«15 minutos» («15 minutes», EE.UU., 2001, habl. en inglés) Dir.: John Herzfeld. Int. : Robert De Niro, Edward Burns, Karel Roden, Oleg Taktarov, Kelsey Grammer, Kim Cattrall, Vera Farmiga PM/16.
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A favor del estilo de John Herzfeld, director y guionista de « 15 minutos», se puede decir que siempre intenta ofrecer algo intenso al espectador, que nunca se toma demasiado en serio y que no teme al ridículo. Además, es capaz de saltar de un chiste tonto a una escena de sadismo y ultraviolencia capaz de herir la sensibilidad de Marilyn Manson.
El lado bueno es que su película nunca se queda quieta, siempre ofrece algún detalle absurdo y divertido para sazonar cualquier tipo de escena (como hacer que un perro salchicha observe el crescendo del deseo homicida de venganza de su dueño) y no se limita jamás al momento de arrojarle al espectador una nueva audacia inesperada.
Lo malo es que al elaborar el guión, Herzfeld tampoco se intimidó ante la posibilidad de robar ideas de todos lados y mezclarlas desvergonzadamente, sin detenerse a pensar la sensación de déjà vu de algunos conceptos y situaciones, ni tampoco en la multiplicidad de ideas trogloditas y xenofóbicas que surgen de su cóctel molotov.
Los momentos insultantes no serían tan ofensivos si no fuera porque están intercalados con una intención de crítica social lo bastante elemental para que, a su lado, Oliver Stone pueda ser considerado un cineasta sutil. La idea de que un periodismo amarillo y corrupto merece ser reprimido a trompadas se une en forma un poco inquietante con la pintura de una Nueva York invadida por desagradables inmigrantes ilegales de Europa Oriental que roban, matan, torturan, se prostituyen, no se bañan nunca y, lo que es peor, fuman mucho.
En medio de esta marabunta eslava, hay un policía famoso y engreído, que le permite a Robert De Niro darles un toque glamoroso a sus eternos y siempre bienvenidos personajes de duro. Entre el policial de acción, el thriller, la crítica social y la comedia negra, el guión describe las masacres de dos de estos inmigrantes que confunden la libertad con el libertinaje: no tienen mejor idea que filmar sus crímenes en video para negociar un buen contrato con un programa sensacionalista.
Un análisis riguroso de las ideas que surgen de esta confrontación entre inmigrantes degenerados y policías nobles y sacrificados derivaría en conclusiones preocupantes. Pero de todos modos, este producto no merece ningún análisis profundo, y en cambio tiene varios elementos que lo vuelven interesante, más allá de sus constantes altibajos. Uno de estos elementos es Oleg Taktarov, el cameraman psicópata que lleva las enseñanzas del pionero del cine Dziga Vertov a límites muy poco razonables. Su videasta asesino que se hace llamar Frank Capra llena de alegrías a una película que no se parece mucho a «Qué bello es vivir».
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