Pasatiempo intelectual con cónyuges hastiados

Espectáculos

«Después de la reconciliación» («Après la réconciliation», Francia, 2000, habl. en francés) Guión y Dir.: A. M. Miéville; Int.: A. M. Miéville, J.-L. Godard, C. Perron, J. Spiesser, X. Merchand.

Se hace simpático este pasatiempo de intelectuales franceses, con Jean-Luc Godard y su esposa Anne-Marie Miéville, asimismo autora del film, charlando sobre las tentaciones y resignaciones de la vida conyugal. Por supuesto, a los godardianos les tentará ver al gurú de entrecasa, y se resignarán, porque (como en toda vida conyugal) acá quien lleva la voz cantante es la mujer.

Ley de compensaciones: así como «Le livre de Marie», de ella, servía de comentario al «Je vous salue, Marie» de él (y ambos textos iban juntos, en los videos piratas), en este caso «Después de la reconciliación», bien podría introducirnos a la última película de Godard, «Elogio del amor», que veremos dentro de poco. Recordemos que Miéville ha sido coguionista de unos cuantos videos y films de su esposo, de modo que conoce el paño.

Y es más sencilla, tal como se define en la propia película, diciendo
«Me paseo por las páginas acogedoras de los filósofos que no se cierran a mi modesta comprensión».

La película se divide en tres partes, o actos. El primero, claramente godardiano, con frases sentenciosas en off, un claro culto a la palabra y al montaje antinarrativo, y mucha ambientación en autos, librerías, y confiterías, pero también con tomas de niños, muebles, plantitas, y unas mujeres practicando latigazos.
«Me siento al final del camino de la vida», dice el hombre. «Es una buena señal», responde una mujer joven, interesada en desafiarlo.

Desarrollo

El segundo acto, todo en un living, con los avances de la muchacha, y la aparición de un gordito que aporta ilusión a las mujeres, es, inesperadamente, teatro burgués para intelectuales que ignoran (y seguirán ignorando) la gracia y el placer culposo del teatro para burgueses. Sería exagerado asociar esta parte con la sutileza de un Manoel de Oliveira o el ingenio de un Sacha Guitry, pero es la más atractiva, y permite además el lucimiento humorístico de Godard, cuando remata un discurrir filosófico sobre caballos.

Su otro momento, cuando huye de los reclamos de la esposa, y declara
«¡No se pueden terminar las frases interminables!», está en el tercer acto, que diríamos bergmaniano light. Sigue un poco el modo de algunas comedias de Bergman en los '50, solo que con una pequeña diferencia: entonces el sueco era joven, ahora el francés está viejo. Aunque él sabe refutarlo: «No estoy tan viejo, sino mal instalado». Final, con los cuatro escuchando «El ruiseñor y la rosa», de Camille Saint-Saëns.

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