galerías, en los libros de arte y en los museos. En 1989 se trasladó a Nueva York, en las cercanías del Metropolitan, que no ha dejado de visitar cotidianamente, como lo hacía en España con el Prado. En el año 2000, regresa a España y alterna sus estancias en Madrid y Nueva York. En contacto con los artistas de la gran manzana amplió el tamaño de sus obras y retornó a las imágenes de los mass media.
«Al igual que la literatura viene de la literatura, la pintura viene de la pintura» señaló. «Mi labor se inspira siempre en obras que me gustan. Mejor dicho, vivo a través de ellas. Cuando observo las caras de la gente y sus perfiles, pienso en cuadros. Si me como una manzana, pienso en Cézanne. Si compro flores, elijo girasoles porque acabo de ver a van Gogh en el Metropolitan». La pintura es para él, como escribía Charles Baudelaire, -el gran poeta y crítico de arte vigente por más de cien años-, una continuidad ininterrumpida, es heredero y, a la vez, acuña legados. Un estudioso se ha referido a que su obra es «un arte de la apropiación». «La pintura sale de la propia pintura», resume Valdés.
De ahí que, cuando acude a Velázquez o Zurbarán, a Tiziano o Rembrandt, a Ribera o Goya, a Picasso o Mondrián, no haga Valdés ni citas, ni imitaciones ni copias sino su propia obra. Realizó reinterpretaciones singulares y audaces, de telas de pintores célebres, como si las completara por su cuenta. Esos maestros son «un pretexto», según Valdés (el término latino procede del verbo que significa «poner delante»). Pero el artista, ahora, es él. Así, nadie confunde a Valdés con sus fuentes, porque éstas dejan de serlo apenas aplica la espesa materia sobre la tela y se lanza a una tarea creativa y también creadora.
Valdés ha comentado con cierta ironía que en Italia le dicen que su pintura matérica recuerda a la de Alberto Burri; en Francia, a la Jean Dubuffet, y en España, a la de Antoni Tàpies, Antonio Saura o Manuel Millares. «No sé, yo no me doy cuenta -replica Valdés-. La verdad es que no hago estrategia cuando pinto. Uno evoluciona hacia lo que le pide el corazón o lo que quieras, el conocimiento. Tampoco sé hacia dónde voy, si terminaré haciendo pinturaplana». En una entrevista relató cómo elabora sus óleos -su «pastorrón», como él lo llama-, alista sus soportes y boceta sus imágenes. Sin embargo, el largo proceso de pintar no es una respuesta automática a lo que ha concebido. Su obra empieza exactamente cuando él comienza a hacerla, por más proyectos que tenga esbozados con anterioridad.
«Siendo, a la vez que artista, un admirador del arte moderno y de la cultura popular, la naturaleza interna de Valdés lo ha empujado a jugar con sus materiales, a unir imágenes y recuerdos con una libertad singular.», escribió el curador Dan Cameron.


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