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Otra vez, quienes saben de qué se trata objetarán el término «familiar», pero el hombre lo vive así, lo está sufriendo, y la obra atiende su punto de vista. Durante casi todo el tiempo nos pone un poco en su lugar, y ahí está lo bueno, en especial para aquellos que jamás aceptan considerar los sentimientos del contrario, una amplitud de espíritu que nos da a veces el teatro, y que el cine potencia.
Para el caso, la película expande su interés con singulares recursos cinematográficos. Así, atendiendo la turbación mental del personaje, le hace vivir, como si fuera una metáfora, un largo viaje en subte, del que sólo se sale en los recuerdos, adonde acuden pasado, presente, rostros verdaderos, y rostros confundidos. Por ejemplo, para este hombre todas las empleadas de bar son iguales, entonces las representa una misma actriz, y, como su mujer ha ido cambiando demasiado, tres actrices asumen tres épocas distintas, mientras él es siempre el mismo. Dato auxiliar: coherentemente, ciertas cosas ocurren en la línea más vieja de subte, y otras, en la más nueva.
Obra incómoda, jugada, por su tema y por su habilidad para volver casi extraño lo real, y casi realista la visión subjetiva del hombre que va perdiendo los tornillos, se aprecia más al pensarla, que al verla. Incluso le afectan algunos minutos más de lo necesario, pero el mérito es justamente que impresiona y deja pensando, sobre todo con su turbadora frase final. Otro mérito: el protagonista
Pequeña advertencia: el momento que marca la declinación total del médico, significado por su objetivo fracaso en una operación quirúrgica que él cree haber ganado (otra metáfora muy tocante), incluye algunos planos bastante fuertes, por cierto bien realistas.
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