Dicen que el sol y la muerte no se pueden mirar de frente, pero el talentoso fotógrafo argentino Alejandro Kuropatwa, que ayer murió víctima del sida a los 46 años, estuvo durante casi dos décadas espiando la muerte, mirándola de reojo, aunque nunca abandonó su trabajo. Si bien cuando le diagnosticaron el mal en 1987 sus esperanzas de sobrevivir eran escasas, con el descubrimiento de las drogas AZT recuperó su salud, situación que se reflejó en su obra. Así, sus melancólicas tomas en blanco y negro fueron mudando a un color restallante.
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La muestra «Cóctel» realizada en 1996 en la galería Ruth Benzacar significó una auténtica celebración. Los protagonistas de esa exhibición fueron las cápsulas, los brillantes blisters vacíos, el dosificador, las grageas azul cobalto, en fin, la batería de medicamentos que prolongarían su vida. Las fotografías estaban montadas sobre aluminios y envueltas en plásticos, remedando el packaging de las drogas.
En un autorretato de neto corte autobiográfico, se lo veía comulgando con la medicación como si fuera una hostia, tomando su dosis diaria de salud en cuotas. Una impactante fotografía reflejaba el tono emotivo de la exhibición: una rosa erguida coronada por una cápsula, signo emblemático y victorioso aunque perecedero a la vez, que representa la soberanía de la vida sobre la muerte.
Estupendo retratista, para él posaron desde Luciano Pavaroti hasta María Luisa Bemberg o Esmeralda Almonacid, su estilo fue dúctil y flexible, oscilaba entre el drama, la nostalgia y el humor, reflejaba su sensibilidad exacerbada y una personalidad llena de contrastes. Ganó fama con memorables retratos femeninos, mujeres glamorosas mayormente que, en todos los casos, suscitaron su admiración. Su lente lograba atrapar con ironía y sin sutilezas sus más marcados rasgos psicológicos.
• Más que retratos
«A Petra de Montigny la conocí en Punta del Este y me fascinó, no podía dejar de fotografiarla -contaba el artista, agregando un detalle de ese encuentro que lo pinta de cuerpo entero-. Después de haber bebido una cantidad respetable de champagne se sentó al piano y cantó Lily Marlene en alemán, sin cometer ni un sólo desliz. Yo no sabía cómo decirle lo maravillosa que me parecía, no encontraba palabras suficientemente elogiosas. Entonces fui, corté un enorme ramo de hortencias que había en la casa del vecino y se las arrojé a sus pies». «La peluquería», una instalación presentada en la primera Bienal de Arte de Buenos Aires, mostraba de su delirante creatividad.
Deudor de la foto publicitaria, una de sus últimas muestras, la dedicó al maquillaje y con maestría enfrentó la belleza de los rostros lava-dos a esa realidad ficticia y de utilería.
Nacido en Buenos Aires en 1956, estudió con Jorge Demirjián y Oscar Smoje. Su brillante carrera despuntó en 1976 con una muestra en la galería Lirolay y al año siguiente con la mención honorífica a «Los Nuevos Valores de Grabado». En 1978 se instaló durante casi una década en Nueva York, donde obtuvo el Master of Fine Arts en fotografía.
Luego de viajar a Europa, trabajó en Harpers Bazaar y realizó una serie de fotos de estancias argentinas. En 1985 regresó a Buenos Aires e instaló su estudio en un viejo y amplio departamento del barrio de Congreso donde nunca faltaba un enorme ramo de calas, su flor favorita.
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