Morricone fue un gigante de la música para el cine

Espectáculos

El maestro italiano tenía 91 años. Hizo la banda sonora de más de 500 obras.

A causa de un golpe sufrido días atrás en su casa de Roma, murió ayer el maestro Ennio Morricone. Venerado por colegas y públicos de todo el mundo, tenía 91 años, 65 como intérprete, arreglador y compositor, más de 520 creaciones para cine, TV y música ligera, 70 millones de discos vendidos, un centenar de premios y, más que nada, una esposa, María, que lo acompañó siempre y le dio cuatro hijos, uno de los cuales sigue su huella.

Romano, hijo de un trompetista y una pequeña empresaria textil, a los 12 años, viendo “Fantasía”, de Disney, supo lo que es una banda sonora y quiso estudiar música en serio. A los 22 conoció a quien sería su esposa. Luego fue el arreglador indispensable de “Ciribiribin”, “Guarda come dondolo”, “Abbronzatissima” y muchas otras canciones populares (“algunas justamente olvidadas”, bromeaba). En 1962 empezó a componer para cine. Y desde 1963 fue uno de los puntales del western-spaghetti. “Llega un sonido que no esperas y te hace ver otro mundo”, afirmó, e impuso mundialmente la banda sonora de las películas de Sergio Leone, su compañero de la escuela primaria. Él trabajó por igual para autores populares y refinados, entre ellos Tessari, Pontecorvo, Don Siegel, Pasolini, Bellocchio, Argento, Bolognini, Montaldo, los Taviani, Petri, Terrence Malik, Bertolucci, Polanski, Tarantino y muchos más.

Memorables, entre otras, sus creaciones para “La batalla de Argelia”, “El bueno, el malo y el feo”, “Sacco y Vanzetti”, “La clase obrera va al paraíso”, “Novecento”, “La misión”, “Cinema Paradiso”, “Los intocables”, “Kill Bill”, todas variadas. “Yo todavía compongo, no me repito”, sostuvo hace apenas un mes, mientras terminaba un nuevo trabajo. Por sus obras recibió el León de Oro a la Trayectoria, tres Grammy, cuatro Globos de Oro, seis Bafta, diez David di Donatello, once Nastri d’Argento, la Medalla de Oro del Pontificado, entregada por el papa Francisco, y muchos otros premios, a todos los cuales daba una importancia relativa.

La Academia de Hollywood le concedió dos Oscar tardíos: uno, en 2006, a la trayectoria (la forma diplomática de subsanar omisiones), y en 2016 el de Mejor Banda de Sonido por “Los 8 más odiados”, de Quentin Tarantino, que si bien es una buena partitura está a enorme distancia de sus clásicos con Sergio Leone, por ejemplo. Algunos dicen que no le perdonaron que no hubiera querido radicarse en Los Angeles, como tantas veces le ofrecieron, y preferir Roma. El año pasado hizo su última gira de conciertos por Europa, rechazando extenderse a EE.UU. porque no le gustaba viajar.

Apenas se supo de su muerte, llegaron las condolencias de las altas autoridades de Italia, la Unión Europea y hasta de los reyes de España (en octubre iba a recibir el Princesa de Asturias junto a su amigo John Williams). Atenta a sus deseos, la familia anunció que los funerales se harían en forma privada, “respetando el sentimiento de humildad que siempre ha inspirado su existencia”. Ya una vez le preguntaron qué música querría para sus funerales. “Solo silencio”, respondió.

Hace sólo cuatro meses, Giuseppe Tornatore terminó su documental “Ennio, el maestro”. Quizás escuchemos allí, nuevamente, no solo su música, sino también algunas de sus frases más reveladoras: “No hay música importante sin un gran film que la inspire”. “Soy de veras antipático. Me esfuerzo, me estampo en la cara una mueca de sonrisa, porque hay que ser agradable”. “Una buena música no salva una mala película, pero si la película es buena, una mala música no la arruina del todo”. “Debo mucho a Mahler y Stravinsky, he compuesto también lo que muchos llaman música culta, y yo llamo música absoluta”, “Soy romano pero no mujeriego”. “Soy católico, quizá porque mi madre me enseñó a rezar el rosario durante la guerra y porque Cristo me sigue conmoviendo”.

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