Hay oportunidad de ver obra de una artista oculta como Emilia Gutiérrez (1928-2003) en “Terapia”, en el MALBA, que se propone hacer una lectura del arte argentino desde la terapia y su promesa curativa a través de 11 núcleos temáticos. La obra pictórica de Gutiérrez es de un gran despojamiento: planos de color, personajes melancólicos, ojos vacíos que parecen mirar de soslayo, una paleta sin estridencia alguna. Pero la Galería Vasari ha organizado una muestra de sus dibujos a la que hay que ver sin apuro.
Redescubrir a una artista oculta: Emilia Gutiérrez
La muestra individual en Vasari se suma a la exposición colectiva "Terapia" en el Malba.
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La intimidad como territorio de descubrimiento
Emilia Gutiérrez. Uno de sus dibujos de bares que expone Vasari.
La artista inició sus estudios en la Escuela Fernando Fader en 1944, y en los 50 asistió al taller de Demetrio Urruchúa. Ese mismo año intervino en una muestra colectiva en Galería Van Riel y en 1966 realizó su primera muestra individual en Galería Lirolay a los 37 años. Una infancia penosa modeló su personalidad retraída y ahondó su aislamiento durante su vida. Dejó de pintar debido a alucinaciones auditivas pero dibujó intensamente durante los años que precedieron a su muerte.
En 2004 se realizó una muestra de pinturas y dibujos en el Centro Cultural Recoleta y se presentó el libro escrito por Raúl Santana, editado por Gabriel Levinas. Varios son los críticos que se ocuparon de su obra. Según Rafael Squirru “captó ángeles que la visitaron”; en opinión de Raúl Santana ”permaneció alejada de los ismos de la década del 60, neofiguración, informalismo, cientismo, abstracción sensible. Estuvo alejada como su amigo Juan Eichler y otros artistas, entre ellos, Luis Centurión, Juan Grela, Aída Carvallo, Schiavoni”. En 1973, Osiris Chiérico señaló que “Emilia Gutiérrez domina lo extraño, el mundo de sus criaturas están arrasadas por un tenue temblor en una atmósfera en la que sin hechos espectaculares está siempre presente la magia, presente y actuante la poesía”.
Hace ya bastante que no nos sucedía, como en la exposición de Vasari, este demorarse, permanecer recorriendo la línea esencial de estas tintas que con gran delicadeza van a encerrar un relato que completará la imaginación del que mira. Las figuras parecen detenidas, apoyadas en mesas de bar, ensimismadas, pensativas, en actitud de espera, desamparadas, defendiéndose de la fatuidad o crueldad exterior que en ocasiones asoma en la atmósfera surreal creada. Se aprecia su maestría en el logro entre blancos, negros y grises que acentúan la tristeza de esos extraños seres que habitan el silencio.
“¿Hay todavía una ilusión estética?”, se preguntaba Jean Baudrillard en “El complot del arte” (2006) y agregaba, por ejemplo: “en los confines de la hipervisibilidad, de la virtualidad, ¿hay todavía espacio para una imagen? ¿Hay espacio para un enigma, para una potencia de ilusión, verdadera estrategia de las formas y las apariencias? “. Afortunadamente, esta muestra nos la hace recobrar.
(Esmeralda 1357. Lunes a viernes de 14 a 18. Cierra el 30 de julio. Con cita previa: [email protected])




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