16 de septiembre 1999 - 00:00

"PRISIONERO DEL PELIGRO"

L a materia de esta tan placentera película es el cuento del tío, lo que ya viene anunciado desde el título original: la triste historia de la «prisionera española», en los países de habla inglesa, era uno de los relatos más frecuentes de los que se valían los estafadores para atrapar incautos y terminar pidiéndoles plata o algún otro bien. Aquí, el inocente es Campbell Scott, joven científico de mente brillante como para haber creado una fórmula que le reportará millones de dólares a una empresa, pero increíblemente incapaz de darse cuenta de la cama que le están tendiendo a su alrededor. ¡Y qué cama! La reunión cumbre, en la que se presenta la fórmula ante los directivos de la empresa, se celebra en una adecuada isla caribeña, pero el paraíso se transformará muy pronto en infierno para el bueno de Scott. En poco tiempo más, de regreso en Nueva York y con las manos vacías (de fórmula y de dinero, y en algún momento hasta manchadas de sangre), ni siquiera será capaz de distinguir a sus aliados de sus verdugos. Algunos espectadores quizá sí, otros no: ése es el juego.
David Mamet, director y guionista que siempre ha hecho un cine refinado y personal (desde «Casa de juegos» a «Oleanna»), por esta vez no oculta su intención, y regocijo, de entregarse a la construcción de un policial académicamente hitchcockiano: la película está sustentada en aquellas constantes del Maestro como el «falso culpable», el «mcguffin» (esa fórmula de la que no conocemos ni su función ni la cantidad exacta de dinero que generará, pero sí la sabemos importantísima), la seducción como forma suprema del embaucamiento y, sobre todo, el mundo como una jaula paranoica donde nadie es lo que pare-ce ser. También aquí todo comienza de manera natural, cotidiana, y deriva en un laberinto siniestro y aparentemente sin escapatoria: «Me gusta lo macabro en un rayo de sol», decía Hitchcock, y esta película le rinde un apasionado homenaje desde el mismo y soleado comienzo.
«Prisionero del peligro», en consecuencia, representa para el espectador esos placeres bastante olvidados en el cine de hoy: el de caer junto con el protagonista en algunas o todas las trampas que se van sucediendo, el desafío de anticiparse a ellas, y, en especial, el enorme alivio que significa no estar en su pellejo, un egoísmo primario que posiblemente fundamente la inagotable atracción que este género ha producido.
Steve Martin, a esta altura de su carrera, ya no necesita probar más nada, pero aquí vuelve a sorprender en un papel extraordinario que medio siglo atrás, sin duda alguna, le habría correspondido a Cary Grant. Scott es muy creíble en su atormentado y frágil personaje (siguiendo con la comparación, Henry Fonda habría sido el elegido), y lo mismo la actriz Rebbeca Pidgeon.

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