18 de octubre 2005 - 00:00

“Plan de vuelo” volvió a ser favorita

"Plan de vuelo" es un policial aéreo que recupera uno de los más viejos enigmas del género, el de la «habitación cerrada». Esta vez, no se trata de investigar cómo se escurrió el asesino de una pieza herméticamente sellada, como en «El misterio del cuarto amarillo» o en tantas de las novelas de John Dickson Carr, sino de saber cómo desapareció, en un portentoso airbus de última generación, la pequeña hija de una de las pasajeras, la ingeniera en aviación Kyle ( Jodie Foster).

La mujer volaba de Alemania a los Estados Unidos con una amarga carga: el ataúd con los restos de su esposo, depositado en la bodega del avión, con el fin de darle sepultura en su país. En Berlín, el hombre había resbalado del techo de su casa, en circunstancias confusas, y se había matado. Kyle tomó el vuelo con Julia, su hija (Marlene Lawston), y a poco de despegar se quedó dormida en su asiento. Cuando despertó, Julia ya no estaba.

Hasta allí y un poco más, la película sigue a la perfección, y no sin suspenso, las reglas básicas, casi el manual del guionista aplicado. El problema viene después: el clímax y el desenlace son tan forzados que cualquier «suspensión de la incredulidad» por parte del espectador se hace trizas. Eso se agrava, además, por la forma con que el libro trata de cerrar, hasta último momento, cualquier agujero narrativo o lógico. Y ni siquiera logra hacerlo con todos.

Los cultores más clásicos de este tipo de enigma siempre cuidaron, celosamente, uno de los valores más depreciados en la actualidad: la elegancia de la resolución. Hoy, si el desenlace es coherente, tanto mejor, pero si no, las explosiones o los efectos especiales en Dolby Digital están siempre a mano para disimularlo. Que para eso se ha gastado tanto en reequipar las salas.

Ese elegancia pasada de moda, o esa lealtad al lector o espectador (otro valor evaporado) tampoco hubiera admitido antes otra de las alternativas más usuales de hoy: la posibilidad de que la protagonista esté loca (viaja traumada, perdió al marido), de modo que la existencia de la hija puede llegar a ser simplemente una alucinación (Gastón Leroux o Hitchcock, en «La dama desaparece», habrían abominado de esta variable).

Cuando Julia desaparece, nadie, absolutamente nadie entre la tripulación y los pasajeros, recuerda haberla visto. Lo mismo, o peor, le ocurrió hace poco a Julianne Moore en «Misteriosa obsesión», a quien hasta su propio ex marido le negaba la existencia del hijo. A favor de «Plan de vuelo» hay que decir que, si bien su desenlace es burdo y convencional, no es tan ridículo ni irritante como en el caso de esta otra película, que terminaba recurriendo a extraterrestres.

A lo que recurre es, una vez más, al manual del buen guionista, ajustando tuercas y tornillos aquí y allá para que, mal que mal, el enigma quede resuelto, y además cumpla con el requisito indispensable de cualquier trama contemporánea de paranoia en un vuelo: que entre los pasajeros haya, por lo menos, tres árabes sospechosos.

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