27 de septiembre 2002 - 00:00

Ni para creyentes ni para los ateos

Pasta Dioguardi
Pasta Dioguardi
«Las aventuras de Dios» (id. Argentina, 2000; habl. en español). Dir.: E. Subiela. Int.: P. Dioguardi, F. Sabatella, D. Freire y otros.

M enos comprensible que la realización de esta película es su estreno, resistido durante dos largos años por exhibidores sensatos. Pero, se estrenó. Y ese es el mayor enigma de «Las aventuras de Dios», una película que convierte a esos videos de casamientos, cumpleaños o vacaciones a los que a veces nos obliga algún familiar en obras maestras del entretenimiento.

Pretendidamente «surrealista» (movimiento que se agotó en su propia formulación: ¡ay cuando se vuelve a él como escudo para este tipo de dislates!), la película aglutina, sobre un libro imperdonable, imágenes desarticuladas de un hombre que vaga por un hotel de pasajeros.

Ese hombre, interpretado por el actor Pasta Dioguardi (semblante que recuerda a José Sacristán y Gino Renni juntos) grita, llora, se come a su madre y la vomita, mata a su psicoanalista y a su jefe de personal, conoce a una mujer que se embaraza con sólo escuchar a Mozart o Piazzolla, se pone la corona de Cristo y después lo lleva en coche mientras huye de los parapoliciales; en fin, detallar todo lo que se ve sería hostil hacia el lector. Y lo peor es que ni siquiera es surrealista: por ejemplo, hay mensajes que condenan la falta de solidaridad, lo que transforma a «Las aventuras de Dios» en freudianamente progre.

Como enseñó el profesor vienés, en el inconsciente no residen los buenos sentimientos. Mientras el bueno de Pasta da vueltas por los meandros de su mente y el hotel, también ocurren pequeños sketches: Ana María Giunta se busca y no se encuentra, María Concepción César va a parir a José María Gutiérrez, y Lalo Mir le dice a una señorita que él usa las corbatas colgadas en el esternón. Pero a la cabeza del top ten relumbra este diálogo entre un hombre amargado y un sacerdote: «Padre, estoy enfermo». «¿De sida?» «No, de tristeza». «Mastúrbese, yo sé por qué se lo digo».

A veces, la tristeza mueve a filmar ciertas películas, sin escuchar algunos sanos consejos.

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