Hayden Christensen como Stephen Glass en «El fabulador», una película que desgraciadamente no podrá verse en los cines (sólo saldrá en video).
Por decisión comercial de las filiales locales de los estudios de Hollywood, año tras año una gran cantidad de películas no llega a los cines y, en el mejor de los casos, va directamente a video. Si bien esta política le ahorra al espectador, ciertas veces, algunos malos tragos como «Gigli», la película que hundió las carreras de Jennifer Lopez y Ben Affleck, o «Insólito destino», la bochornosa remake que hicieron Madonna y su marido Guy Ritchie de la película de Lina Wertmüller, cuesta entender en cambio qué razones manejan los programadores para bajarle el dedo a otras. «El fabulador», por ejemplo, corrió inexplicablemente esa misma suerte. Basada en la historia real de Stephen Glass, el primero de los dos periodistas que burló, con investigaciones y notas fraudulentas, la credibilidad de importantes medios de prensa de los Estados Unidos (su caso ocurrió en «The New Republic» de Washington, el segundo fue el de Jayson Blair en «The New York Times»), este film no sólo es la apasionante crónica de aquellos episodios sino también un sólido drama de suspenso y el acertado retrato de una personalidad escindida, la del mentiroso patológico.
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¿Rechazado por falta de actores reconocidos?, ¿por suponerse, tal vez, que sólo los periodistas se interesarían en el tema? (criterio que también haría inestrenable «Taxi Driver» si se pensara que sólo los taxistas irían a verla), «El fabulador» reconstruye el apogeo y caída de un notero «estrella» de 24 años, con más vocación por la literatura que por las crónicas sujetas a la muchas veces aburrida realidad. Glass (interpretado por Hayden Christensen, el Anakin Skywalker de «La guerra de las galaxias») era un fantasioso incontinente y un showman espectacular. En las reuniones de redacción fue siempre el centro magnético: cuando «vendía» una nota también la actuaba; sus relatos eran cautivantes y fascinaba a su auditorio. Lógicamente, frustraba a quien le tocara hablar a continuación, haciéndolo sentir un cronista sin vuelo ni capacidad de descubrir dónde estaba la atracción. Su primer jefe (Hank Azaria) lo apoyaba en todo, pese a sus recónditos temores de que algo de lo que escribiera no se ajustara a la verdad. Con el segundo jefe, rival suyo, comenzaron los problemas (la película explota bien ese enfrentamiento).
Cuesta creer que en una redaccióncomo la de «The New Republic», revista política de cabecera en la Casa Blanca, bautizada «la publicación de vuelo del avión presidencial», donde había y hay puestos asignados exclusivamente a chequear todas las fuentes, Glass fuera capaz de publicar más de dos docenas de notas que surgieron únicamente de su imaginación. Pero así fue.
Su desenmascaramiento se produjo de la manera más absurda, considerando que en notas previas a la de su caída atacó, por ejemplo, al Partido Republicano, con los presuntos entretelones de una convención en la que habían existido orgías con prostitutas especialmente llevadas al hotel donde se celebró, alcohol por el piso, etc. La tibia protesta de los acusados, en ese caso, fue llamar a la revista para decir que la prueba de la falsedad era que en ese hotel no había minibares. Glass sólo admitió que, en el apuro, presumió su existencia, pero que en realidad las bebidas vinieron de afuera.
Un oscuro redactor de un website de Internet fue quien derrumbó al fabulador. Cuando Glass publicó una nueva nota sobre un supuesto hacker de 17 años que puso en apuros a un gigante de la electrónica, la Jukt Micronomics, que terminó empleándolo como asesor, este redactor no hizo más que chequear en el buscador de Yahoo la existencia de tal empresa, para descubrir que no existía. ¿A nadie se le ocurrió eso antes? Evidentemente, no. Y eso no ocurre en la imaginación de un guionista de Hollywood sino en la realidad de la prensa en Washington.
Ese oscuro redactor de Internet, con quien el nuevo jefe de Glass intentó pactar para que el descrédito de «The New Republic» no fuera tan brutal (no lo logró), aceleró su despido aunque no su sinceramiento: el fabulador, es su naturaleza, puede traspirar, sufrir interminablemente, rogar entendimiento (su frase de cabecera era: «¿Estás enojado conmigo?»), pero jamás reconocer ante sus superiores lo que hizo.
Acaso, publicar un libro autobiográfico y convertirse otra vez en estrella. Es en ese libro, «Shattered Glass» (juego de palabras con su apellido, y que significa «vidrio rajado») en el que se basa esta película que produjo Tom Cruise, un actor que se la pasa haciéndole juicios a los diarios cuando supone que se lo ha difamado, y que mucho debe haber gozado invirtiendo dinero en esta historia. La película, como se dijo, sólo podrá ser vista en video (la edita LKTel en octubre), pero no en la pantalla grande a la que fue destinada.
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