25 de noviembre 2004 - 00:00

Primero atrapa y después defrauda

Julianne Moore y el pequeño Christopher Kovalevski en «Misteriosa obsesión», un film decepcionante.
Julianne Moore y el pequeño Christopher Kovalevski en «Misteriosa obsesión», un film decepcionante.
«Misteriosa obsesión» («The Forgotten», EE.UU., 2004; habl. en inglés). Dir.: J. Ruben. Int.: J. Moore, D. West, G. Sinise, L. Roache y otros.

A veces sería preferible que algunas películas no tuvieran final. «Misteriosa obsesión» tiene una introducción y una atmósfera inicial tan atrapantes que, cuando se descubre el secreto (y eso ocurre mucho antes del desenlace), dan ganas de abandonar la butaca. No se revelará en esta crónica ese misterio pero, para dar una pista, es algo así como si a este film lo hubiese empezado a dirigir Alfred Hitchcock y lo terminara Ed Wood (aquel especialista en películas baratas de ciencia ficción y terror).

A la tensa situación de su intriga contribuye la formidable Julianne Moore, con una actuación en la que deja todo, y que habría merecido otra película y no ésta, indigna de ella. Casi como la contraparte de aquella madre indolente que había interpretado en «Las horas», Moore es aquí Telly Paretta, la madre en duelo patológico por la muerte de su pequeño hijo, algo más de un año atrás, cuando cayó el avión que lo transportaba junto con otros compañeros de su escuela. Telly está en tratamiento psiquiátrico intensivo pero, a pesar de ello, no puede superar su dolor.

Cuando el espectador se ha identificado plenamente con ella sobreviene el giro atrapante; con prudencia y tacto, su esposo, su médico, y poco a poco todos quienes la conocen, intentan que ella reconozca la realidad: que nunca ha tenido un hijo, que son todas invenciones de su mente enferma y de su deseo por ser madre. Telly, desesperada, recurre al archivo de los diarios para buscar la noticia del accidente (el recorte que tenía en su casa ha desaparecido, al igual que las fotos y videos con las imágenes de su hijo), pero es en vano, no hay ningún registro. El padre de una niña también muerta en ese vuelo le dice que nunca ha tenido una hija.

Una situación de esta naturaleza (¿está loca o tiene razón?) sólo puede resolverse de dos formas: como en «La dama desaparece» de Hitchcock (la protagonista estaba en lo cierto) o como en «Una mente brillante» de Howard (el protagonista estaba loco). Ambos films tenían finales elegantes e inteligentes. El de ahora es casi indignante.

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