14 de marzo 2002 - 00:00

Páez Vilaró añadió su sello incomparable a famosa serie

Páez Vilaró (izq) y el curador Douglas Lewis
Páez Vilaró (izq) y el curador Douglas Lewis
Punta del Este - El último fin de semana, este diario asistió junto a otros periodistas argentinos, brasileños y uruguayos, a la presentación de «Absolut Páez Vilaró» en el incomparable marco de Casapueblo en Punta del Este. La selección de Páez Vilaró para iniciar la nueva serie latinoamericana ligada a la botella del tradicional vodka sueco, constituye un homenaje a un gran artista cuyo eclecticismo abarca las corrientes e influencias más poderosas que han impulsado el desarrollo del arte en el continente.

Antes de seguir, se impone un poco de historia. El origen del vodka Absolut se remonta al siglo XV, se transmitió a través del tiempo por medio de secretas recetas familiares y aún se destila en la pequeña villa portuaria de Ahus, al sur de Suecia, sobre el Báltico. Pero más allá de la historia de la bebida, lo interesante es su relación con el arte. Para ello hay que comenzar por el diseño de la elegante botella inspirado en antiguos frascos de remedios, cuello corto, hombros redondeados, transparente, en la que está impresa toda la información pertinente a su destilación en caracteres brillantes en negro y azul.

En 1985, Andy Warhol, que era abstemio y usaba Absolut como perfume, propuso pintar su propia interpretación de la botella, en negro con los caracteres en colores. «Absolut Warhol» fue un éxito extraordinario y marcó la relación de la compañía con el arte cuya colección se compone de 800 obras que pueden verse en Nueva York y París. Parte de ella fue recientemente expuesta en el Museo de Artes Decorativas de París, en la Grand Central Station de Nueva York y en el Museo Millesgärden de Estocolmo.

Entre los artistas convocados después de Warhol se encuentra Keith Haring (EE.UU., fallecido en 1990), famoso como Basquiat por sus graffiti en los subtes neoyorkinos; otro grande del Pop Art, Robert Indiana (1928), los italianos Francesco Clemente (1952) y Mauricio Cattelan (1960), los franceses Arman (1928), el escultor César (1921) y los famosos fotógrafos Pierre et Gilles. De Inglaterra, el controvertido Damien Hirst (1965) y el no menos controvertido Chris Ofili, ganador del Premio Turner 1998.

Durante la presentación de «Absolut Páez Vilaró» en Casapueblo, en una muy elaborada conferencia, Douglas Lewis -doctorado en Historia del Arte en Yale University, curador de Escultura y Artes Decorativas de la National Gallery of Art, Washington, especialista en arquitectura Paladiana-, estableció personales y fascinantes paralelos entre algunas obras de Páez Vilaró, las del vienés Hundertwasser (1928-2000) y Richard Lindner, nacido en Hamburgo en 1901 y fallecido en Nueva York en 1978 adonde se había radicado en 1941, huyendo del nazismo.
 
No son arbitrarias las comparaciones. En el primer caso coinciden sus diversas facetas como grabador eximio, pintor, artesano, arquitecto, ecólogo, viajero incansable por tierras extrañas, un arte volcado al mundo de los sentidos, evitando toda teoría y especulación.

Estas coincidencias artísticas se reflejan en obras en las que la espiral, muy propia del Jugendstil, es protagonista. Y en cuanto a la arquitectura, qué mejor ejemplo que Casapueblo, en la que no existe la línea recta, «una escultura en la que vivo y pinto» (dixit Páez Vilaró), una creación única «con libertad de hornero», imagen de la comunión perfecta entre el hombre y la naturaleza.

Lindner, por su parte, se dedicó a la pintura recién a los 50 años y en ella plasmó un mundo personal en el contexto de una poderosa imagen neoyorquina. Ambos artistas comparten solidez estructural, figuras exuberantes, geometrizadas, en espacios abstractos, colores planos, desaf iantes, un montaje casi teatral.

Páez Vilaró
ha respondido al encargo de la colección con un collage en el que de la botella, y sobre un fondo de planos de colores netos, se desprenden líneas ondulantes que rematan en dos cabezas simétricas. Estas miran hacia lados opuestos, formas recurrentes en muchas de sus obras, quizás sus miradas jamás se encuentren, una imagen de la incomunicación, de la soledad pero sin atisbos dramáticos.

Páez Vilaró
es un viajero empedernido, profundo humanista para el que pintar es una forma de ver el mundo, artista verdadero que se lanza constantemente hacia lo desconocido. A su mesa se sientan poetas, obreros, presidentes, pescadores, artistas, que tiene como talismán a la paloma grabada en un plato de barro que Picasso le regalara, logró con su natural bonhomía y arrolladora creatividad, con su ritual saludo al sol, que esta experiencia del arte se convirtiera en celebración, en el sentido que Hans Georg Gadamer da al vocablo fiesta, fiesta es comunidad.

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