15 de febrero 2002 - 00:00
Nueva biografía descubre a un Groucho Marx dañino
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Groucho Marx
Kanfer quiere a su personaje, y se nota. Por eso resultan más punzantes todas las afirmaciones sobre su agrio carácter y sus tormentosas relaciones familiares. Kanfer entrevistó a Groucho en diversas ocasiones a lo largo de los años '60 y '70 con el fin de escribir su biografía, aunque entonces paralizó el proyecto. Ahora lo ha retomado sirviéndose además de su correspondencia, los diálogos de sus obras y numerosos testimonios.
Kanfer cuenta que Groucho siempre salía con chicas que habían dejado sus hermanos, algo más lanzados en este terreno, y que, a los 30 años, acabó casándose con una de ellas, Ruth Johnson.
Kanfer relata el progresivo ascenso de los Marx, con sus altibajos, hasta las cúspides de Broadway y Hollywood. Durante ese camino, Groucho y Ruth tendrán dos hijos, Arthur (tenista y más tarde escritor) y Miriam, a los que el padre mimará en su niñez. Groucho, incluso ya millonario, llega a ejercer sobre los gastos de su esposa un férreo control: le hace devolver a menudo objetos ya comprados, y ante sus frecuentes llantos, él responde siempre «echándola de la mesa y castigándola a comer en la cocina», sin importarle que lo vean sus hijos. Además, utiliza su enorme ingenio para humillarla en reuniones sociales («¿en qué prisión pediste la receta de esto?»). Pronto, Ruth caerá en el pozo del alcoholismo.
Otro blanco habitual de sus puyas era la actriz Margaret Dumont, a quien, por ejemplo, hace pasar por prostituta en un hotel, y que estuvo a punto de dejar de trabajar con él en numerosas ocasiones.
Personaje
Groucho llegó a creerse su personaje y a actuar como tal. La actriz Margaret O'Sullivan, a quien Groucho intentó seducir, explica que el actor tenía el problema de que no paraba de contar chistes «y al rato de estar con él se te desencajaba la cara, era incapaz de parar, y eso era muy incómodo». El mismo Charles Chaplin le espetó, indignado: «No he venido aquí a ser su payaso serio», cuando, en un partido de tenis que jugaban ante los periodistas, Groucho se puso una servilleta y sacó los bocadillos para hacer un picnic.
Ya divorciado, Groucho se casa, a los 54 años, con Catherine Marie ( Kay), de 24, y entra en una espiral de resentimientos con sus hijos. Oscilando «entre el cariño y la irresponsabilidad», Miriam se entera por la prensa de que su padre va a tener otro hijo y más tarde recibe cartas de él tan ofensivas como: «Quizá sea tu exceso de peso el responsable de tu pesimismo. Kay se está poniendo gorda y pronto te igualará excepto en que tú no vas a tener un niño, creo». También acabó esclava de la botella. Y Kay, la nueva señora Marx, demasiado frágil para aguantar los continuos escarnios, fue internada en un psiquiátrico. Dice Kanfer: «Las dos ex esposas y su hija mayor habían caído en picada. Las tres intentaron agradarle, las tres fracasaron y las tres se convirtieron en adictas».
A Melinda, la hija que tuvo con Kay, la explota haciéndola aparecer con él en sus «shows», sin querer ver los desequilibrios que le provoca.
Paralelamente, el libro expone con minuciosidad los diversos avatares de la carrera de Groucho, desde las películas, los anuncios publicitarios y su posterior renacer con un concurso de televisión, «Apueste su vida», finalmente eliminado de la programación en una época de escándalos por fraudes en este tipo de programas. Pero Groucho ya es un ícono: aparece incluso en las obras de los beats Jack Kerouac y Allen Ginsberg, o hasta en el «Finnegan's Wake» de James Joyce, y el mismo T.S. Eliot le pide fotos dedicadas para colgarlas en su estudio.
Matrimonio
Su matrimonio con Eden Hartford, una belleza de 21 años, se produce en 1954 y se lo comunica a su hija Miriam en un escueto telegrama: «Ahora tienes una madre que se llama Eden». Su otra hija, Melinda, se casará con un novio del gusto de su padre, recibirá una cuantiosa suma por ello y se separará a los 15 días.
La vida de Groucho con Erin, su última compañera (a la que, en vez de casarse, intentó adoptar como hija) ya es un cúmulo de patetismos, y el juicio posterior a su muerte, en que ella fue acusada de drogarlo y hacerle firmar papeles, es bastante elocuente. No todo fueron cruces. En 1960, se reconcilia con su hijo Arthur en una cena, aunque, eso sí, no quiso asistir al estreno en Broadway (exitoso) de una obra escrita por él (solía menospreciar su talento literario).
Posteriormente, también recompondrá su relación con Melinda. Otro aspecto tratado con todo lujo de detalles por Kanfer es su compromiso político (apoyó a candidatos demócratas y se situaba en la izquierda no comunista, a pesar de lo cual fue investigado por el FBI).
En fin: un genio en la pantalla, un ogro (y una víctima) tras ella. Pero todo quedó siempre puertas adentro. Cuando, un día, en plena calle, una admiradora se le quedó mirando y él le gritó groseramente: «¡Piérdase!», la mujer se murió de risa, incapaz de comprender que toda aquella acritud era constitutiva del personaje.




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