Un ejemplo del arte de Mario Gurfein, en una de sus obras
que se exponen en la galería Agalma.arte.
En Agalma.arte, galería dirigida por la pareja Pérez Taboada, la semana pasada se inauguró una muestra de pinturas de Mario Gurfein. El artista, nacido en Buenos Aires en 1945, estudió dibujo y pintura con Juan Batlle Planas, y colaboró con él en la realización de numerosos murales. A los dieciocho años obtuvo el Primer Premio de Pintura de la Hebraica. Desde mediados de los años sesenta ha realizado decorados y vestuarios para el teatro y ha expuesto en la Argentina, Bélgica, Francia e Italia.
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Entre 1967 y 1969 vivió en Milán, y luego se radicó en París, donde vive desde 1980. En su niñez, estudió violín con el gran maestro Ljerko Spiller, y es otra de sus pasiones. «Me considero un músico frustrado pero soy un melómano. Me provoca una emoción muy grande, crea una modificación en el ritmo de la vida».
Un ritmo que también está presente en sus pinturas que invitan al espectador a compartir el tiempo del que hablaba Gadamer para quien la experiencia artística libera al hombre de la presión de lo cotidiano y, por ello, la dimensión temporal del arte es aprender a demorarse. Los paisajes desérticos, los árboles solitarios, las puertas y ventanas abiertas al enigma convocan en sus telas a vivenciar los límites existenciales. «Cualquier actividad artística -ha dicho-, cuando uno trata de llevarla muy lejos, se transforma en una reflexión filosófica, aunque no lo anuncie». Las calidades cromáticas y el juego de luces son el andamiaje estructural que conforma la poesía y el dramatismo de sus trabajos.
Representaciones fantasmáticas del paisaje cotidiano con una técnica clásica pero con una sorprendente habilidad para materializar los instantes que nos han tocado vivir en este principio de siglo. Sobre la exposición de Gurfein en la Maison d'Amerique Latine de París (2003), Alicia Dujovne Ortiz señaló: «Nada menos agresivo que esos olivos solitarios, canosos, perdidos en la llanura, iluminados por una doble luz, la del cielo y la suya; o esos ranchos frágiles; o esos paredones a los que el pintor ha llamado El mundo. La agresión, si la hay, no consiste en otra cosa que en poner al espectador ante su propio desamparo».
En la historia del arte contemporáneo, el paisaje toma nuevamente un lugar de privilegio, y en Gurfein es posible detectar, además, una presencia reiterada en sus imágenes: la incertidumbre y la búsqueda que arranca en lo precolombino y se continúa en las enseñanzas de su maestro Batlle Planas (1911-1966), un gran artista argentino demasiado olvidado. La tradicional distinción filosófica entre lo inteligible y lo sensible encuentra su punto de equilibrio en los paisajes de Gurfein. El artista trata de alterar la percepción que tiene del paisaje, y lo convierte en un planteo comunicacional. Son representaciones interiores que se constituyen en íconos de una nueva naturaleza, una naturaleza más profunda. Íconos de su interior, copias de aquello que, paradójicamente, no puede ser copiado.
No se trata de una visión ingenua del paisajismo convencionalsino de un cambio de estructuras. Gurfein trabaja con sueños, simbolismos, desplazamientos, identificaciones: son representaciones que ponen en escena el dilema de la apariencia de la realidad y la realidad de la apariencia en nuestra vida actual. Las telas expuestas muestran una continuidad discursiva con detalles que son como anclas de lo provisorio, puntos de apoyo de propuestas nuevas que operan sobre la emoción y la reflexión del espectador.
Sus imágenes provienen de un universo alucinatorio, en una concepción surreal que nos propone detenernos frente a los detalles de su obra que reivindican lo fantástico. Gurfein presentó en Buenos Aires una retrospectiva en el Museo de Bellas Artes (2004).
Héctor Bianciotti de la Academia Francesa tituló su prólogo «Como en los sueños», tomado de un poema de Borges, escritor con quien Gurfein se identifica en el tratamiento del tiempo. Por ello, el artista escribió: «Con relación a una cronología impuesta que es la que nosotros tenemos que vivir, estamos condicionados. Borges presenta un mundo que se sustrae del tiempo cronológico y en el caso de mis cuadros creo -sin pretensión alguna de compararme con él-, que sucede algo parecido».
Para Bianciotti, en los paisajes de Gurfein hay algo terrible y delicado, a la vez. «El miedo y la sombra, un apetito de luz tenue y la nostalgia de la aurora, único momento, en suma, en que parece razonable soñar con la creación». Las obras expuestas presentan lo surreal como un movimiento de ruptura epistemológica, utilizando las palabras de Gastón Bachelard. Una ruptura basada en la reivindicación de lo fantástico, de la libertad irrestricta.
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