1 de diciembre 2004 - 00:00
"No puedo escribir sin reírme un poco"
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En «Permiso para sentir», Bryce Echenique recuerda irónicamente cómo eran los escritores del boom cuando comenzaron a publicar.
Periodista: ¿Entregó su anunciado nuevo libro de antimemorias?
Alfredo Bryce Echenique: No. A mediados de enero, cuando vuelva a Lima, veré a que editor se las doy. Es un libro terminado al que sólo tengo que añadir un conclusión que no va a serla, porque me fui del Perú pero me he quedado más que nunca.
P.: ¿Qué período de su vida abarca este libro que continua al que llamó «Permiso para vivir»?
A.B.E.: Éste es «Permiso para sentir», y la primera parte lleva el mismo título de la primera parte del primer volumen, «Por orden de azar». Son recuerdos sin orden cronológico ni nada, son como vienen a la memoria, como los cuentos y las novelas. Hay un texto de unas cincuenta páginas, «Domesticando el sueño», en el que cuento mi vida literaria, mis admiraciones, lo pequeños ridículos que uno va haciendo cuando debuta, la fama de Carlos Fuentes y de García Márquez, la forma en que cada uno escribía. Fui educado en medio de los sueños de toda esa generación. Son páginas que ya publiqué alguna vez, las vio un editor y dijo que era una radiografía de toda una época.
P.: ¿Cómo escribían los autores del boom?
A.B.E.: Fuentes escribía con un dedo porque la otra mano la necesitaba para sostener el eterno cigarrillo, García Márquez -con quien tuve una amistad bastante grande en la Habana-se ponía mameluco de trabajo para sentirse obrero de las letras, Vargas Llosa no comía para que salieran sus fantasmas. Todo eso lo banalizo, y digo que el más disciplinado de todos era Julio Ramón Ribeiro porque escribía con su hijo en brazos (risas). Yo fui siempre más pie en tierra. Esos escritores daban una metáfora totalizante de América Latina, pero sentía que faltaba el humor, la ironía. Algo que tenían Borges y Cortázar, y creo que a ellos le venía de los escritores ingleses. Recuerdo, que por aquella época Vargas Llosa, que aún era profundamente pro fidelista, consideraba que el humor era un arma reaccionaria, pero cuando leyó «Un mundo para Julius» me mandó una carta en donde me decía que había comprendido que hay novelas que no hubieran podido existir sin ese humor que está en la base de la novela moderna, en el «Quijote» y «Gargantua y Pantagruel».
P.: ¿Encontró en Cortázar un maestro en el uso del humor?
A.B.E.: Cortázar fue para mi la iluminación. Muchas veces he explicado la deuda que tengo con ese argentino. Fue un ventarrón de libertad. Con sus cuentos me solté como escritor. Fue una influencia que me reveló quien era yo, salió el Bryce que quería llegar a ser. Asumí el oficio.
P.: ¿Vuelve a citar en su obra a nuestro país?
A.B.E.: Un capítulo se llama «El abuelo en Buenos Aires». Es un recuerdo de mi abuelo que aquí hacía el ridículo todo el tiempo, arruinaba todo los negocios en que se metía por andar corrigiéndole el habla a los porteños. Mi abuelo, el padre de mi madre, el patriarca de mi familia, a quien yo adoraba, fue banquero, presidente de uno de los bancos más importantes del Perú, acá estuvo en el Banco de Londres y América del Sud, y quebró ese banco. He completado ese recuerdo con la historia de mis tíos, que viven en Buenos Aires, que lo conocieron y me dieron la otra cara de la moneda. Mi tío se ríe mucho de mi abuelo porque se pasó la vida entrando a bares y diciendo: traígame un plátano, eso que ustedes llaman banana. Le caían pésimo los plátanos, pero lo hacía sólo por fastidiar, para corregir, estaba en papel quijotesco. Un día entró a una confitería muy elegante y no tenía más dinero que para el café, y una señoritas, que se reían un poco de él, se acercaron: «hola, don Pancho, qué gusto de verlo», y se sentaron a la mesa y pidieron para tomar y acompañarlo. Mi abuelo desesperado fue a la caja a entregar por pago su reloj de leontina y el cajero le dijo: «ya todos sabemos que no se dice banana sino plátano, pero no le vamos a quitar su leontina, vaya y siéntese que ya pagará otro día». Y para disimular, porque le tenían cariño a ese personaje sublime y ridículo, le pusieron una monedas en un platito para que pareciera el vuelto, y él con tono soberbio exclamó: «quédese con la propina». Cuando vine a Buenos Aires por primera vez me cambiaron totalmente la imagen dramática de mi abuelo, del gran peruano, aquí se le vio el plumero. Así es mi literatura, me viene de familia, no puedo escribir sin reírme un poco. La ironía es la razón que sonríe. Mis relatos, que no se aferran a géneros, nacen de un empacho de asombro.
P.: ¿Suma otros recuerdos en éstas memorias?
A.B.E.: En esa primera parte cuento, además, de la muerte de un amigo, de ciudades y de viajes. Y en la segunda, que le puse para quitarle dramatismo «Che te dicce la patria», como un cuento de Hemingway, empieza en 1972 cuando regreso de París a Lima, ocho años después, y analizo todos mis retornos. La historia llega a 2002 y queda abierta al futuro. Siempre con esa marca, que siento lo mío, de ficciones que buscan en la autobiografía, y autobiografía que se nutre de la ficción.
Entrevista de Máximo Soto



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