(07/03/02) Fueron incinerados ayer los restos de Antonio Ottone, querida figura del cine nacional y circunstancial director del INCAA, que desde años atrás venía luchando contra un cáncer de páncreas. Entre sus películas se destacan «Casi no nos dimos cuenta» (historia sentimental de una parejita de barrio), «Flores robadas en los jardines de Quilmes» (que le granjeó una amistad de años con Jorge Asís), y «Los amores de Laurita», sobre la novela de Ana María Shua.
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Forjado en la Escuela de Cine de la Universidad de La Plata, Antonio Ottone fue sucesivamente fotógrafo, cortometrajista, jefe de producción (se lo apreció especialmente en «Sentimental-Réquiem para un amigo», de Sergio Renán), profesor e impulsor de cooperativas de trabajo.
Hoy muchos jóvenes cineastas recurren al sistema cooperativo. Pero a comienzos de los '80, cuando Ottone empezó a aplicarlo, tanto sindicalistas como productores prácticamente lo excomulgaron. Sin embargo, abrió camino.
Aunque ninguna de aquellas obras -de muy bajo costo, y abundantes desnudos- podrá ser recordada como enteramente buena, todas recuperaron su inversión, todo el mundo cobró hasta el último centavo, y, algo a destacar, ninguna usufructuó dineros públicos. También por esa razón en 1994, el entonces Secretario de Cultura Asís, lo puso al frente del INCAA. Desde allí, sereno, pausado, puso en marcha la actual Ley de Cine.
En 1995, de vuelta al llano, empezó otra etapa, con películas para niños, pero también empezó su enfermedad. Católico, su obra final, hecha en memoria de su amigo Alberto Fischerman, se llamó «Un amor en Moisesville», protagonizada por Víctor Laplace.
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