5 de diciembre 2002 - 00:00

"No me olvides" es olvidable

Josh Lucas y Reese Whitterspoon
Josh Lucas y Reese Whitterspoon
«No me olvides» («Sweet Home Alabama», EE.UU., 2002; habl. en inglés). Dir.: A. Tennant. Int: R. Whitterspoon, J. Lucas, P. Dempsey, C. Bergen.

Hay que esperar casi dos largas horas para enterarse si la protagonista de «No me olvides», veleidosa diseñadora de modas que dejó atrás su Alabama natal para triunfar en Nueva York, va a terminar quedándose con su ex marido, un sureño de poca iniciativa, o si se casará con su nuevo pretendiente, el acaudalado hijo de la alcaldesa neoyorquina. Nunca se sabe: quizás este enigma le interese a alguien; también hay gente capaz de ver un partido amistoso entre las divisiones inferiores de Yemen y Kazajstán (hay que decir, a favor de la película, que por lo menos aquí no hay empate, pero la definición se produce en el último minuto).

A Reese Whitterspon, diplomada de rubia tonta en «Legalmente rubia» (al menos allí el argumento divertía con moderada chispa), le toca continuar una antigua tradición de la comedia americana clásica. Sin embargo, verdad de Perogrullo, si a una rubia tonta no la sostiene una comedia ingeniosa, las cosas se ponen muy feas. «No me olvides» está moldeada, casi industrialmente, sobre el esquema de tantas otras películas sobre mujeres tironeadas por fuerzas en conflicto: la ambición y la lealtad, el cambio y la fidelidad. Pero el oficio de hacer comedias no es clonable, ni los tiempos repetibles. El resultado, fatalmente, es que las reiteraciones sólo desnudan calculados esfuerzos de laboratorio de guión, sin alma ni gracia.

Para tomar como referencia otra comedia en cartel, los conflictos de «Mi gran casamiento griego» son auténticamente divertidos y eficaces porque sus personajes responden a motivaciones creíbles, más allá de que estén inspirados en hechos reales. Los de «No me olvides» nunca dejan de transparentar los clichés sobre los que se apoyan.

•Anodina

El artificioso dilema de la cándida Reese entre un novio ganador y un ex esposo perdedor, que en principio se niega a firmarle el divorcio, ni siquiera está salpicado por alguna picardía: ambos hombres son buena gente y parecen, cada uno a su manera, haber tomado cursos de nueva masculinidad, esa dulce costumbre de responderle a la histeria más insoportable con una sonrisa de comprensión, casi de admiración. Hasta el padre de Reese, sureño con resentimientos ancestrales (otra vez el dúctil Fred Ward desperdiciado, como en «Sin rastro»), llega a simpatizar con un amigo de su hija que se le aparece en la casa, un diseñador de modas negro, gay y del norte. Sólo esboza un gesto: «ay, este chico». La única que moderadamente salva las cosas es la todavía espléndida Candice Bergen, como la cínica alcaldesa, de quien la sobrevalorada Whitterspoon tiene mucho que aprender.

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