Toni Bui es un joven director de origen vietnamita que vive en California desde que tenía dos años. A los 19, hizo una breve visita a su país natal, y confiesa que lo odió: «A las cinco horas deseé 'volver a casa'» (los EE.UU.). Pero regresó a los tres meses y, ahí sí, desarrolló «una auténtica pasión por Vietnam», que dio origen a «Las tres estaciones», su debut como guionista y realizador. Acaso como consecuencia de esa contradicción, le salió un híbrido que, aunque hablado en vietnamita, en sus peores momentos, parece una de esas producciones de Hallmark sobre culturas exóticas para consumo masivo y, en los mejores, tiene algo de cuento oriental con lenguaje poético y fondo moralizante.
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Para mostrar el Vietnam actual con sus costumbres arrasadas por el avance de Occidente, Bui ambienta en Ho Chi Minh -ex Saigón-varias historias de gente marginada, salvo la del ex marine que busca a su hija bastarda «para hacer las paces con los errores del pasado» (el siempre bien dispuesto Harvey Keitel, aquí también productor ejecutivo). Además de ser la menos verosímil en un conjunto ya improbable, esta parte resulta bastante burda como intento de tender un manto de comprensión sobre ese «pasado» que, por cierto, nunca se nombra.
El film abre con una situación como detenida en el tiempo: una nueva empleada llega a la plan-tación de loto de un hombre al que, le advierten, nunca conocerá porque vive encerrado desde hace mucho tiempo en un templo. Pero ella logra verlo; prime-ro, respondiendo a su llamado y, después, desafiando expresas prohibiciones. La intemporalidad de este fragmento permite que se acepten sus convenciones y el recargado lirismo de los diálogos que -ocurre a lo largo de toda la película-nunca sabremos si son así o los empeora el subtitulado.
No se puede decir lo mismo de las otras historias que se entrecruzan de la siguiente mane-ra: un «ciclotaxista» que pasea extranjeros desentendidos de que están siendo transportados a tracción de sangre se enamora de una prostituta que frecuenta grandes y modernos hoteles, mientras alguien despoja a un niño que recorre las calles a toda hora vendiendo cigarrillos y baratijas. Un melodrama hecho y derecho, lo que no estaría mal si lo que pasa no fuera tan previsible.
Es que a Bui no lo conforman ni la literalidad de su argumento ni las bellas y expresivas imágenes de la directora de fotografía norteamericana Liza Rinzler. El necesita explicarse hasta que -igual que las flores de loto que prefieren los vietnamitas colonizados de hoy, según le hace decir a uno de los personajes-su película termina por ser de plástico.
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