Reabre galería con tres grandes muestras

Espectáculos

Luego de un verano intenso, de gira por algunas ferias del mundo, la galería Ruth Benzacar abrió la temporada el miércoles pasado con tres muestras excelentes. Para comenzar, la de Ernesto Ballesteros, que supo seducir con una obra recatada y, ahora, sin abandonar su sutileza, despliega la magia de en unos paisajes abstractos e inunda con colores radiantes la inmensa sala de ingreso.

Enmarcados en maderas blancas de formas netas, los grandes dibujos realizados con lápices de colores casi parecen objetos. Los círculos, cuadrados y rectángulos se pueden ver como paradigmas de las estructuras minimalistas, lucen nítidas y geométricas. Sin embargo, su simplificación espacial, de ningún modo configura una obra hierática, debido al tratamiento sensible del trazo y a la inmaterialidad de algunos colores sabiamente esfumados. Minimalismo, sí. Pero minimalismo sensible.

Dedicado hasta ayer a sus juegos con líneas grises, realizadas en telas, papeles y muros, Ballesteros mantuvo casi en secreto durante años una bellísima serie de imágenes dedicada a los eclipses. Con el recurso de obturar las fuentes de luz, creaba un misteriosos efectos de irrealidad en el paisaje. En sus nuevas obras reúnen sus investigaciones dispersas, las conjuga libremente y, sin retaceos, exhibe en sus dibujos la huella del temblor de la mano y la temperatura que irradia el color.

Sus abstracciones provocan una sensación de encantamiento, se adivina el sol, la bruma de una tormenta y el verdor de la llanura. Pero detrás de esta poesía se esconde el cálculo y la obsesión. Como si estuviera obligado a obedecer un mandato inexorable, Ballesteros registra cada milímetro de su tarea, y cada dibujo lleva como título la cantidad exacta de kilómetros que recorrió con el lápiz.

El número es irrelevante, ni Leonardo ni Picasso contaban sus trazos. Pero a Ballesteros le importa este dato, la cifra está consustanciada con su quehacer. En el centro de la sala, una enorme maraña de hilos color negro parece concentrar toda la oscuridad del mundo, y su título es 40.000 kilómetros de hilo confinados a un espacio de arte. «Es el perímetro exacto de la circunferencia de la tierra a la altura del Ecuador», asegura el artista con orgullo. ¿Precisión o locura? Tal vez ambas cosas. Como decía Henry James, «Vivimos en la oscuridad, hacemos lo que podemos, el resto es la locura del arte».

  • Razones

    Casi oculta a la vista del público, la obra que Fabio Kacero presenta en una pequeña salita que la galería utiliza como comedor, se puede ver -aunque de modo azarosocomo una reflexión del arte sobre el arte y sobre las razones o sinrazones que inspiran la creación. Se trata de un ejercicio de apropiación titulado: «Fabio Kacero, autor de Jorge Luis Borges, autor del Pierre Menard, autor del Quijote». La obra es un manuscrito de Kacero, una copia a simple vista minuciosa del cuento «Pierre Menard, autor del Quijote», de Borges.

    Kacero respeta la letra menuda («de insecto»), los rasgos de los manuscritos de puños y letra de Borges, el carácter y estilo de las correcciones y enmiendas, el ritmo de la escritura. Pero con sutiles alteraciones, como la dedicatoria, en vez de Silvina O. (Ocampo, obviamente), figura Silvina R. (una amiga, de su edad), y crea una obra diferente, de su autoría.

    Borges relata que la crítica de la década del 30 (a quien deja mal parada), calumnia la memoria del escritor francés Pierre Menard, al decir que dedicó su vida a escribir un Quijote contemporáneo. «No se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran -palabra por palabra y línea por líneacon las de Miguel de Cervantes». Y finalmente, considera: «El texto de Cervantes y el de Menard son verbalmente idénticos, pero el segundo es infinitamente más rico».

    Vale la pena releer a Borges, cuando plantea que el Quijote queda con la gloria sentenciado a «obscenas ediciones de lujo» y, sobre todo, cuando relativiza la importancia de la autoría. Es decir, cuando el ignoto Menard se alejan de las contingencias del siglo XVII, del tiempo de la novelas de caballería, el lector (en este caso el término se puede extender al espectador) asume un papel protagónico. El texto se abre a otras interpretaciones. Es la «obra abierta» Umberto Eco (antes de Eco). Con este nuevo salto de Kacero en el tiempo, sus molinos de viento, como los de Menard, cobran otro sentido y ganan ambigüedad. Pero hoy se agrega el sabor de la nostalgia, desparecieron los Quijotes del mundo.

    La gracia de la obra consisteen que Kacero presenta al artistas como el último soñador, sigue los pasos de Menard -que Borges avala-, y le otorga al cuento un formato visual. Prosigue con la lección de Duchamp, presenta su apropiación en un pedestal de la galería de arte con su firma. Para decirlo con las palabras de Borges: «Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado de las atribuciones erróneas».
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